Durante tres años, Valeria Rivas cuidó de su esposo mientras él permanecía en coma. Cuando Alejandro Montenegro despertó, ella creyó que por fin llegaría su oportunidad de ser amada. Pero el regreso de su primer amor convirtió esa esperanza en una humillación.
Para él, Valeria era una muchacha del campo que no estaba a su altura. Para sus amigos, la esposa que sobraba.
Hasta que ella le entregó los papeles del divorcio.
El motivo: «Mi esposo no cumple en la cama».
Alejandro fue a exigirle explicaciones. Esperaba encontrar a una mujer suplicando que no la dejara. En cambio, encontró a una Valeria que ya no pensaba bajar la cabeza… y que ocultaba mucho más de lo que él imaginaba.
Ella lo recibió con una sonrisa.
—Señor Montenegro, ¿viene a pedir cita con el urólogo?
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Capítulo 7
Capítulo 7. Una solicitud suya
Camila sonrió, llena de dulzura, y se acomodó contra el pecho de Alejandro. Alzó hacia él su hermoso rostro.
—Sabía que no podías dejarme. Tú no vas a abandonarme.
El hombre más rico de Puerto Azul, atractivo, distinguido y con poder para moverlo todo a su antojo, reunía cuanto ella había deseado en un hombre. Pero, tres años atrás, el accidente lo había dejado en estado vegetativo. Los médicos habían dicho que no despertaría jamás. ¿Cómo iba a desperdiciar su juventud junto a él?
Por eso había huido.
¿Quién habría imaginado que, después de que Valeria se casara con él en su lugar, despertaría en tan solo tres años? Camila aún no sabía cómo lo había conseguido. ¿Acaso casarse con Valeria le había traído buena suerte? Los médicos lo llamaban un milagro.
Así que ella había regresado. Sabía que Alejandro la amaba y que no la dejaría.
Él la miró.
—Si no fuera por lo que pasó entonces… ¿crees que te consentiría tanto?
Camila se quedó un instante quieta. Una sombra de culpa le cruzó los ojos y cambió de tema.
—¿Te has acostado con Valeria?
—Si no me acuesto con ella, ¿me acuesto contigo?
Ella sabía que no lo había hecho. Preguntaba conociendo la respuesta, y él había aceptado el juego, provocándola. A Camila le gustaba esa faceta de hombre maduro, atractivo y con un punto de malicia, capaz de hacerla sonrojar con una sola frase.
Tenía ganas de quitarle toda la ropa a aquel hombre tan frío y contenido para descubrir cuánto deseo escondía.
Se volvió y se sentó a horcajadas sobre su cintura. Le rodeó el cuello con los brazos y acercó la boca a la suya, rozándolo con el aliento.
—¿Quieres acostarte conmigo?
Soto llevaba varios años trabajando con Alejandro. Captó la situación y subió la separación entre los asientos delanteros y los traseros.
Alejandro no respondió. Camila llevaba un vestido rojo de tirantes; al sentarse de aquel modo, la falda había subido y dejaba sus piernas al descubierto. Las piernas más hermosas de Puerto Azul, blancas y delicadas, rodeaban ahora el pantalón negro del hombre.
Ella las apretó alrededor de su cintura.
—Contesta. ¿Quieres o no?
Bastaba con que dijera que sí. Podría tenerla allí mismo, y Alejandro entendía perfectamente la invitación.
Sin embargo, pensó en las piernas de Valeria en el club. Sus proporciones, sus curvas precisas. En aquella pregunta: ¿cuáles le gustaban más, las de ella o las de Camila?
No sabía por qué la recordaba justo ahora. Había levantado la pierna; la cadenita de cristales del tacón oscilaba en su tobillo delicado mientras le rozaba la pantorrilla con la punta del pie y le preguntaba si Camila le había rodeado la cintura con las piernas.
Alejandro apartó las manos que Camila tenía en su cuello.
—Todavía no me he divorciado.
—¿Y…?
—No tengo intención de serle infiel a mi esposa.
El momento íntimo se deshizo. Alejandro le había puesto fin. Camila bajó de sus piernas, contrariada. También tenía su orgullo: si él la quería, ella se entregaría, pero no de otra manera.
—¿Cuándo te vas a divorciar de Valeria?
Alejandro miró por la ventanilla. En el fondo, estaba bien que ella hubiera tomado la iniciativa. Él también pensaba divorciarse.
—Pronto —respondió con frialdad.
De regreso en el departamento con Dani, Valeria se tendió en su cama. Después de permitirse aquellos excesos, le tocaba volver a encauzar su vida.
Abrió Conecta en el teléfono. Tenía dos cuentas. Durante tres años había usado la de «Valeria, señora Montenegro». Ahora cerró esa sesión y entró en la otra.
Enseguida se sucedieron las notificaciones del grupo «Familia unida».
El primero de sus tres compañeros de formación escribió:
«¡Por fin! ¡Nuestra Val volvió a conectarse!».
El segundo añadió: «Bienvenida a casa».
Y el tercero: «¡Un abrazo y un beso para nuestra Val!».
Los tres la recibieron con una avalancha de mensajes de celebración. El primero siguió:
«Hace tres años te enamoraste, te despediste del abuelo y te empeñaste en salir a buscar un hombre con quien divertirte. ¿Qué tal, Val? ¿Fue divertido?».
«No», respondió ella.
«Parece que a nuestra Val le rompieron el corazón, jajaja», escribió el segundo.
«¡Así que también hay alguien a quien tú no puedes conquistar! Jajajaja», se burló el tercero.
El primero intervino de nuevo:
«Ya dejen de reírse de ella. Pensemos que estos tres años fueron un curso intensivo de desamor… Perdón, es demasiado gracioso. Déjenme reírme primero. ¡Jajajaja!».
A Valeria le dieron unas ganas enormes de expulsar a los tres del grupo. En lugar de eso, cambió el nombre de «Familia unida» a «Familia entrometida».
El tercero, Mateo Vidal, volvió al asunto que importaba:
«Val, es hora de que regreses al trabajo. La agenda de cirugías está llena. Acepté para ti una operación de corazón complicada. Mañana, en el Hospital San Gabriel».
Valeria respondió con un gesto de aprobación.
Al salir del chat encontró una solicitud de contacto. La abrió y se quedó mirando el nombre.
Alejandro Montenegro quería agregarla.
Era irónico. Durante tres años le había escrito todos los días desde su cuenta de esposa y él jamás había respondido. Ahora entraba en la otra y era él quien la buscaba.
Antes la había despreciado. Ahora no le sería tan fácil acercarse a ella.
Valeria tocó un botón en la pantalla…
La torre de Grupo Montenegro era uno de los edificios emblemáticos de Puerto Azul. Desde allí se controlaba la vida económica de la ciudad. Se alzaba hasta las nubes y, de noche, parecía aún más imponente.
Después de dejar a Camila en su casa, Alejandro llegó a su oficina y se sentó en el sillón de cuero negro a revisar documentos. Firmó al pie de una página con un trazo firme y enérgico. Tras él, los grandes ventanales reflejaban las luces de toda la ciudad, reducidas a un fondo para su figura.
Sonó una notificación de Conecta.
Tomó el teléfono. La antigua alumna prodigio le había respondido. Al ver la respuesta, se quedó desconcertado; después esbozó una sonrisa y soltó una breve risa desdeñosa…