Para el círculo militar y la alta sociedad, ella es la intocable "princesa de cristal": la menor de cuatro hermanos que visten uniforme de élite, la niña consentida de un temido General de cuatro estrellas y la heredera natural del imperio de moda de su madre. Nadie imagina que, a puertas cerradas, sus hermanos la entrenaron sin piedad para que jamás fuera el eslabón débil de la dinastía.
El verdadero golpe no lo recibió en un campo de tiro, sino en una fiesta de graduación.Tras arreglarse para ser vista como la mujer que es, escucha al mejor amigo de su hermano —el chico del que estuvo enamorada en secreto durante años— burlarse de ella y despreciar sus sentimientos ante su círculo militar solo para inflar su ego y marcar territorio.
Ella se marcha con una sola promesa grabada a fuego: ser la mejor
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Capítulo 11: Nido de Águilas
Alpes Berneses, Suiza.
Puesto de avanzada táctica "Punto Cero", tres kilómetros al sur de la Fortaleza Kallisto.
21:45 Horas.
La ventisca aullaba a sesenta nudos contra las lonas térmicas del puesto de observación avanzado. Afuera, la temperatura marcaba dieciocho grados bajo cero; adentro del búnker prefabricado de camuflaje ártico, el aire olía a queroseno de los calefactores portátiles, café instantáneo rancio y a una tensión asfixiante que amenazaba con hacer detonar a los hombres del equipo Bravo.
Dante Cruz estaba sentado frente a la consola de telemetría con los auriculares de frecuencia ultraalta ajustados a la cabeza.
Llevaba el traje de asalto invernal en blanco y gris pizarra, con el chaleco balístico cargado de cargadores perforantes y el fusil corto con silenciador apoyado entre sus rodillas. Sus ojos, enrojecidos por cuarenta horas de vigilia continua, no se apartaban del monitor central: una cuadrícula tridimensional que proyectaba en líneas verdes los niveles de la fortaleza Kallisto, colgada como una garra de hormigón y cristal blindado sobre un abismo de setecientos metros de caída vertical.
A su lado, Liam tecleaba en la estación de sensores mientras Bruno y Gael limpiaban por tercera vez los cerrojos de sus armas de precisión.
—Entraron hace doce minutos por la esclusa sur —anunció Liam en un susurro ronco, señalando dos puntos térmicos que avanzaban por el atrio de mármol del nivel cero—. El escáner de retina del consorcio aceptó las identidades falsas de Ginebra. Están dentro del perímetro de subasta.
Dante no respondió. Tenía los dedos de la mano izquierda aferrados al borde de la mesa metálica con tanta fuerza que los nudillos blanqueaban bajo las vendas.
En su canal de audio primario, el murmullo de un cuarteto de cuerdas tocando a Shostakóvich se filtraba a través del micrófono subdérmico de Sienna, mezclado con el tintineo de copas de champán y el roce sutil de telas caras.
—Tu pulso está en sesenta y cuatro latidos por minuto, 774 —la voz de Julian Montgomery entró limpia por la frecuencia, cargada de esa ironía aristocrática que hacía que a Dante se le crispara cada músculo de la espalda—. Cualquiera diría que estás en una cata de vinos privados en lugar de un nido de traficantes de armas con órdenes de disparar a matar si detectan una sola antena parásita.
—Mi pulso siempre está en sesenta y cuatro cuando tengo que soportar tu perfume francés, Montgomery —respondió Sienna, con una voz aterciopelada y baja que retumbó en los oídos de Dante como una descarga eléctrica—. Mantén la vista a las diez en punto. El intermediario de Voronin acaba de entrar al salón. Lleva el maletín de fibra de carbono atado a la muñeca izquierda.
—Permíteme asegurar tu flanco, mi amor —dijo Julian, y el sonido inconfundible de una tela de seda rozando contra un traje de gala se transmitió por el audio—. Tienes una etiqueta de alta costura rebelde en la espalda del vestido. Si Voronin ve una costura asimétrica, sospechará que no somos millonarios suizos.
—Si tocas esa cremallera con tus dedos congelados, Julian, te rompo el pulgar bajo la mesa.
—Una amenaza encantadora para inaugurar la velada.
En el puesto de avanzada, Dante se levantó de golpe. La silla metálica voló hacia atrás, estrellándose contra los paneles de lona con un estrépito sordo.
—¡Apaga ese maldito canal o me voy a volver loco! —rugió Dante, arrancándose los auriculares de una oreja y encarando a Liam con los ojos desorbitados por una mezcla salvaje de asfixia y rabia—. ¡Ese bastardo está jugando con ella en medio de una zona caliente! ¡Está coqueteando en la puta frecuencia de combate!
—¡Es su cobertura, Dante! —ladró Liam, poniéndose en pie y empujándolo por los hombros para frenar su avance hacia la puerta del búnker—. ¡Tienen que parecer una pareja de herederos decadentes comprando códigos militares! Si actúan como dos operadores de la CIA con la espalda tiesa, los francotiradores del vestíbulo los liquidan antes de que lleguen al primer ascensor.
—¡No me importa una mierda la cobertura! —escupió Dante, con las venas del cuello palpitando con furia homicida—. ¡Está a dos mil metros de altura, rodeada de mercenarios y con un solo hombre para cubrirle la retirada! Si ese sistema se cae, si el topo los reconoce...
