Adrián siempre fue el omega bonito, el prometido adorno del CEO Alejandro Torres. Su vida era poesía, diseño de interiores y un amor no correspondido por un alfa que solo valoraba el poder. Hasta que su primo Sergio lo empujó desde una azotea.
Pero el destino le regala una segunda oportunidad. Vuelve atrás en el tiempo con el recuerdo de su muerte grabado a fuego y un descubrimiento que lo hiela: Sergio, el primo brillante y esforzado que siempre vivió a su sombra, lleva años enamorado de Alejandro. Y su plan para ser visto por el alfa es sencillo: eliminar al heredero legítimo y ocupar su lugar, con el patrimonio y la posición que siempre le faltaron.
Ahora Adrián tiene un año para reescribir su historia. No para conquistar a Alejandro, sino para salvarse a sí mismo. Para demostrar que vale más que el apellido que heredó. Y quizá, solo quizá, para tenderle un puente a un primo que, como él, solo quería ser amado.
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Capítulo 19: El confidente
...~Alejandro~...
La puerta del despacho de Carlos estaba entre abierta, Alejandro llamó dos veces con los nudillos antes de empujarla.
—¿Se puede?
Carlos levantó la vista del ordenador. Tenía el teléfono en la mano y una expresión que Alejandro no supo definir. ¿Sorpresa? ¿Culpabilidad? Cuando lo vio, dejó el móvil boca abajo sobre la mesa con una rapidez poco natural.
—Claro, pasa. ¿Qué haces por aquí?
Alejandro entró y se dejó caer en la silla frente a la mesa. No era su despacho, no era su territorio, pero con Carlos nunca necesitaba protocolos.
—¿Qué pasa? —preguntó Carlos, apoyando los codos en la mesa—. ¿Problemas con los de Singapur? ¿Se ha quemado algo en la planta 48?
—No.
—Entonces, ¿qué?
Alejandro lo miró. Lo observó con esa atención suya, la que usaba para evaluar informes y detectar inconsistencias.
—Tú.
—¿Yo?
—Llevas días raro. Miras el teléfono todo el rato, sonríes sin motivo. El otro día, en la reunión de seguridad, te quedaste en blanco cuando te pregunté por los accesos de la nueva sede.
Carlos parpadeó.
—¿Tú te fijas en esas cosas?
—Sí.
—Ah.
Silencio incómodo. Carlos se removió en la silla.
—¿Y? —preguntó Alejandro—. ¿Vas a contármelo o tengo que pedirle a recursos humanos que investigue?
Carlos soltó una risa corta, nerviosa.
—No hace falta que investigues nada. Es… no es nada.
—Mientes.
—Vale, miento. —Carlos se pasó una mano por la nuca, ese gesto suyo de cuando estaba incómodo—. Es solo que… he conocido a alguien.
Alejandro arqueó una ceja.
—¿Alguien?
—Un amigo. Bueno, un conocido que está siendo amigo. No sé, es raro.
—¿Un amigo? —Alejandro frunció el ceño—. ¿Desde cuándo necesitas amigos nuevos? Ya tienes los que necesitas.
—No los necesito. Pero… —Carlos buscó las palabras—. Es interesante. Diferente. Tiene algo que me hizo querer saber más.
Alejandro no dijo nada. Esperó.
—Es inteligente —continuó Carlos—. Muy inteligente. Pero también… no sé, está como roto por dentro, como si llevara tanto tiempo esforzándose por ser perfecto que ya no supiera ser otra cosa. Y cuando habla de trabajo, se le iluminan los ojos, pero cuando habla de algo personal, se cierra. Como si tuviera miedo.
—¿Miedo a qué?
—A ser visto, supongo. O a ser visto y no gustar. No lo sé.
Alejandro frunció el ceño, la conversación le resultaba extrañamente incómoda. No sabía por qué.
—¿Y quién es? —preguntó.
Carlos dudó un instante. Luego dijo:
—Sergio Guerrero.
El nombre cayó en la mesa como una moneda, Alejandro parpadeó.
