Victoria Davenport lo tenía todo: un matrimonio perfecto ante los ojos del mundo y una vida rodeada de lujo. Pero tras las paredes de cristal, su esposo Mathews Sinclair la había condenado al olvido. Fue entonces cuando apareció Jhonatan Blake, un hombre tan prohibido como irresistible, que le devolvió el fuego que creía muerto. Entre la culpa, el deseo y una verdad que amenaza con destruirlo todo, Victoria deberá elegir entre la jaula dorada de su matrimonio o el abismo ardiente de una pasión imposible.
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Cena de negocios
Pasé más de una hora frente al tocador, escogiendo con paciencia cada detalle. Si Mathews quería que lo acompañara, al menos yo haría que todos se fijaran en mí, incluso si él ya no lo hacía. Elegí un vestido negro de seda que se ceñía a mi cintura y caía con elegancia hasta mis rodillas, dejando mis hombros descubiertos. El escote, discreto pero insinuante, se complementaba con unos tacones finos que alargaban mis piernas. Me recogí el cabello en un moño bajo, dejando algunos mechones sueltos que enmarcaban mi rostro.
El maquillaje fue la última pieza del rompecabezas: labios en rojo carmín, sombras sutiles que resaltaban mis ojos avellana, un ligero rubor en mis mejillas. Frente al espejo, respiré hondo.
—Recuerda quién eres —me dije en voz baja.
Cuando salí de la habitación, lo encontré ajustándose la corbata. Mathews apenas levantó la vista. Sus ojos recorrieron mi figura en un gesto rápido, evaluador.
—Estás… adecuada —comentó.
Adecuada.
—Gracias —respondí con una sonrisa medida.
Descendimos las escaleras y subimos al auto. El silencio se instaló como un tercero incómodo.
—Hace tiempo que no salimos a cenar juntos… —intenté, mirando el perfil firme de su mandíbula.
—Es una cena de negocios, Victoria —replicó sin apartar la vista del camino.
—Lo sé. Solo digo que… me alegra acompañarte.
—Necesito que esta noche seas estratégica —añadió—. Jonathan es un hombre que observa cada detalle.
—¿Debo preocuparme?
—No. Solo… sé encantadora.
—Siempre lo soy —murmuré.
No respondió.
El restaurante era uno de los más exclusivos de la ciudad. Ventanales amplios mostraban el horizonte nocturno de Atlanta, lámparas de cristal proyectaban un brillo dorado sobre mesas perfectamente dispuestas. Un camarero nos condujo a un salón reservado.
Y entonces lo vi.
Jonathan Blake.
Alto, seguro, con una presencia que no necesitaba anunciarse. Su traje azul oscuro delineaba una complexión fuerte. El cabello negro ligeramente despeinado, como si no necesitara perfección absoluta para imponerse. Pero fueron sus ojos grises los que me detuvieron. Intensos. Observadores. Demasiado conscientes.
Mathews se adelantó.
—Jonathan, un gusto verte.
—Mathews —respondió él, estrechándole la mano con firmeza.
Luego me miró.
No fue una mirada fugaz. Fue lenta. Calculada. Como si memorizara cada detalle.
Se inclinó con elegancia y tomó mi mano.
—Encantado de conocerla, señora Sinclair.
Sus labios rozaron apenas mi piel. El contacto fue breve, correcto… pero suficiente para provocar una corriente inesperada que recorrió mi brazo.
—El placer es mío, señor Blake —respondí, sosteniendo su mirada un segundo más de lo prudente.
Nos sentamos. El vino fue servido. La conversación comenzó formal, estructurada.
—Como le mencioné —decía Mathews—, la expansión hacia el mercado europeo requiere un socio con visión agresiva.
Jonathan asintió, pero sus ojos volvieron a mí.
—Europa es fascinante —comentó—. Especialmente para quienes entienden las dinámicas internacionales.
Sonreí levemente.
—Tuve la oportunidad de estudiarlas.
Mathews intervino, casi distraído:
—Victoria se graduó en Negocios Internacionales. Siempre tuvo talento para eso.
