Valentina Ferrer creyó que tenía la vida perfecta: un esposo al que amaba, cinco hijos maravillosos y un hogar humilde, pero lleno de felicidad. Hasta que un accidente en una obra le arrebató a Gabriel y la dejó sola frente al dolor, las deudas y la responsabilidad de sacar adelante a su familia.
Convertida en viuda a los treinta y cinco años, Valentina tendrá que dejar atrás sus miedos y recuperar los sueños que abandonó por amor. Lo que no imagina es que, en medio de su lucha, conocerá a Maximiliano Devereaux, el hombre más rico, poderoso y atractivo de la ciudad.
Él vive rodeado de lujos. Ella apenas intenta sobrevivir. Él está acostumbrado a mandar. Ella no permitirá que nadie vuelva a decidir por su vida.
Entre dos mundos completamente opuestos, una atracción imposible comenzará a crecer. Pero Valentina aún carga con las heridas de su pasado y teme que volver a amar signifique traicionar la memoria del hombre que nunca dejó de amar.
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Capítulo 11: La primera propuesta
El martes amaneció con una lista de pendientes pegada en la puerta del refrigerador.
Había que preparar el desayuno, revisar las tareas, lavar los uniformes y llevar a Julieta a una consulta que ya estaba programada antes del accidente. Además, Valentina tenía que terminar la propuesta de publicidad para Mariana.
La lista parecía demasiado larga para un solo día.
—¿Puedes acompañarme a la consulta? —le preguntó a Amalia mientras servía el desayuno.
—Claro. Elvira puede quedarse con los demás.
—No quiero abusar de ustedes.
—No abuses. Acepta que somos una familia.
Valentina guardó esa respuesta en su corazón y siguió preparando las loncheras.
A media mañana, cuando los niños ya estaban en la escuela y Julieta había regresado de la consulta, se sentó frente a la mesa. La propuesta seguía abierta. Había escrito varias ideas, pero ninguna le parecía suficientemente buena.
El concepto era sencillo: mostrar el rostro de las personas detrás de cada pequeño comercio. En vez de limitarse a anunciar precios y productos, cada publicación contaría una historia breve: quién había comenzado el negocio, qué ofrecía y por qué era importante para el vecindario.
Valentina releyó la introducción.
Comprar en un comercio local es elegir un producto, pero también respaldar el esfuerzo de una familia.
La frase le gustó. Aun así, dudó antes de enviarla.
Mariana llegó poco después del mediodía. Se sentó a su lado y empezó a leer, sin interrumpirla.
—¿Qué te parece? —preguntó Valentina cuando su amiga terminó.
—La idea tiene corazón y un propósito claro.
—¿Y qué le falta?
—Definir mejor a quién le hablamos y qué esperamos que haga después de leer. ¿Queremos que visite los negocios? ¿Que los siga en redes? ¿Que comparta sus historias?
Valentina tomó el lápiz y comenzó a anotar.
—Podemos invitar a la gente a conocerlos. No solo a comprar, sino a descubrir quién está detrás del mostrador.
—Eso puede funcionar. También hay que mostrar que estos negocios tienen variedad y calidad. Que elegirlos no es hacerlo únicamente por solidaridad.
—Claro. No queremos que parezca que deben comprar por pena.
—Exactamente.
Durante una hora revisaron cada parte. Mariana señaló dónde Valentina podía ser más concreta y dónde una frase emocional servía mejor que una explicación extensa. No le cambió la voz a la propuesta; la ayudó a afinarla.
—Esto está mejor que el primer borrador —dijo Mariana—. ¿Cómo te sientes?
Valentina miró las páginas.
—Como cuando entregaba un trabajo en la universidad. Solo que ahora tengo más miedo.
—Es normal. Pero el miedo no significa que no estés preparada.
—¿Y si les parece poco profesional?
—Entonces ajustamos lo que haga falta. La propuesta no es un juicio sobre ti.
Valentina asintió. Aun así, cuando Mariana le pidió que enviara el documento, sus dedos se quedaron quietos sobre el teclado.
—Envíalo cuando estés lista —dijo su amiga.
—Si espero a sentirme completamente lista, no lo enviaré nunca.
