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Horizonte Sagrado

Horizonte Sagrado

Status: En proceso
Genre:Aventura / Héroes / Mitos y leyendas
Popularitas:153
Nilai: 5
nombre de autor: Proa94

el viaje de un sangre bastarda para convertirse en un héroe.

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el rey elfo

Los guardias de la corte me escoltaron a través de los deslumbrantes pasillos del palacio real. Era una edificación de una elegancia sobrecogedora, pero impregnada de esa distinción fría y arrogante tan característica de los altos elfos.

Sinceramente, en toda mi vida solo había tratado de cerca a dos mujeres de esta especie: mi madre y la insoportable Armia. Mi madre, sin embargo, era completamente distinta: una mujer cálida, amorosa y generosa. Aún conservaba vagos recuerdos de mi infancia, cuando caminábamos juntos por el mercado del pueblo y ella saludaba a todos con una sonrisa genuina. Ahora entendía perfectamente por qué no logró encajar en este palacio; era el polo opuesto a la frialdad de su pueblo. Si Armia ya resultaba densa, no quería ni imaginar la personalidad de mi abuelo. Lo mejor era andar con pies de plomo.

Alcanzamos el salón del trono, una bóveda majestuosa iluminada por lámparas de cristal rúnico.

—¡Ante vos, Su Majestad, el Rey Dumnen Skógarins! —proclamó Regulus, hincando una rodilla en tierra.

Me mantuve erguido, cuadrando los hombros ante el trono.

—Un gusto, Su Majestad. Soy Adamas Skógarins y...

—Al fin regresas a mí... —interrumpió el monarca con una voz pausada, profunda y helada como el invierno.

—¿Majestad? —enarqué una ceja, descolocado—. Vaya, la verdad esperaba un recibimiento más hostil y...

—No te hablo a ti, sangre bastarda inmunda —sentenció Dumnen, clavando una mirada despectiva en mi rostro—. Le hablo a la reliquia que portas a la cintura: la Espada de las Cinco Voluntades, el tesoro real que ese cerdo de tu padre robó de mi reino.

Sentí un chispazo de rabia en la sangre y di un paso al frente.

—Le pediría que modere su vocabulario al referirse a mi padre. Según las crónicas de este continente, él es un héroe reconocido por los propios elfos... ¿O acaso me equivoco en su papel durante la campaña contra la facción demoníaca que amenazaba con exterminar a su pueblo?

—¿El "héroe"? —Dumnen soltó una carcajada seca y sin pizca de gracia—. Bah. Ese título lo perdió en el preciso instante en que embaucó a mi hija para escapar con ella y mancillar su noble linaje con su asquerosa semilla.

—¡Basta! —rugí, apretando los puños con violencia—. No permitiré que ensucie la memoria de mis padres en mi presencia.

—Me importa muy poco lo que pienses o sientas, mocoso —respondió el monarca, poniéndose de pie con una parsimonia imponente—. Lo único que me interesa de ti es recuperar esa espada.

—¿Ah, sí? —desafíe, apretando los dientes—. Si solo quería el arma, ¿por qué molestarse en traerme hasta el palacio?

—Qué estúpido y crédulo eres... —sonrió el Rey Elfo con desprecio—. Es obvio: los estatutos de la reliquia dictan que la Espada de las Cinco Voluntades solo puede reclamarse en duelo de honor. Tu inmundo padre me la ganó en combate legítimo, y por ende, yo debo recuperarla de la misma forma.

—¿Pelear conmigo? —solté una risa amarga—. Jajaja, lo dudo mucho. Por si no lo sabe, viejo, he abatido a dos Dragones de Nivel Emperador y ostento el Rango Diamante en el gremio.

—Excelente. Al menos sé que no te mataré al primer movimiento —declaró Dumnen, descendiendo lentamente los escalones del estrado—. Recibirás el castigo que le correspondía a tu padre por jugar con mi dinastía y manchar mi sangre con tu existencia. Yo, Dumnen Skógarins, te desafío a muerte por la posesión de la espada.

