Desde la ventana de su habitación, Mireya aprendió a escapar sin salir de casa.
A sus dieciséis años, el mundo le quedaba grande: discusiones detrás de las paredes, una bebé llorando en la habitación contigua y la palabra separación flotando como una sombra imposible de ignorar. Pero al otro lado de la calle había algo distinto. O alguien.
Ryan.
Veintiuno. Cabello castaño arrulado. Ojos verdes imposibles de olvidar. Siempre tranquilo. Siempre ajeno a la mirada que lo observaba cada tarde.
Él nunca la notaba.
Hasta que el destino decidió que una ventana no sería suficiente para mantenerlos separados.
Y lo que comenzó como simple curiosidad... estaba a punto de cambiarlo todo.
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Capítulo 20
Capítulo 20: No quiero verlo.
Al día siguiente no quería ir a la escuela. Otra vez lunes. Otra vez esa sensación de cansancio que no se iba. No después de hablar con Ian la noche anterior. Las palabras seguían dando vueltas en mi cabeza: “Quizá te gusta”. “No pasa nada”. “Solo lo estás negando”. No quería pensar en eso. No quería analizar mis sentimientos. Así que le pedí a mi mamá que me dejara acompañarla al trabajo. Ella dudó. Me miró con esa expresión que usan los padres cuando intentan decidir si realmente estás mal o si solo estás exagerando.
—¿Segura de que no quieres ir a clases? —preguntó.
Respiré hondo.
—Sí. Hoy no.
Mi papá intervino desde la mesa.
—Déjala. Un día no va a cambiar nada.
Mi mamá lo miró con duda.
—No quiero que se acostumbre a faltar cuando las cosas se ponen difíciles.
Mi papá se encogió de hombros.
—No está faltando por capricho. Está cansada. Todos necesitamos un respiro.
Me mordí el labio.
—Por favor.
Hubo un silencio breve.
Mi mamá suspiró.
—Está bien. Ven conmigo.
No sonó molesta. Tampoco feliz. Solo resignada. Como si aceptara que hoy no valía la pena discutir.
Y eso me hizo sentir un poco culpable.
Quizá estaba siendo egoísta.
Quizá debería ir a la escuela, pero no podía.
No hoy.
Mi papá nos llevó al hospital.
El edificio era grande. Blanco. Lleno de gente entrando y saliendo. El olor a desinfectante era fuerte. Las luces demasiado brillantes. El murmullo constante de voces. No era un lugar feliz, pero al menos era silencioso. No había preguntas. No había expectativas. Solo espacio para respirar.
Mi mamá trabajaba allí como doctora.
Elena Gallagher, la mamá de Ryan, había vuelto a trabajar en el hospital.
No se llevaban bien.
Nunca habían tenido una relación cercana.
Mi mamá siempre hablaba con ese tono que dejaba claro que no le caía bien Elena, como si la considerara de un nivel distinto.
Yo me quedé en la sala de espera.
Sillas incómodas, revistas viejas y televisión baja que nadie miraba. Gente esperando.
Algunos con cara cansada y otros preocupados.
El hospital no era emocionante.
Pero no importaba. Podía respirar.
Podía no pensar en la escuela.
En la fiesta.
En mis emociones.
Solo estar.
En algún momento vi movimiento.
Elena pasó cerca.
Me vio.
Sonrió gentilmente.
—Buenos días.
Asentí.
—Buenos días.
Ella siguió caminando.
Era una sonrisa verdadera.
No solo educación.
Y estaba bien.
No necesitábamos ser amigas.
No todos tienen que caer bien.
Entonces la puerta automática se abrió y entró alguien. Era Ryan.
Me había olvidado que mi mamá me comentó que él era practicante del hospital, en formación para ser enfermero como su mamá.
Parpadeé.
Él también me vio.
Hubo un segundo de silencio.
No incómodo. Solo inesperado.
No sabía si saludar.
Si fingir indiferencia.
Si actuar normal.
Mi corazón dio un salto estúpido.
No debería.
Ryan dudó un segundo.
Luego habló.
—Eh… hola.
No fue un saludo perfecto. Sonó un poco torpe, como cuando no estás seguro de si la otra persona quiere hablar contigo. Me gustó eso. No parecía un robot diciendo la palabra “hola” por cortesía. Parecía alguien real.
Parpadeé.
—Hola.
No sonó extraño.
Bien.
Eso estaba bien.
Ryan se acercó a su mamá.
—Te dejé los papeles que me pediste.
Elena los revisó.
—Gracias. Siempre los dejas tarde.
No lo dijo con enojo. Fue más bien un comentario. Como una madre que conoce los hábitos de su hijo.
Ryan sonrió apenas.
—Estaba ocupado. El turno fue pesado.
Elena levantó la mirada.
—Siempre estás ocupado.
No fue un reproche. Solo una observación.
Ryan se encogió de hombros.
—Es el trabajo. Y aprender lleva tiempo.
Ella suspiró.
—A veces parece que te absorbe todo. No te veo descansar.
Ryan la miró.
—Estoy bien, mamá.
Su tono no fue defensivo. Solo seguro.
Ella lo observó un segundo.
—Eso espero.
Yo permanecí callada. No era mi conversación. No tenía por qué intervenir, pero sentía la tensión. No mala. Solo la típica tensión entre madre e hijo que se preocupan el uno por el otro.
Ryan se giró hacia mí.
Parpadeé.
No sabía si saludar.
Si fingir indiferencia.
Si actuar normal.
Él habló primero.
—Hola otra vez.
