Ella reencarna en el segundo libro de una saga, es la protagonista que perdona al infiel de su esposo, pero ella no esta dispuesta ni a casarse, así que hará todo lo que pueda por cambiar su historia.
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Capitulo 12
Iris intentó levantarse, limpiando con el dorso de la mano la pequeña gota de sangre que le bajaba por la nariz, pero el suelo bajo ella vibró como si hubiera despertado de un sueño profundo. La luz roja se extendió en círculos concéntricos, pulsando al ritmo de un corazón oculto en las entrañas de la tierra. Las flores, que antes parecían inofensivas, comenzaron a abrirse todas a la vez, liberando un aroma dulce y embriagador que le nubló la mente.
—¿Qué demonios…? —murmuró, mirando a su alrededor.
Desde arriba, apenas alcanzó a escuchar el grito desesperado de Cassian.
—¡Iris! ¡Responde!
Ella alzó la voz para tranquilizarlo.
—¡Estoy bien! ¡He encontrado las flores, están por todas partes!
Pero ni ella misma estaba convencida de esas palabras. En el centro del círculo, donde antes solo había un suelo resquebrajado, una grieta comenzó a abrirse lentamente, exhalando un aire denso y cálido, como un aliento que llevaba siglos atrapado. Iris retrocedió instintivamente, pero las raíces que la habían hecho tropezar se movieron de nuevo, buscando su tobillo como si quisieran retenerla.
La joven forcejeó, liberándose con un tirón, y alzó la vista hacia la grieta incandescente. Una figura, apenas delineada por la luz, pareció formarse en aquel resplandor. No era corpórea del todo, más bien una sombra danzante, antigua y poderosa, que la observaba en silencio. El corazón de Iris latía con fuerza, entre el miedo y la curiosidad.
—Una persona sensata no se acercaría… —se dijo a sí misma con ironía, recordando sus propias palabras de hacía un momento—. Pero yo…
—Una persona sensata ni siquiera hubiera llegado hasta aquí por una simple flor —interrumpió una voz profunda, varonil, con un timbre áspero como si llevara siglos sin pronunciar palabra.
Iris se quedó helada. La luz roja que la envolvía se disipó poco a poco, y en su lugar apareció una figura masculina emergiendo de la penumbra. Alto, de cabellos oscuros como la misma noche y ojos dorados que brillaban con un fulgor antinatural, el hombre avanzaba con paso lento pero firme, como un depredador que acababa de despertar de un letargo demasiado largo. Una serpiente dorada descansaba enroscada en su hombro, sus ojos rojos chispeando igual que los de su amo.
Iris parpadeó, incrédula. Nunca en su vida había visto a alguien así. Su belleza era casi irreal, pero la dureza de su expresión y la hostilidad en su mirada le recordaban con crudeza que aquel no era un príncipe de cuento, sino algo mucho más peligroso. Él se detuvo a pocos pasos, inclinándose apenas hacia ella.
—¿Quién eres…? —su voz retumbó en las paredes del templo, grave y vibrante—. ¿Eres una enviada… o simplemente una estúpida codiciosa que creyó que podía jugar con lo prohibido?
Iris tragó saliva, sosteniendo las flores con fuerza contra su pecho.
—Yo… vine por esto —levantó las flores, con un atrevimiento casi insolente, aunque sus manos temblaban—. No soy ninguna enviada, y mucho menos estúpida.
El hombre arqueó una ceja, y un atisbo de sonrisa torcida curvó sus labios. No era una sonrisa amable, sino una mueca peligrosa, de alguien que se debatía entre la diversión y el desprecio.
—yo encerrado… esperando a que alguien tuviera la osadía de romper el sello. Y resulta que no es un guerrero, ni un rey, ni un hechicero… sino una mujer con olor a hierbas y ambición barata.
Iris frunció el ceño, herida en su orgullo.
—¡Oye! No soy cualquier mujer. Y no tengo la culpa si tus carceleros eran tan malos que un poco de sangre bastó para soltarte.
La serpiente siseó, como si riera de su insolencia. El hombre avanzó un paso más, y ella retrocedió por instinto, aunque mantuvo el mentón en alto.
—Tienes valor… o eres demasiado ingenua para comprender el peligro en el que estás —murmuró, sus ojos dorados brillando intensamente—. Dime, ¿sabes al menos a quién has liberado?
—¿Quién eres tú para venir hasta aquí? —rugió Kael, su voz profunda resonando como un trueno en el templo—. ¡Un santuario que no te pertenece, profanado por unas manos débiles!