Jonathan giró hacia mí con interés genuino.
—¿En serio? Eso cambia todo. ¿Dónde estudió?
—En Georgetown —respondí con naturalidad—. Mi enfoque fue comercio exterior y mercados emergentes.
—Impresionante —murmuró, apoyando los codos en la mesa—. Entonces sabrá que Europa del Este ofrece oportunidades interesantes si se sabe negociar riesgos políticos.
—Depende del país —repliqué, sintiendo cómo algo en mí despertaba—. No todos los mercados reaccionan igual a la inversión extranjera. Hay que entender la cultura antes que las cifras.
Sus labios se curvaron apenas.
—Coincido completamente.
Mathews los observó a ambos.
—Jonathan, le dije que Victoria tenía criterio.
—Y subestimó su capacidad —respondió él sin apartar los ojos de mí—. No todos los ejecutivos tienen una esposa que pueda sostener una conversación estratégica.
El aire se tensó sutilmente.
—Mi esposa es excepcional —dijo Mathews, con una sonrisa diplomática.
—Lo es —confirmó Jonathan, mirándome de una forma que iba más allá de lo profesional.
Tomé un sorbo de vino para ganar tiempo.
—¿Y usted, señor Blake? —pregunté—. ¿Siempre tuvo claro que quería dedicarse a las inversiones?
—No. Empecé desde abajo. Aprendí a leer personas antes que contratos.
Sus ojos grises no se movieron de los míos al decirlo.
Sentí un ligero escalofrío.
—Eso puede ser más rentable que cualquier máster —comenté.
—Lo es —respondió con suavidad—. Las cifras mienten menos que las personas… pero las miradas nunca mienten.
La frase quedó suspendida entre nosotros.
Mathews continuó hablando de proyecciones, porcentajes, expansión. Yo asentía, participaba cuando era pertinente, pero cada tanto notaba cómo Jonathan me observaba con atención silenciosa.
—Señora Sinclair —intervino en un momento—, ¿usted participaría activamente si esta alianza se concreta?
Mathews respondió antes que yo.
—Victoria se encarga más del área social.
Jonathan levantó una ceja.
—Una lástima. Con su formación, podría aportar bastante.
Miré a Mathews con discreción.
—Podría hacerlo si fuera necesario —dije con calma.
—Interesante —murmuró Jonathan—. Me gustan las personas que no se limitan al rol que les asignan.
La tensión ya no era imaginaria.
En un instante específico, nuestras miradas se encontraron otra vez. Esta vez no fue accidental. Fue deliberado. Sostenido.
Sentí que algo en mi interior se encendía. No era deseo inmediato. Era reconocimiento. La sensación peligrosa de ser vista. De verdad vista.
—¿Le gusta el vino? —preguntó él, rompiendo el silencio.
—Depende de la compañía.
Una chispa cruzó su expresión.
—Entonces espero estar a la altura.
Mathews carraspeó ligeramente.
—Jonathan tiene buen gusto para casi todo.
—Eso intento —respondió él, sin dejar de mirarme—. Especialmente cuando algo vale la pena.
Mi respiración se volvió más profunda.
Sabía que estaba jugando con fuego. Sabía que ese intercambio era apenas palabras educadas, frases medidas. Pero debajo había algo más. Una corriente silenciosa que solo nosotros parecíamos notar.
Los meseros retiraron los platos. Las copas tintinearon. Mathews hablaba de cláusulas contractuales.
Y yo, por primera vez en mucho tiempo, me sentía despierta.
Jonathan inclinó ligeramente la cabeza hacia mí.
—Ha sido un placer conocerla, señora Sinclair.
—El placer es mutuo, señor Blake.
Pero en sus ojos no había formalidad. Había promesa.
Y cuando nuestras miradas se cruzaron por última vez esa noche, entendí que algo había comenzado.
Algo que no tenía nada que ver con negocios.
Me atrapo, y me encanto.
Tienes mucho talento 👏👏👏🥰🥰