—Entonces envíalo con un poco de miedo.
Valentina adjuntó el archivo y escribió un mensaje breve. Agradeció la oportunidad, explicó que había incluido el concepto central y algunas ideas iniciales, y quedó a la espera de comentarios.
Antes de pulsar “enviar”, respiró hondo.
Luego hizo clic.
—Listo —dijo.
Mariana le sonrió.
—Listo.
No hubo aplausos ni música que anunciara una nueva etapa. Solo el sonido del mensaje enviado y el silencio de la casa. Sin embargo, Valentina sintió como si hubiera cruzado un umbral pequeño pero importante.
La respuesta llegó al día siguiente, mientras Valentina ayudaba a Samuel con una tarea de Matemáticas.
El teléfono vibró sobre la mesa.
—¿Puedes mirar eso, mamá? —preguntó Samuel.
Valentina terminó de explicarle el ejercicio y tomó el teléfono. Era un correo dirigido a ella y a Mariana. La asociación de comerciantes había revisado la propuesta y quería reunirse con ellas para conversar sobre una primera fase de la campaña.
Valentina leyó el mensaje dos veces.
—¿Qué dice? —preguntó Samuel.
—Quieren hablar con nosotras del proyecto.
—¿Eso significa que te dieron trabajo?
—Todavía no. Significa que quieren escuchar más.
No era un contrato firmado, pero la invitación bastó para cambiarle el ánimo. Se lo contó a Mariana y acordaron preparar una presentación sencilla para la reunión del viernes.
—Si no quieres ir, puedo presentar la propuesta —le dijo Mariana.
Valentina miró el correo otra vez.
—Quiero ir.
—¿Estás segura?
—No. Pero quiero intentarlo.
La reunión sería en el local de la asociación, cerca del centro. Valentina tendría que dejar a los niños con su madre y su tía durante unas horas. La idea le causó inquietud, pero Amalia insistió en que podían ocuparse de todo.
—Tú ve y presenta lo que preparaste —le dijo—. Aquí estaremos.
El jueves por la noche, Valentina trabajó en la presentación mientras los niños dormían. No se quedó hasta tarde; Mariana le había advertido que no necesitaba convertir cada detalle en algo perfecto. Preparó unas diapositivas simples, con ejemplos de publicaciones y una propuesta de calendario.
Al llegar a la sección de presupuesto, se detuvo. No sabía cuánto cobrar.
Mariana la llamó por teléfono y le explicó el rango que solía manejarse para un proyecto pequeño. Valentina anotó la cifra y la comparó con lo que había visto en los recibos de la casa.
—No quiero cobrar de más —dijo.
—Cobrar por tu trabajo no es aprovecharte de nadie.
—Hace mucho que no hago esto.
—Eso no significa que tu tiempo y tus ideas no tengan valor. Si la asociación tiene otro presupuesto, pueden conversarlo. Pero no ofrezcas trabajar gratis solo porque estás retomando.
Valentina guardó la cifra en la presentación.
—Me cuesta pedir dinero por algo que me gusta hacer.
—Entonces piensa en las horas que vas a dedicarle, no solo en si disfrutas el proceso.
El viernes, Amalia y Elvira se quedaron con los niños. Valentina se vistió con sencillez y guardó la computadora y sus notas en un bolso. Antes de salir, se detuvo junto a la mesa.
Allí estaba la taza de Gabriel.
No había conseguido retirarla. Tampoco quiso hacerlo esa mañana.
—¿Vas a volver pronto? —preguntó Julieta.
—Sí. Es solo una reunión.
—¿Vas a hablar de publicidad?
—Sí.
Julieta pareció pensarlo.
—Papá decía que eras buena hablando de ideas.
Valentina se inclinó y la abrazó.
—Gracias por recordármelo.
El local de la asociación estaba en una calle transitada. Mariana la esperaba en la entrada. Al verla, le dio un abrazo corto.
—¿Lista?
—No.
—Perfecto. Yo tampoco estoy nunca lista.
La broma la hizo sonreír.
En la sala de reuniones había tres representantes de los comerciantes. Uno de ellos era dueño de una panadería; otra mujer administraba una tienda de ropa y el tercero tenía un pequeño taller de reparación de teléfonos. Los recibieron cordialmente y les ofrecieron café.
