Me llamo Araceli Durango, y toda mi vida me han señalado como la mala del cuento.
La manipuladora.
La egoísta.
La que destruye todo lo que toca.
Y quizá tengan razón.
No nací siendo un monstruo…
Pero cuando te enseñan desde pequeña que el mundo solo respeta a los fuertes, aprendes rápido a ocultar tus heridas detrás de una sonrisa afilada. A empujar primero antes de que te empujen. A tomar lo que quieres, incluso cuando no deberías.
Durante años construí mi reputación:
la mujer que nadie podía engañar, la que siempre ganaba, la que controlaba cada pieza del tablero.
Todo iba bien… hasta que Yubitza Sandoval regresó a mi vida.
La chica que una vez llamé amiga.
La única que vio mi vulnerabilidad.
La que, sin saberlo, presenció el día en que dejé de ser víctima y me convertí en la villana que todos temen.
Ahora, Yubitza aparece con una sonrisa que me hiere más que cualquier golpe del pasado, dispuesta a demostrar que no soy tan invencible como aparento. Su regreso reabre las puertas
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Reglas y límites
Nuestra boda fue rápida, tan rápida como suelen ser las decisiones que no admiten marcha atrás, el embarazo, mi embarazo fue la excusa perfecta, el empujón socialmente aceptable para acelerar lo inevitable. Las familias lo decidieron sin consultar demasiado, como siempre, como debía ser.
Fue, por supuesto, espléndida.
Una boda de portada, de titulares, de suspiros falsos y promesas vacías, mi vestido era digno de una princesa de cuentos de hadas, falda amplia, encaje delicado, un corsé que me ceñía el torso como si el mundo quisiera recordarme que incluso los sueños se sostienen con estructuras rígidas. El velo caía sobre mi rostro como una bendición… o una sentencia.
Avancé por el pasillo con el brazo de mi padre, sentí su emoción sincera, esa que no sabe de estrategias ni de trampas, el creía entregarme a un futuro seguro, yo me entregaba al poder.
Elías me esperaba al final, impecable, elegante, pálido.
Cuando el sacerdote comenzó a hablar, yo observé cada gesto, cada microexpresión, Elías escuchaba con atención forzada, no había brillo en sus ojos, no había ilusión, cuando llegó el momento de pronunciar el “sí, acepto”, su voz sonó firme… pero vacía.
Parecía una condena... no me importó.
Yo sonreí cuando fue mi turno, mi “sí” fue claro, decidido, casi dulce, la palabra cayó pesada, definitiva, en ese instante dejé de ser Araceli Durango para convertirme en la señora Montenegro, el apellido se acomodó en mí como una corona largamente esperada.
Los aplausos estallaron, las campanas sonaron, la alta sociedad se levantó de sus asientos con entusiasmo ensayado y entonces la vi, en un rincón, casi oculta entre los invitados, estaba Yubitza.
No llevaba un vestido llamativo, no buscaba ser vista, su rostro demacrado hablaba de noches sin dormir, de lágrimas mal contenidas, tenía los ojos hundidos, el maquillaje apenas disimulando el cansancio, cuando nuestras miradas se cruzaron, no hubo reproche, solo dolor.
Fue entonces cuando anunciaron el beso, aproveché el momento.
Tomé el rostro de Elías entre mis manos y lo besé con pasión, no fue un beso tímido ni protocolar, fue intenso, posesivo, lo besé como quien reclama una victoria frente al mundo, sentí cómo se tensó al principio… y luego cedió, los aplausos se multiplicaron, los flashes nos envolvieron.
Vi a Yubitza apartar la mirada, nada me supo tan dulce como ese instante.
La fiesta fue única, deslumbrante, la flor y nata de la sociedad estaba allí, empresarios, políticos, esposas impecables, sonrisas de porcelana, todos celebraban una unión que consideraban perfecta, nadie hablaba de amor, no hacía falta, en ese mundo se celebra el poder, no los sentimientos.
Bailé, reí, brindé, cumplí mi papel a la perfección.
Elías me acompañó como una sombra elegante, atento, correcto, distante, no me reclamó el beso, no dijo nada, eso me divertía, el silencio siempre es un arma cargada.
Cuando por fin llegamos a la habitación preparada para cambiarnos antes de partir a la luna de miel, el ruido quedó atrás, el silencio cayó como un telón pesado, por primera vez en toda la noche estábamos solos.