La figura masculina se alzó por completo ante Iris. Su presencia imponía: hombros anchos, torso firme, ojos dorados ardiendo con furia. Un aura de poder latente lo envolvía, y aun así lo que más la estremecía era la rabia contenida en su mirada. Iris tragó saliva, pero no retrocedió. Alzó la barbilla, las flores aún entre sus manos.
—No soy débil. Y mucho menos vine a profanar nada. Solo tomé lo que necesitaba.
Una carcajada seca brotó de sus labios.
—¿Lo que necesitabas? —repitió, con sarcasmo venenoso—. Ni siquiera comprendes qué es lo que has desatado, y te atreves a hablarme con ese tono.
—Lo que comprendo —replicó ella, firme— es que llevas demasiado tiempo encerrado y te falta humildad.
Un silencio cargado de electricidad se extendió. La serpiente en su hombro siseó, como si advirtiera a la muchacha de su osadía. Kael se inclinó, sus ojos ardiendo, a pocos centímetros del rostro de Iris.
—Humildad… —murmuró con desprecio—. Yo soy Kael, segundo príncipe del Imperio del Desierto. Nací para que mi nombre infundiera miedo y respeto. No me pidas humildad, mujer, porque no conoces la magnitud de lo que acabas de liberar.
Iris lo sostuvo con la mirada, sus labios tensándose en una mueca desafiante.
—Príncipe o no, no me intimidas. Y si vas a matarme, hazlo ya, porque no pienso inclinarme ante ti.
La declaración lo sorprendió. Durante siglos había esperado gritos, súplicas, lágrimas. Pero esta mujer, con sus ojos brillando de terquedad, lo descolocaba. Por un instante, en sus labios apareció la sombra de una sonrisa torcida.
—Eres insolente. Quizás demasiado para tu propio bien.
Se enderezó y comenzó a caminar hacia la salida del templo. Iris lo siguió con la mirada, confusa.
—¿A dónde vas? —le preguntó, con voz más fuerte de lo que pensaba.
Kael se detuvo un instante, apenas girando el rostro para mirarla de reojo.
—A cobrar una deuda de sangre. Rhazir y Aery pensaron que podían traicionarme… —sus palabras eran un hilo de veneno y odio—. Les arrancaré la vida con mis propias manos.
Y sin más, desapareció en las sombras del desierto, con la serpiente deslizándose a su lado. Iris quedó inmóvil unos segundos. Su corazón latía desbocado, su mente trataba de procesar todo lo que había visto. ¿Príncipe del Desierto? ¿Deuda de sangre? El aire todavía estaba impregnado de la presencia oscura que había dejado tras de sí. Iris abrió sus enormes ojos, quizás y la historia de Cassian no era tan estúpida.
—Maldito arrogante… —murmuró, apretando las flores contra su pecho—. Ni siquiera me dio las gracias.
De pronto, unos pasos apresurados rompieron el silencio. Cassian irrumpió en el templo, sudoroso y con el ceño fruncido, espada en mano. Sus ojos azules se movieron con rapidez, escudriñando cada rincón.
—Iris… —la llamó con urgencia, acercándose a ella—. ¿Estás bien?
Ella lo miró, aún con el temblor en las manos, aunque su orgullo no le permitió mostrar debilidad.
—Claro que sí. ¿Por qué no habría de estarlo?
Cassian la observó con sospecha. La atmósfera del lugar seguía cargada, pesada, como si un huracán acabara de pasar por allí. Se giró hacia los muros del templo, pero no vio nada, ni a nadie.
—Sentí un poder… algo que nunca había percibido. Pero aquí no hay nada.
—Llegaste tarde, como siempre —replicó Iris con un deje burlón, aunque por dentro respiraba aliviada de no estar sola.
Cassian la miró con seriedad.
—¿Quién estuvo aquí?
Ella dudó. Su instinto le decía que lo mejor era callar, que ese príncipe de ojos dorados no era un secreto que pudiera compartir tan a la ligera. Así que solo alzó los hombros con fingida indiferencia.
—Tal vez fueron tus imaginaciones. El calor del desierto te está afectando.
Cassian no quedó convencido, pero no insistió. Apretó la mandíbula y guardó su espada.
—Iris… prométeme que si algo ocurre, me lo dirás.
Ella lo miró de reojo, sonrió con ironía y acarició suavemente los pétalos de las flores que había recogido.
—No te preocupes, Cassian. Yo sé cuidar de mí misma.
Lo que ninguno de los dos sabía era que Kael ya cabalgaba a través del desierto, sediento de venganza, sin comprender que los nombres que juraba destruir llevaban siglos convertidos en polvo.
(Mas o menos como se veria Kael)
me tienes con los ojos llorosos luego de leer este extra 😭😭😭
Al menos en otro plano, pudieron ser felices 😭😭.