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Demasiado Tarde Para Arrepentirse

Demasiado Tarde Para Arrepentirse

Status: Terminada
Genre:Reencuentro / Amante arrepentido / Amor-odio / Completas
Popularitas:3k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

Sinopsis:
A los catorce años, ella se internó en la selva para salvarle la vida de un secuestro; a cambio, él la redujo a un recuerdo insignificante: una niña habladora, flacucha y con gafas.
Siete años después y tras la trágica pérdida de sus padres, un matrimonio por conveniencia y gratitud los une solo sobre el papel para proteger el patrimonio farmacéutico de su familia. Para ella, era la oportunidad de reencontrarse con el amor silencioso de su infancia; para él, el brillante y arrogante heredero de un imperio aeronáutico, no era más que un trámite molesto.
La ilusión se rompe en mil pedazos en la oscuridad de un club nocturno, cuando ella escucha cómo él se burla cruelmente de su recuerdo ante sus amigos, ignorando que la mujer que tiene a unos metros es dueña de una belleza arrolladora y un intelecto letal.
Sin reclamos ni lágrimas, la respuesta llega el lunes por la mañana: una demanda de divorcio exprés por matrimonio no consumado.

NovelToon tiene autorización de Maria Laura Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 21: La ley del más fuerte

La sala de juntas del piso cincuenta y cuatro de la torre corporativa Foster no había cambiado en su arquitectura de cristal, mármol travertino y maderas nobles. Lo que había cambiado de manera radical e irreversible era el código de vestimenta de su presidente ejecutivo.

Sentado en la cabecera de la mesa, frente a doce directores de operaciones de aviación internacional y auditores de Wall Street, Alexander Foster escuchaba el balance de rutas transpacíficas con el ceño ligeramente fruncido. Llevaba un traje oscuro de tres piezas hecho a medida en Savile Row, reloj de platino en la muñeca izquierda y una expresión severa que aún infundía pavor en sus subordinados.

Sin embargo, cruzado sobre su pecho y descansando sobre su corbata de seda, un portabebés ergonómico de terciopelo gris albergaba a Clara.

La niña, que ya balbuceaba con entusiasmo sus primeras sílabas, sostenía una pluma estilográfica dorada de veinte mil dólares con la que golpeaba con entusiasmo una carpeta de balances trimestrales, dejando pequeños puntitos de tinta azul sobre el informe financiero.

—Como pueden observar en el gráfico de la página diecisiete... —titubeaba el director financiero, tragando saliva e intentando no fijar la vista en el babero con estampado de hojas verdes que Alexander llevaba doblado con perfecta simetría en el bolsillo superior de su saco, justo donde solía ir el pañuelo de lino—. Las proyecciones de transporte refrigerado indican un superávit del veintiocho por ciento...

Alexander levantó una mano, deteniendo la exposición en seco. Con la otra, le quitó con infinita suavidad la pluma a su hija antes de que la pequeña decidiera probar su sabor metálico, reemplazándola por una mordedera de silicona fría.

—El margen es conservador, Martínez —dijo Alexander con esa voz profunda, cortante y calculadora que no admitía mediocridades—. No consideraron la apertura de los corredores humanitarios en el sudeste asiático que el laboratorio de mi esposa abrirá en noviembre. Vuelvan a calibrar los costos de combustible asumiendo quince vuelos charter adicionales por semana. Y la próxima vez que impriman un reporte, usen papel satinado: este es demasiado áspero y raspa las manitas de la futura presidenta del directorio.

Los doce directores asintieron como autómatas, tomando notas frenéticas sin atreverse a sonreír. Para el mundo de los negocios, Alexander Foster seguía siendo un depredador implacable; solo que ahora era un depredador con una devoción paternal absoluta y un pánico indisimulable a que su esposa lo regañara si la niña no tomaba su siesta a tiempo.

Las puertas de cristal esmerilado de la sala se abrieron con un deslizamiento suave.

Elena cruzó el umbral. Llevaba una falda lápiz en tono marfil, una blusa de seda verde bosque y tacones que marcaban un compás seguro sobre la alfombra. El cabello dorado le caía suelto sobre los hombros y sobre el pecho lucía la medalla de la Orden al Mérito Científico que la Academia Médica acababa de concederle esa misma mañana en una ceremonia oficial.

Al verla entrar, la máscara de hielo de Alexander se derritió en una fracción de segundo.

—Se levanta la sesión —anunció él, poniéndose de pie sin esperar las despedidas protocolares de sus directores—. Tienen hasta las cuatro para entregar las correcciones. Fuera.

Los ejecutivos recogieron sus carpetas a toda velocidad, saludaron a Elena con reverencias llenas de un respeto genuino y desalojaron la sala como si temieran que el humor del magnate cambiara.

Elena se cruzó de brazos, apoyando la cadera contra la mesa de caoba mientras observaba la escena con una ceja arqueada y una sonrisa que amenazaba con desarmarle la compostura:

—¿En una junta directiva de aviación con un babero en el bolsillo del saco, señor Foster? —preguntó ella, arrastrando las palabras con una ironía deliciosa—. ¿Qué fue de aquel hombre temible que decía que los sentimientos eran un estorbo para la cotización en bolsa?