Mariana comenzó explicando el objetivo general. Después le dio la palabra a Valentina.
Ella miró las diapositivas, luego a las personas sentadas alrededor de la mesa. Al principio, la voz le salió más baja de lo que quería.
—La propuesta parte de una idea sencilla —dijo—. Queremos que los vecinos conozcan a las personas que sostienen estos negocios y todo el trabajo que hay detrás de cada producto.
A medida que avanzaba, dejó de mirar las notas. Habló de las familias, de los clientes que regresaban porque conocían a los dueños y de la importancia de mostrar calidad y cercanía sin hacer que la campaña pareciera una petición de ayuda.
El dueño de la panadería se inclinó hacia delante.
—¿Cómo se vería una de esas historias?
Valentina mostró un ejemplo: una fotografía de las manos preparando pan, acompañada de una breve presentación del negocio y una invitación a visitarlo.
—No tiene que ser una producción costosa —explicó—. Queremos que se sienta auténtica. La gente reconoce cuando una historia habla con honestidad.
La administradora de la tienda revisó el calendario.
—Me gusta que no todo sean promociones. A veces uno publica precios, pero nadie conoce cómo empezó el negocio.
—Esa es justamente la oportunidad —dijo Valentina—. Podemos alternar historias, recomendaciones y promociones. Así no pedimos la atención del público sin ofrecerle algo interesante.
Al terminar, los representantes hicieron varias preguntas. Valentina respondió algunas y consultó a Mariana cuando necesitó confirmar detalles técnicos. No fingió saber lo que no sabía. La conversación se volvió menos formal, y los comerciantes comenzaron a contar anécdotas de sus locales.
—Queremos probar la campaña durante un mes —dijo finalmente el dueño de la panadería—. Empezar con pocos negocios y evaluar la respuesta.
Valentina miró a Mariana. Su amiga le devolvió una sonrisa discreta.
—Podemos preparar una primera fase con cuatro comercios —respondió Valentina—. Así ajustamos el formato antes de ampliarlo.
Hablaron de fechas, entregas y presupuesto. Los representantes aceptaron el costo que habían propuesto, con la condición de revisar los resultados al final del primer mes.
Valentina anotó cada acuerdo.
Cuando la reunión terminó, estrechó las manos de los tres comerciantes. No era un empleo fijo ni resolvería todas sus preocupaciones, pero era un proyecto real y pagado. Una oportunidad pequeña, ganada con una idea que había salido de ella.
En el camino de regreso, Mariana la miró.
—¿Cómo te fue?
—No me olvidé de hablar.
—Eso ya es un buen comienzo.
—Y no me echaron.
—También es positivo.
Valentina soltó una risa. Hacía tiempo que no se reía así, con alivio y sorpresa.
Al llegar a casa, encontró a sus hijos esperando en la sala.
—¿Te dieron trabajo? —preguntó Emilia.
—Me dieron un proyecto. Voy a ayudar a varios negocios con una campaña.
—¿Te pagarán? —preguntó Tomás.
—Sí.
—¿Entonces tendremos que comprar cosas nuevas? —preguntó Julieta.
—No de inmediato. Primero vamos a terminar el trabajo y organizar los gastos.
—Pero te fue bien —dijo Isabella.
Valentina miró a sus cinco hijos.
—Sí, me fue bien.
Más tarde, al guardar sus notas, encontró en el bolso una foto pequeña de Gabriel. La llevaba allí desde el funeral y casi había olvidado que estaba con ella. La sostuvo entre los dedos.
—Lo hice —susurró.
No sabía qué habría dicho él. Podía imaginar su sonrisa, la forma en que habría celebrado aquel primer encargo y luego habría preguntado si ya había cenado.
Valentina guardó la foto junto a sus apuntes. El dolor seguía presente, pero esa tarde había descubierto que también podía avanzar sin dejar de extrañarlo.
Al día siguiente empezaría el proyecto. No sabía si tendría éxito ni si lograría volver a sentirse segura en su profesión.
Pero tenía una primera oportunidad.
Y esta vez, no pensaba esconderse de ella.