—¿El primo de Adrián?
—Sí. Ya lo mencioné una vez, hace unas semanas. Después de esa reunión de innovación, hablamos un rato, pero entonces fue solo una conversación profesional. —Carlos sonrió, casi para sí mismo—. Luego, días después, coincidimos en un ascensor que se paró entre plantas. Estuvimos atrapados veinte minutos hablando en la oscuridad y ahí… no sé. Hay algo en él.
Alejandro lo miró con atención. Recordaba vagamente esa conversación semanas atrás, cuando Carlos le había hablado de "el primo de Adrián" sin saber siquiera su nombre. Entonces le pareció un comentario sin importancia. Ahora, en cambio…
—¿Y desde entonces? —preguntó.
—Mensajes. Quedamos a comer una vez, nada del otro mundo. Pero cuando estoy con él, no necesito ser el jefe de seguridad, ni el viudo que lo está pasando mal, ni nada. Solo soy yo y él… él también parece más él mismo cuando se relaja.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque su aroma cambia. —Carlos se encogió de hombros—. Cuando está en guardia, es cítrico, casi amargo. Pero cuando se deja llevar, se vuelve más dulce, como si por un momento dejara de controlarse.
Alejandro sintió algo extraño. Una punzada no sabía definirla. Quizá era la forma en que Carlos hablaba de Sergio, con esa mezcla de admiración y ternura o quizá, era que él mismo no podía hablar de nadie así.
—¿Y tú? —preguntó Carlos, cambiando de tema con naturalidad—. ¿Cómo va todo? ¿Qué tal la planificación de la boda?
Alejandro se encogió de hombros.
—Bien. La semana pasada tuvimos reunión.
—¿Y?
—Y nada, lo de siempre. Su madre, mi madre, la organizadora; todas discutiendo por servilletas.
Carlos rió.
—Suena divertido.
—No lo es.
—¿Y Adrián? ¿Cómo está?
Alejandro dudó, la imagen de Adrián en esa reunión apareció en su mente sin avisar. Hablando de flores, de luz, de texturas, con esa pasión nueva, con ese brillo en los ojos que no le había visto nunca.
—Estaba… diferente —dijo, y su voz sonó más pensativa de lo que pretendía.
—¿Diferente cómo?
—No sé. Más… vivo. Habló de la decoración como si fuera lo más importante del mundo. Se le iluminaba la cara, gesticulaba. Era como si… —se detuvo.
—¿Como si qué?
—Como si por fin estuviera haciendo algo que le importa de verdad.
Carlos lo miró con atención.
—¿Y eso es malo?
—No, no es malo. Es solo… diferente.
—¿Te gustó?
Alejandro lo miró. La pregunta era simple, pero la respuesta no lo era.
—No lo sé —dijo al final—. Solo sé que no era el mismo.
Carlos asintió lentamente. No preguntó más, no presionó, solo se reclinó en la silla y cogió el teléfono, que había vibrado sobre la mesa.
—Es él —dijo, con una sonrisa que no pudo ocultar—. Dice que si he comido o si solo como números.
Alejandro lo observó. Vio la forma en que sus dedos se movían sobre la pantalla, la luz en sus ojos, esa felicidad simple que él no entendía.
—Pareces tonto —dijo, sin acritud.
—Lo sé. —Carlos guardó el teléfono—. Pero es un tonto bueno. O eso espero.
Se quedaron en silencio un rato. Cómodo. De amigos.
—Oye, Alejandro —dijo Carlos al rato.
—¿Sí?
—A veces, lo diferente es lo que merece la pena.
Alejandro no respondió.
Pero mientras volvía a su despacho, las palabras de Carlos se quedaron con él, y la imagen de Adrián, hablando de flores con los ojos brillantes, también.
por favor autora regalamos una historia diferente si♥️♥️♥️♥️♥️♥️♥️
espero que Carlos y Sergio puedan tener algo muy bueno y reparador para sus vidas 💕💕💕💕💕💕💕💕💕💕💕