Alexander avanzó hacia ella, desabrochando con una sola mano el arnés de seguridad del portabebés para pasar a la pequeña Clara a su brazo izquierdo. Con el brazo derecho libre, rodeó la cintura de Elena y tiró de ella hacia su cuerpo con una posesividad dulce y firme que le cortó el aliento.

—Ese hombre fue debidamente ejecutado por un ratón de laboratorio en los tribunales de familia —murmuró Alexander contra sus labios, robándole un beso rápido antes de que ella pudiera quejarse—. Y en cuanto a mi estilo, los directores saben perfectamente que si no traigo a Clara a la oficina, me desconcentro pensando en si ya almorzaron o si te olvidaste de tomar tu infusión.

—¡Ma-má! —chilló Clara, estirando los brazos para enredar sus deditos en los pendientes de perlas de Elena.

Elena tomó a su hija en brazos, llenándole las mejillas de besos sonoros mientras la niña reía con esa misma risa limpia que iluminaba toda la casa.

—Tu padre es un exagerado incorregible —le susurró Elena a la pequeña, antes de levantar los ojos hacia Alexander, que no apartaba la mirada de ambas con una expresión tan cargada de amor que parecía dolerle el pecho—. Por cierto... adivina a quién me encontré en el vestíbulo de la torre.

Alexander entrecerró los ojos con recelo instantáneo:

—Dime que no fue a Vance con otro microscopio de reliquia o juro que ordeno a mis pilotos que arrojen su máquina suiza al océano.

Elena soltó una carcajada cristalina, pasándole una mano por la nuca para acariciar su cabello corto:

—No, celoso compulsivo. Era Lucía. Vino a traer los documentos finales de la Fundación Morel-Foster.

—Ah, la temible doctora Álvarez —resopló Alexander, sonriendo con desgano fingido—. ¿Vino a verificar si todavía no hemos terminado en una celda por desacato conyugal?

—Vino a decirme que un tal Julián y sus socios del club de golf siguen mandando cartas de disculpa y solicitudes de patrocinio a nuestras oficinas para intentar limpiar sus nombres en el mercado —dijo ella, clavándole los ojos verdes con picardía—. Dicen que están dispuestos a financiar el nuevo pabellón de oncología infantil con tal de que tú les levantes el veto en las rutas aéreas privadas.

Alexander soltó una risa seca, fría y aristocrática, tomando la mano libre de Elena para entrelazar sus dedos:

—Que sigan esperando sentados. Hay errores que no se limpian con cheques de beneficencia. Sobre todo cuando el error fue burlarse de la mujer que sostiene este mundo sobre sus hombros.

—Alexander... —murmuró ella con suavidad, conmovida por esa terquedad protectora que jamás se apagaba—. Ya pasaron dos años. Ya no me duele nada de lo que dijeron.

—A ti no te dolerá, mi amor —respondió él, apoyando la frente contra la de ella con una devoción inquebrantable—. Pero a mí me sigue ardiendo cada palabra como el primer día. Y mientras yo viva, nadie va a olvidar a qué reina le deben respeto en esta ciudad.

El silencio que siguió fue denso, cálido y cargado de esa electricidad que siempre los envolvía cuando estaban cerca. Clara, ajena a los imperios y a los rencores del pasado, apoyó la cabecita en el hombro de su madre, comenzando a cerrar los párpados vencida por el sueño.

Alexander deslizó su mano hacia la espalda baja de Elena, atrayéndola un milímetro más, respirando su perfume a jazmín y piel tibia:

—Cancela tu agenda de la tarde, doctora Morel.

Elena enarcó una ceja, con un brillo divertido en la mirada:

—¿Y bajo qué argumento científico, señor Foster?

—Bajo el argumento de que tu esposo tiene un helicóptero esperando en el helipuerto del techo para llevarnos a la cabaña del lago —susurró él con una voz ronca y seductora que le encendió la piel—. La nana ya está en camino para quedarse con Clara, y tengo planeado pasarme las próximas cuarenta y ocho horas demostrándote que, a pesar de los baberos y las juntas, sigo siendo exactamente el mismo hombre salvaje que juró no soltarte jamás.

Elena sonrió con esa coquetería letal que a Alexander lo desarmaba desde que tenía catorce años, y asintió despacio contra sus labios:

—Trato hecho, Alexander. Pero solo si me prometes que vas a dejar que sea yo la que maneje el mapa.

—Siempre, ratoncito —respondió él con una reverencia sobre su boca—. En esta vida, el rumbo siempre fue tuyo.

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Marisa Lorena Ojeda
Bastian es muy dulce espero y esté siendo sincero con Elena🥰
Marisa Lorena Ojeda
hasta ahora se lee muy entretenida, muy buena escritura fácil de leer
Marisa Lorena Ojeda
Alexander agua y ajo, aguantarse y a joderse 🤣🤣🤣
Marisa Lorena Ojeda
🤣🤣🤣🤣🤣toma esto Alexander, por narcisista y arrogante presumido obteniendo todo del abuelo y el papito, a cambio Elena se ganó todo con su esfuerzo
Marisa Lorena Ojeda
Empezó interesante vamos a ver cómo continúa
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