En un mundo dividido por magia y poder, seis protagonistas luchan por el destino de los Cuatro Reinos. Entre traiciones, alianzas y secretos ancestrales, cada uno debe enfrentar su propio pasado para conquistar un reino al borde del caos. Una saga épica de magia, intriga y supervivencia donde solo los más fuertes definirán el futuro.
Crónica de los Cuatro Reinos: La Saga Arcana.
Libro 1: El Legado de Drakthar.
Libro 2: Fuego y Hielo en Frostvale.
Libro 3: Los Secretos de Ironspire.
Libro 4: El Juramento de Embercliff.
Libro 5: La Corona Rota.
Libro 6: Las Sombras del Trono.
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Capítulo 04
La brisa del Bosque Prohibido se sentía diferente ahora. Ya no era un lamento helado de exilio, sino un susurro cómplice que empujaba a Elowen hacia adelante. Después de meses de entrenamiento con Maeve y sus aliados, la princesa despojada era una sombra en movimiento, sus pasos tan silenciosos como el caer de las hojas, su mirada tan afilada como la garra de un cuervo. La idea de Drakthar ya no evocaba el dolor punzante de la traición, sino una ira fría y calculadora, una determinación férrea.
—¿Estás lista, Sombra? —preguntó Maeve, su voz rasposa, pero llena de una sabiduría ancestral, mientras ajustaba la última hebra de cabello de Elowen.
Elowen se miró en el reflejo de un estanque. La imagen que le devolvía el agua no era la de la princesa de antaño. Su cabello, antes de un azul oscuro casi negro, ahora lucía un tono castaño ceniza, teñido con tintes herbales que Lyra había preparado y fijado con un sutil hechizo de ilusión. Las delicadas facciones de su rostro estaban marcadas por el sol y el viento del bosque, y una falsa cicatriz de aspecto antiguo cruzaba su mejilla izquierda, un toque maestro de magia ilusoria de Maeve que la hacía parecer mayor y más ruda. Sus ojos, aunque conservaban su intensidad innata, habían aprendido a disimular el fuego que ardía en su interior bajo una capa de aparente indiferencia. Vestía ropas de viaje sencillas pero bien hechas, de lino grueso y cuero, propias de una viajera o una mercader de bajo rango.
—Estoy lista, Maeve —respondió Elowen, su voz un murmullo profundo, despojada de la melifluidad de la nobleza. Ahora era "Anya", una joven comerciante de reliquias y hierbas raras de las Tierras Bajas, que buscaba fortuna en la capital.
Kael se acercó, su imponente figura proyectando una sombra sobre ella.
—Recuerda, Anya, no confíes en nadie. Drakthar es un nido de víboras.
—Lo sé —asintió Elowen, el recuerdo de Lysandra mordiéndole el alma—. Es por eso que llevo mi propia ponzoña.
La misión era arriesgada, casi suicida. Drakthar, bajo el puño de Valerius, se había vuelto hermético. Entrar requeriría más que solo un buen disfraz; requeriría la astucia de los gemelos, la habilidad de Kael y la guía espiritual de Lyra, quien se quedaría en el bosque, usando su conexión con la tierra para sentir las mareas de magia que emanaban de la ciudad.
El plan era simple en su complejidad: Elowen, como Anya, entraría en Drakthar, buscando establecer un pequeño puesto en el mercado negro, un nido de susurros y tratos ilícitos donde podría empezar a tejer su red de información. Zylos y Zyla la seguirían, sus habilidades para el robo y la infiltración invaluables para robar documentos o escuchar conversaciones cruciales. Kael permanecería en las afueras del Bosque Prohibido, actuando como un vigía y un punto de escape, listo para interceptar mensajes o proporcionar un camino seguro de regreso si todo salía mal.
Caminaron durante días, evitando los caminos principales, serpenteando por senderos ocultos que solo Maeve conocía. A medida que se acercaban a las murallas de Drakthar, Elowen sintió una punzada de emociones encontradas: nostalgia por lo que había sido, horror por lo que se había convertido, y una rabia ardiente que prometía una purificación violenta.
Las grandes puertas de obsidiana, que una vez se alzaron como un monumento a la majestuosidad, ahora parecían más bien las fauces de un monstruo. Patrullas de guardias con nuevas insignias, más pesadas y menos distinguidas que las de su padre, recorrían los muros con una vigilancia tensa. El aire, incluso a kilómetros de distancia, se sentía opresivo, cargado de una quietud incómoda que no era paz, sino miedo.
—Recuerda el protocolo de emergencia —dijo Kael, mientras se detenían en la cima de una colina desde donde se podía ver la ciudad. Su voz era grave—. Si necesitas salir, un cuervo de obsidiana en el viejo olmo, y estaremos esperando.
—No habrá necesidad —respondió Elowen, con una determinación que sorprendió incluso a Kael—. No me iré hasta que Valerius pague.