—Ella sabe lo que hace —la voz de Bruno sonó desde el rincón, inusualmente grave—. Odio admitirlo más que tú, Cruz. Es mi hermana pequeña. La vi llorar cuando tenía diez años porque le rompí una muñeca en el tatami... pero esa mujer que está allá arriba no es la niña que dejamos en casa. Es más rápida que tú, es más inteligente que Liam y tiene una frialdad que ninguno de nosotros aprendió en el ejército. Confía en su entrenamiento o nos vas a matar a todos.
Dante apretó la mandíbula hasta que los dientes le rechinaron. Miró a los cuatro hermanos Keller: los cuatro gigantes que habían moldeado a Sienna con sangre y disciplina ahora permanecían quietos, conteniendo el aliento, reconociendo por fin que la criatura que habían forjado estaba librando una guerra donde ellos eran meros espectadores.
Dante volvió a ajustarse los auriculares con un gesto violento, tragándose el veneno amargo de su propia impotencia.
Interior de la Fortaleza Kallisto.
Nivel Cero: Galería de Subastas.
El salón principal era un monumento al poder desmedido: paredes de granito pulido, ventanales de cristal templado de tres pulgadas que daban al abismo blanco de los Alpes y un foso de subastas rodeado por guardias con trajes oscuros y subfusiles MP7 ocultos bajo las solapas.
Sienna avanzaba del brazo de Julian con una gracia líquida que desafiaba la gravedad de la montaña.
Llevaba un vestido largo de satén azul medianoche con un escote asimétrico que dejaba al descubierto su hombro derecho y la línea perfecta de su clavícula. La tela caía ceñida a su cintura antes de abrirse en una falda fluida que disimulaba a la perfección el arnés de polímero fijado a su muslo izquierdo, donde descansaba un dispositivo de inyección de código cuántico y dos dardos de neurotoxina paralizante. Su cabello castaño estaba recogido en un moño bajo pulido con horquillas de titanio afiladas, y en sus ojos no había el menor rastro de prisa.
Julian, impecable en un esmoquin cruzado de paño inglés, sostenía dos copas de cristal con champán helado.
—El topo del Pentágono no es un coronel de compras —susurró Sienna apenas moviendo los labios mientras fingía contemplar un cuadro impresionista en la pared—. Es el General Vance de la Junta de Logística. Está en el balcón privado superior, custodiado por cuatro guardaespaldas del sindicato ruso.
—Vance no se moverá hasta que comience la puja por la llave cuántica a las veintidós horas —respondió Julian, inclinándose hacia el oído de Sienna con una sonrisa seductora para el resto de los asistentes—. Tenemos once minutos para que bajes al subsuelo y conectes el puente de fibra óptica en la sala de relés.
—El conducto de mantenimiento del hueco del montacargas es mi única ruta ciega —dijo ella, tomando una de las copas de champán con dedos firmes—. Las cámaras de ese pasillo tienen un retardo de refresco de dos coma cuatro segundos. Entro, empalmo el cable y subo antes de que el conserje termine su ronda.
Julian la miró a los ojos, y por una fracción de segundo, la máscara aristocrática del diplomático cayó, revelando la preocupación pura y protectora del compañero que había sangrado con ella en Virginia:
—Si las compuertas blindadas del nivel menos tres se sellan por error térmico, quedas atrapada en un ataúd de hormigón a cincuenta metros bajo la roca, Sienna. No habrá forma de sacarte desde aquí arriba.
Sienna esbozó esa media sonrisa afilada, letal y fría que congelaba el aliento:
—Entonces asegúrate de que Voronin no gane la subasta antes de que yo termine de vaciarle las cuentas, Montgomery. Nos vemos en el vals de medianoche.
Sienna apuró el champán, dejó la copa sobre una bandeja de plata que transportaba un camarero y se deslizó hacia la penumbra del pasillo este con la ligereza de una sombra de humo.
En el puesto de avanzada táctica.
En el monitor de Liam, el punto térmico de Sienna desapareció repentinamente de la cuadrícula de la galería principal.
—Perdimos la señal biométrica directa —anunció Liam, con la voz subiendo una octava de pura tensión—. Entró en el hueco del ascensor. Hay blindaje de plomo en el subsuelo.
Dante no necesitó más.
El instinto animal, el entrenamiento de años y el terror visceral de perderla se combinaron en una orden interna que arrasó con cualquier protocolo militar.
Se quitó los auriculares, tomó su fusil por el guardamanos y tiró de la palanca de montaje con un chasquido metálico rotundo.
—¿Qué demonios estás haciendo, Cruz? —gritó Gael, bloqueando la salida de la tienda con su fusil en alto.
—El subsuelo de esa instalación tiene un sistema de purga de oxígeno en caso de brecha cibernética —ladró Dante, con los ojos ardiendo en una determinación oscura que hizo que los hermanos Keller retrocedieran medio paso—. Voronin no va a negociar con ella. Si detectan el puente de red, van a inundar ese sótano con gas inerte y la matarán asfixiada mientras nosotros miramos una pantalla de mierda a tres kilómetros de distancia.
—¡Es una orden directa de la Comandante! —rugió Liam, plantándose frente a su mejor amigo—. ¡Dijo que si cruzabas el perímetro te dispararía en el pecho!
Dante clavó sus pupilas en las de Liam, con una sonrisa feroz, salvaje y rota dibujándose en sus labios ensangrentados por la tensión:
—Pues que me dispare, Keller. Pero voy a estar allí para recibir el tiro.
Dante empujó a Gael con el hombro, abrió el cierre de la esclusa del puesto de avanzada y se lanzó de cabeza hacia la tormenta de nieve de los Alpes, avanzando como un lobo solitario hacia la mole de acero que custodiaba al único ser por el que estaba dispuesto a incendiar el mundo entero.