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Ámame, Esposo Mío

Ámame, Esposo Mío

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Matrimonio contratado / Aventura de una noche / Embarazo no planeado / Reencuentro / Completas
Popularitas:110
Nilai: 5
nombre de autor: ErKa

Camila era solo una joven de limpieza que cargaba con deudas, con una madre enferma y con la esperanza de sus hermanos menores sobre los hombros. Una noche, por una simple casualidad, se cruzó con el hombre que jamás debió mirar: Max Montenegro, el frío y poderoso director general de la empresa.

Un error cometido en la borrachera lo cambia todo. Max cree que un cheque cubre cualquier daño, pero semanas después descubre que la mujer a la que despreció lleva en su vientre a su hijo. Entre contratos firmados a la fuerza, una mansión llena de miradas de desprecio y una suegra que ya tiene elegida a la nuera perfecta, Camila tendrá que aprender a sobrevivir en un mundo que no es el suyo.

Mientras tanto, un rival encantador no deja de rondarla, la antigua prometida de Max regresa dispuesta a todo y el corazón de un hombre incapaz de pedir perdón empieza a latir donde nunca quiso.

Pero algunas heridas no se cierran con dinero, y algunos secretos pesan más que un apellido. Años después, el destino los obliga a cruzarse de nuevo, y esta vez hay un niño de ojos curiosos que tiene mucho que decir.

¿Puede un amor nacido del error ganarse una segunda oportunidad?

NovelToon tiene autorización de ErKa para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Cap. 16 - Una familia que decepciona

Max leyó el mensaje una y otra vez. Todavía no podía creer que ella le hubiera contestado. Durante esas dos semanas se había muerto de ganas de saber de ella. ¿Estaría bien? ¿Y el bebé? ¿Le estaría dando lata? ¿Su madre la trataría bien? ¿Se sentiría a gusto en la casa grande? ¿Sería feliz ahí?

Las preguntas se le amontonaban en la cabeza. Había leído un montón de libros: sobre el embarazo, sobre bebés y sobre muchas cosas más. Pero entre más leía, más preocupaciones lo perseguían. Una mujer embarazada necesita mucho el apoyo de su pareja. Ellos no eran pareja, pero al menos él era el padre del bebé, así que tenía que hacerse responsable de ella. Si ella no le tuviera miedo ni lo odiara, tal vez podría apoyarla mucho más.

Pero como lo odiaba, lo único que podía hacer era mandarle mensajes de vez en cuando, con la esperanza de que estuviera bien hasta el día del parto. Y, contra todo pronóstico, esa noche ella le había respondido. ¿Ya no lo odiaría tanto? ¿Ya no le tendría miedo? Ah, mañana tengo que ir a la casa grande. Quiero ver con mis propios ojos cómo está. Quería que amaneciera de una vez. Estaba impaciente por verla.

Pero las cosas no salieron como esperaba. A la mañana siguiente, ya estaba listo para ir a la casa grande cuando Gerardo le llamó. Le avisó que una de las empresas que usaban su software estaba sufriendo un ciberataque desde fuera. Al final, Max tuvo que ir con varios de sus empleados a la empresa asociada para detener el ataque, que buscaba robar información de la compañía.

Aquello les llevó muchísimo tiempo. Después de casi diez horas de batallar frente a las computadoras, contraatacando y defendiendo la seguridad de la base de datos, lograron reforzar el sistema de la empresa y desarticular a los atacantes que intentaban robarse la información.

Todo su equipo estalló en gritos de alegría. El director de la empresa asociada lo felicitó y lo invitó a tomar algo en algún lugar para celebrar la victoria. Pero Max se negó; no tenía tiempo para eso. Lo único que quería era ir a la casa grande y ver por sí mismo cómo estaba ella.

Sin Gerardo, manejó hacia la casa grande. El reloj marcaba las 18:38. Todavía no se habrá dormido, ¿verdad? Pisó el acelerador. Solo rogaba no toparse con el tráfico.

Manejó casi media hora antes de llegar. En la entrada lo recibió el guardia de seguridad, que enseguida se encargó de estacionarle el coche. Max entró sin saludar a la casa donde había crecido. Atravesó varias estancias hasta llegar a la sala familiar.

Ahí estaban su madre y sus dos cuñadas, sentadas platicando, disfrutando de su té y sus bocadillos. Sus dos sobrinos jugaban no muy lejos.

—¿Dónde está, mamá? ¿Por qué nada más están ustedes tres?