El momento de la separación llegó al amanecer. Zylos y Zyla se deslizaron como sombras por la espesura, planeando infiltrarse por las cloacas. Kael se despidió con un asentimiento brusco, su mirada prometiendo apoyo incondicional. Maeve puso una mano fría y nudosa en la mejilla de Elowen.
—Que las sombras te guíen, mi Sombra. Y que tu corazón recuerde su verdadera luz, incluso en la oscuridad.
Elowen asintió, las palabras de Maeve resonando en su interior. Se subió a Tormenta, quien también había sido "disfrazado" con barro y polvo para parecer un caballo de carga más.
Entrar en Drakthar fue una prueba de nervios. La fila de entrada era larga, llena de campesinos y comerciantes, todos con el mismo semblante de agotamiento y resignación. Los guardias de Valerius eran bruscos, exigiendo aranceles exorbitantes y registrando las mercancías con una crueldad innecesaria. El latido de mi corazón era un tambor furioso en mis oídos. Cualquier error, cualquier mirada o gesto que traicionara mi verdadera identidad, significaría mi fin.
—Identificación, forastera —dijo un guardia con una armadura nueva y reluciente, su voz áspera, mientras me miraba con ojos suspicaces. Su mano estaba posada en la empuñadura de su espada.
—Anya de las Tierras Bajas, mercader —respondí, mi voz monótona, mi mirada baja, practicando la humildad que me había enseñado Maeve. Le entregué un papel de viaje falsificado por Zylos con una precisión asombrosa.
El guardia lo examinó, sus ojos entrecerrados. Por un momento, creí que me había descubierto. Mi magia de sombras temblaba bajo mi piel, lista para reaccionar.
—¿"Reliquias y hierbas"? —se burló, arrojándome el papel de vuelta—. Otra buscadora de fortuna en la gran ciudad. Paga el arancel.
Pagué la suma exigida, mi mano temblaba levemente al entregar las monedas. Un suspiro de alivio se me escapó cuando me hizo un gesto con la cabeza para que pasara.
Cruzar las puertas de Drakthar fue como entrar en un mundo fantasma. La vibrante energía que recordaba había sido reemplazada por una atmósfera de opresión. Las calles, antes repletas de artistas callejeros y mercaderes gritando ofertas, ahora estaban silenciosas, solo rotas por el repiqueteo de las armaduras de las patrullas. Las casas que una vez exhibieron flores y telas coloridas, ahora tenían ventanas tapiadas y fachadas sucias. La gente que me cruzaba evitaba el contacto visual, sus rostros marcados por el miedo y la preocupación.
Los niños no jugaban en las calles. El aroma de las panaderías, antes dulce y tentador, ahora se mezclaba con el hedor de la basura y un vago olor a podredumbre que no podía identificar. Drakthar estaba enferma.
Me dirigí al barrio del mercado negro, un lugar que mi padre había tratado de erradicar y que Valerius, en su negligencia, había permitido florecer. Era un laberinto de callejones estrechos y oscuros, donde las mercancías ilícitas se exhibían bajo el manto de la noche. Encontré un pequeño puesto abandonado, perfecto para mis propósitos, y me puse a trabajar.
En los días siguientes, Anya se convirtió en una cara familiar en el mercado negro. Vendía hierbas comunes y baratijas, pero sus oídos estaban abiertos, y sus ojos, vigilantes. Los susurros eran la moneda más valiosa aquí. Aprendí sobre las nuevas leyes draconianas de Valerius, los impuestos exorbitantes que estaban arruinando a los comerciantes honestos, las purgas silenciosas de nobles leales a mi padre, y la creciente presencia de una guardia privada de Valerius, conocidos como los "Hombres de Hierro", que actuaban con una impunidad aterradora.
Una noche, mientras guardaba mis mercancías, escuché una conversación que me heló la sangre. Dos de los Hombres de Hierro hablaban en voz baja.
—...y el Lord Comandante dijo que el nuevo suministro de polvo de sombra del Viejo Túnel está listo. El Rey Valerius está impaciente por ver sus efectos.
Polvo de sombra. El Viejo Túnel. Eran términos que resonaban con la magia prohibida de la que Maeve había hablado. Mi padre había sellado el Viejo Túnel, un antiguo complejo minero conocido por sus vetas de minerales con propiedades mágicas oscuras.
Mi corazón se apretó. Esto no era solo una cuestión de usurpación de trono; Valerius estaba jugando con fuerzas que no entendía, fuerzas que podrían destruir Drakthar desde adentro.
La presencia del palacio se cernía sobre el horizonte, las torres de obsidiana tan imponentes como siempre, pero ahora proyectando una sombra más ominosa. Me dolía ver mi hogar profanado, despojado de su luz. Mi ira se intensificó, una furia silenciosa que solo el tiempo y la justicia podrían apaciguar.
Mi regreso no sería solo para vengar a mi padre y reclamar mi trono. Sería para salvar a Drakthar de su propio rey. El juego había comenzado.