—Y yo, Adamas Skógarins... —desenvainé la hoja sagrada con un chasquido limpio que hizo eco en el salón— ¡Acepto el reto! Pelearé por el honor de mi padre, por la memoria de mi madre y por el respeto que le debes a mi nombre.

—Bien... Veamos de qué estás hecho, mestizo.

En el fondo, me sentía confiado. Tras meses de viaje ininterrumpido, combates al límite contra bestias legendarias y un entrenamiento feroz, mis habilidades eran abrumadoramente superiores a las del muchacho que dejó Shaula. Me consideraba un guerrero formidable; pelear contra este monarca arrogante —quien probablemente no había tocado un acero en décadas más que para condecorar a sus subordinados— no debía representar un gran problema.

Sin embargo, la voz de mi padre retumbó en mi mente: "Confiarse en el campo de batalla es una sentencia de muerte segura".

Giré sobre mi eje y me lancé al frente con una estocada certera a gran velocidad, buscando noquearlo de un solo golpe directo. Pero no vi su movimiento. Mi acero atravesó su figura como si fuera una ilusión o una cortina de humo; para cuando mi cerebro procesó el impacto, Dumnen ya se encontraba exactamente a mi costado.

—Buena velocidad, niño... —susurró el monarca a mi oído.

—¡¿Ah?! —ahogué un grito, saltando hacia atrás—. ¿Pero qué...? ¿Magia de ilusión?

—Mi turno.

Antes de que pudiera alzar la guardia, un destello plateado cortó el aire. Apenas logré interponer la hoja para desviarlo, pero la fuerza bruta del impacto fue descomunal: una embestida tan pesada como el coletazo de un dragón. Salí despedido tres metros hacia atrás, sintiendo cómo mis brazos temblaban violentamente por la onda de choque.

—¡Agh! ¿Pero qué demonios...?

—Atento —advirtió Dumnen, apareciendo sobre mí en un parpadeo.

Un golpe seco y feroz en el estómago me sacó todo el aire de los pulmones. Rodé por el piso de mármol, perdiendo el agarre de la espada, que fue a estrellarse ruidosamente a varios metros de distancia.

—Khaf... khaf... —tosi, hincando las rodillas en el suelo mientras intentaba recuperar el aliento—. ¿Qué... qué está pasando? Usas magia... ¡Cobarde!

Dumnen caminó despacio hacia mí, sosteniendo su espada de un solo filo con una elegancia aterradora.

—¿Magia? Jajaja... Pero qué pensamiento tan ridículo y mediocre —se burló el rey, mirándome desde la altura—. Yo no requiero de semejante ardid. Lo que experimentas es simplemente la abismal diferencia de categoría, experiencia y maestría. Para que lo sepas, mocoso de mierda: siglos antes de que tú o tu asqueroso padre gatearan por este mundo, yo ya lideraba vanguardias y masacraba ejércitos enteros en las guerras sagradas. ¿Creías que por ser viejo me la he pasado durmiendo en un trono?

El monarca se detuvo a un metro de mí, y el aire alrededor de su figura se volvió pesado, aplastante.

—Fui un héroe, fui un guerrero supremo y desciendo directamente del Dios Elfo, quien con esa misma espada que tus manos bastardas mancillan derrotó al Dios Demonio en el origen de los tiempos. Esa sangre pura corre por mis venas... y desafortunadamente también por las tuyas, aunque en ti esté diluida y podrida.

Dumnen alzó su espada, apuntando directamente a mi garganta mientras la penumbra del salón envolvía su figura.

—Hoy me encargaré de limpiar la honra de mi hija. Te mataré, recuperaré la reliquia de mi Casa y, cuando engendre una nueva heredera pura, la historia continuará... borrando para siempre el mayor error de mi linaje: tú.

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