Lo preguntó sin saludar a nadie. Al notar su presencia, todas se sobresaltaron. Sus dos cuñadas se pusieron de pie de inmediato, con cara de preocupación y de miedo. Su madre, en cambio, siguió sentada muy tranquila, dándole sorbos a su té en silencio.

—¿Dónde está? ¿Por qué no está tomando el té con ustedes? —Max dirigió la pregunta a Catalina y a Regina, que solo se miraron entre ellas sin responder.

—Ah, a lo mejor está en su cuarto. Voy a buscarla. Sigan con lo suyo.

Max se fue directo al segundo piso, hacia su habitación. Desde el principio la había instalado ahí, así que estaba seguro de que la encontraría. Al llegar, tocó la puerta. Tocó varias veces, pero nadie contestó. ¿Estará dormida? Pero apenas son las siete de la noche; no puede estar dormida ya, ¿o sí? ¿Será que las embarazadas se duermen más temprano?

Intrigado, abrió la puerta despacio. No tenía seguro. Asomó la cabeza con cuidado, buscando alguna señal de vida en la habitación. Después de revisar cada rincón, no encontró rastro de nadie.

Entró en su antigua recámara. Estaba igual que la última vez que la había dejado. Nada indicaba que alguien más la hubiera ocupado, y mucho menos una mujer. Revisó el clóset buscando las cosas de Camila, pero nada. No encontró absolutamente nada. Empezó a ponerse nervioso, aunque se esforzó por mantener la calma.

Luego revisó el baño. Tal como sospechaba, ahí tampoco había nada. Parecía un baño que nadie usaba desde hacía mucho: ni una gota de agua salpicada, señal de que de verdad nadie había entrado ahí. ¿Entonces dónde está Camila? Desde el principio la dejé en este cuarto. ¿Por qué no está? ¿Dónde se metió?

El pánico se apoderó de él. Mil ideas le cruzaron por la cabeza. Furioso, bajó a toda prisa a la sala familiar.

—¡¿Dónde está, mamá?! ¡¿Por qué no está en el cuarto?! —exigió con tono airado. Normalmente era de sangre fría ante cualquier problema, pero, quién sabe por qué, cuando se trataba de esa mujer no podía contener sus emociones.

—Está donde le corresponde estar —respondió su madre, como si nada. Las dos cuñadas, en cambio, se veían aterradas.

—Su lugar es mi cuarto, mamá. Está esperando un hijo mío. Así que también debería estar aquí, en esta sala, con ustedes, como parte de la familia…

—¿Familia? ¡¿Familia, dices?! ¡Desde el principio te dije que no la quería! ¡¿Por qué la obligaste a vivir aquí?! ¡Yo no la acepto como parte de la familia! ¡Y tampoco voy a aceptar a su hijo! ¡Que una mujer de dudosa procedencia como esa no espere que yo la reconozca!

—¡Mamá! El hijo que espera es tu nieto. Si no puedes aceptarla a ella, al menos acepta al bebé…

—¡Jamás! ¡Nunca en la vida! ¡Nunca voy a aceptar al hijo de esa mujer!

Su madre no daba su brazo a torcer. La rabia le llenó el pecho a Max. No podía creer que su madre todavía la rechazara. Había pensado que ella ya estaba bien, pero no era así.

—¿Entonces dónde está, mamá? No la corriste, ¿verdad? —preguntó con el alma en un hilo. No podía imaginar que su madre de verdad la hubiera echado.

—¡Ya te dije que está donde le corresponde estar!

Su madre apretó los labios con fuerza, señal de que no pensaba contestar nada más. Resignado, Max se echó a correr por toda la casa grande, buscándola.

Corrió al cuarto de doña Lupe, la jefa de servicio en quien más confiaba, y le preguntó por Camila. Sintió un poco de alivio al saber que todavía estaba en la casa. Sin perder un segundo, corrió hacia el cuarto del fondo y abrió la puerta de un empujón, sin poder esperar.

¡PAM!

Ahí estaba ella, planchando una montaña de ropa que pesaba decenas de kilos. Max sintió que le hervía la sangre. No estaba enojado con Camila; estaba enojado con su familia por tratarla así.

—¡¿Qué estás haciendo?!

Pálida como un papel, ella lo miró con los ojos desenfocados. Al instante siguiente se desplomó, inconsciente. Antes de que cayera —y de que se le viniera encima la plancha que tenía en la mano—, Max reaccionó a tiempo, la atrapó y la estrechó entre sus brazos.

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