Elías cerró la puerta.
Se quedó de espaldas unos segundos, respiró hondo, yo lo observé mientras me desabrochaba los pendientes con calma, sabía que hablaría, los hombres como él siempre necesitan marcar territorio cuando se sienten acorralados.
—Tenemos que hablar —dijo finalmente.
—Claro —respondí con suavidad—. Es nuestra noche.—
Se giró, me miró con seriedad, con una seriedad que pretendía ser firme.
—Esto… —hizo un gesto amplio, abarcándolo todo— no significa que olvidé quién soy. Ni lo que quiero.—
Sonreí por dentro.—Nadie te lo pide.—
—Sí —insistió—. Yo necesito dejar algo claro, reglas, límites.—
Ahí estaba.
Me senté en el borde de la cama, cruzando las piernas con elegancia, lo dejé hablar, siempre es mejor dejar que crean que controlan la conversación.
—Estamos casados —continuó—, y vamos a cumplir con lo que se espera, ante la sociedad, ante nuestras familias, pero esto no es… —buscó la palabra— definitivo.—
Levanté una ceja.—Explícate.—
—Tres años —dijo con decisión—. Tres años de matrimonio, después, nos divorciamos, de forma civilizada, sin escándalos.—
Lo miré fijamente.—¿Y luego? ¿que pasara con nuestro hijo?—
—Luego cada uno sigue su camino a nuestro hijo le daré una mensualidad no le faltara nada,— respondio
Ahí estaba la verdadera intención, escondida bajo la palabra “reglas”.
—¿Incluye eso a Yubitza? —pregunté, fingiendo ingenuidad.
Su silencio fue respuesta suficiente.
—No voy a fingir —dijo al fin—. No renuncié a lo que siento, esto… esto es una obligación, no una elección.—
Sentí cómo algo me hervía por dentro, no dolor, ira, una ira fría, peligrosa.
—Qué curioso —respondí con calma—. Porque al casarte conmigo, elegiste, aunque no te guste admitirlo.—
—No me obligarás a amarte —dijo, casi desafiante.
Me levanté, caminé hacia él despacio, con el vestido aún puesto, la cola rozando el suelo, me detuve frente a su rostro.
—No necesito que me ames, Elías —susurré—. Solo necesito que cumplas.—
Retrocedió un paso, no por miedo, por incomodidad.
—Hay otra regla —añadió—. Nuestra relación será… cordial. Nada más.—
Sonreí.
—¿Eso incluye los besos frente a la prensa? —pregunté.
—Eso fue un error —murmuró.
Me acerqué aún más.—No, fue un mensaje.—
Se quedó en silencio, yo también, finalmente asintió.
—Tres años —repitió—. Ese es el trato.—
Extendió la mano, como si sellara un acuerdo empresarial.
Lo observé un segundo… y estreché su mano.
—Por supuesto —dije—. Tres años.—
Sonreí con dulzura.
Por dentro, ya estaba rompiendo cada una de sus reglas.
Porque las normas existen para tranquilizar a quienes creen tener el control, yo no necesitaba reglas, necesitaba tiempo y tres años eran más que suficientes para destruir cualquier esperanza que tuviera de volver con Yubitza.
Él aún cree que puede escapar, que puede recuperarla, veremos si lo logra.
Me giré hacia el espejo, comencé a desvestirme con movimientos lentos, escuché su respiración tensarse detrás de mí, no me importó, el deseo también es una forma de dominio.
Esta historia no va de amor.
Va de poder.
Y en ese juego…
las reglas siempre las rompo yo.
ojalá puedas investigar algo por que esa niña es igual de mala que la madre ojalá cuando esa aparezca disque a reclamar lo que es suyo Araceli lo deje libre a si sin más será un golpe bueno para el idiota de Elías 😡😡😡
sería increíble que Araceli le dijera y le entregará al Elías sin reclamos comí siempre eso la aria arder más a la Yubitza 😂
le dije les dije desde el primer capítulo la autora quiso o hizo que odiaríamos a la equivocada🤭🤭🤭
y yo estoy en esas por que en el primer capítulo como le eche más a Araceli pero ahora amo su frialdad
ojalá también sepa que tiene a una empleada traidora en su casa 😡