Esa vez sonó más natural. No como un saludo forzado, sino como alguien que reconoce a la otra persona. No era gran cosa. Solo una palabra. Pero me hizo sentir un poco menos incómoda.
—Hola —respondí.
No sonó raro.
Bien.
Eso estaba bien.
Ryan se acercó un poco.
No demasiado.
Solo lo suficiente para hablar sin levantar la voz.
—No esperaba verte.
El comentario fue genuino. No sonó como una crítica. Solo sorpresa.
—Vine con mi mamá —le expliqué.
Él asintió.
—Ah. Tiene sentido.
Hubo un silencio breve.
No incómodo.
Solo normal.
Finalmente Ryan habló.
—Quería preguntarte algo.
Me tensé un poco.
—¿Qué?
Él se apoyó en el mostrador.
No parecía molesto.
Solo curioso.
—En la fiesta… te fuiste de repente.
Parpadeé.
Sentí incomodidad.
—Ah.
Ryan continuó.
—No entendí por qué.
El estómago se me apretó.
No quería hablar de eso.
No aquí.
No ahora.
—Tenía que irme —dije.
Él frunció el ceño apenas.
—No parecía eso. Te vi y estabas… no sé… triste.
Tragué saliva.
—Era tarde.
Ryan me observó.
No con acusación.
Solo con interés.
—No fue por eso.
Sentí incomodidad.
—Sí fue.
Él suspiró.
—Está bien. No tienes que explicarlo si no quieres.
Parpadeé.
—¿Qué quieres decir con eso?
Ryan continuó.
—Solo me preguntaba.
Asentí.
—No fue nada.
Mentira.
Sí fue algo.
Pero no quería hablar de ello.
Él me miró.
—Está bien.
Hubo un silencio breve.
Luego habló otra vez.
—Y quería decirte algo.
Parpadeé.
—¿Qué?
Él se tomó un segundo.
No parecía nervioso.
Solo serio.
—Ian me contó algo, pero sé que no debí escucharlo. Él estaba muy borracho y no tenía quien lo llevara.
El nombre me dejó quieta.
—¿Qué?
Ryan me observó.
—Ayer.
Mi estómago se apretó.
—¿Ian?
Él asintió.
—Sí.
Sentí un sobresalto.
—¿Qué te dijo?
Ryan suspiró.
No parecía molesto.
Solo directo.
—Que te gusto. Al principio pensé que era tonto. Porque no creía que tú tuvieras esos sentimientos.
El mundo se detuvo por un segundo.
Parpadeé.
—¿Qué?
Ryan me miró.
No con burla.
No con acusación.
Solo con sinceridad.
—Ian estaba borracho. Me lo dijo.
Sentí calor en las mejillas.
—No… eso es mentira.
Ryan levantó la mano.
—No pasa nada.
El comentario me sorprendió.
—¿Qué?
Él continuó.
—No tienes que sentir vergüenza. Me di cuenta que claro, seguro tu confundiste tus sentimientos. Te entiendo yo también a tu edad era algo efusivo.
Fruncí el ceño.
—No estoy avergonzada.
Mi voz sonó más firme de lo que esperaba.
Ryan asintió.
—Bien. Hago que te creo.
Hubo un silencio.
Pesado.
Yo no sabía qué decir.
Finalmente él habló.
—Quiero dejar algo claro.
Parpadeé.
—¿Qué?
Ryan me observó.
No con dureza.
Ni con lástima.
Solo con honestidad.
—No me gustas, Mireya Collins. Además tengo una novia que quiero y respeto mucho.
La frase fue directa, pero no cruel.
Solo un hecho.
Sentí un nudo en el estómago.
No debería doler, pero lo hizo.
Aun así mantuve la expresión neutral.
—Está bien.
Ryan asintió.
—Bien.
Luego añadió:
—Y no quiero que sea raro entre nosotros.
Parpadeé.
—¿Raro?
Él negó con la cabeza.
—No tiene sentido que sea incómodo. Fue solo un malentendido.
—Ah —respondí.
Ryan me miró.
—Podemos ser amigos.
La palabra quedó en el aire.
Amigos.
Simple.
Sin confusiones.
Sin malentendidos.
Y eso…
no sonaba mal.
Asentí.
—Está bien.
Ryan sonrió apenas.
No grande.
Solo un gesto.
—Bien.
Hubo un silencio breve.
No incómodo.
Solo distinto.
Él continuó.
—Lo siento si te hizo sentir mal.
Parpadeé.
—¿Qué?
Ryan suspiró.
—Lo que Ian dijo. No fue justo que lo contara así.
El comentario me sorprendió.
—No es tu culpa.
Él asintió.
—Lo sé. Pero quería decirlo.
Tragué saliva.
—Está bien.
Ryan me observó.
—No tiene que ser raro.
Asentí.
—No lo será.
Él sonrió.
—Bien.
Hubo otro silencio.
Luego añadió:
—Gracias por entender.
Parpadeé.
—¿Por qué?
Ryan se encogió de hombros.
—Porque no todos reaccionan bien a estas cosas.
El comentario me tomó desprevenida.
—Gracias.
Él sonrió apenas.
—No hay de qué.
Finalmente dijo:
—Podemos seguir como amigos.
Asentí.
—Está bien.
No era gran cosa.
Pero tampoco era malo.
Quizá las cosas no tenían que ser complicadas.
Quizá podíamos empezar de nuevo.
Sin malentendidos.
Sin expectativas.
Solo personas que se conocen.
Y eso…
era suficiente por ahora.