Una noche que no debía ocurrir. Un secreto que dura siete años. Y dos niños dispuestos a cambiarlo todo.
Ariana lo había perdido casi todo: el cariño de su padre, su lugar en casa, su sueño de estudiar. Lo único que le quedaba era su tenacidad. Hasta que una trampa cruel la arroja a los brazos de Edgar Alcázar, el presidente del imperio empresarial más poderoso del país, un hombre tan atractivo como glacial. Al amanecer, ella huye con un secreto que jamás imaginó llevar.
Siete años después, Ariana ha rehecho su vida lejos de todo, convertida en madre de unos gemelos que no son niños comunes: Rayan y Zayan son dos pequeños genios capaces de hackear cualquier sistema... y de trazar el plan maestro para encontrar al padre que nunca conocieron.
Cuando el destino vuelve a cruzar sus caminos, Edgar no piensa dejarla ir por segunda vez. Pero entre ellos se interponen viejas heridas, un comisario que la protegió en silencio durante años y una familia dispuesta a todo con tal de arrebatarle la herencia al heredero.
¿Podrá el amor sobrevivir a siete años de mentiras y a los secretos que aún no han salido a la luz?
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Capítulo 19
A la mañana siguiente, el sol iluminó San Isidro con toda su claridad. Los gemelos, Rayan y Zayan, ya habían urdido un plan minucioso junto con Kiko y los demás compañeros de su equipo de fútbol. Antes de infiltrarse en la villa, pasaron por el local de lavandería de Ariana al salir de la escuela, justo cuando el negocio empezaba a llenarse de vecinos.
—¡Mami, esta tarde tenemos otro partido de fútbol entre pueblos! —soltó Kiko, fingiendo con cara de inocente para convencerla.
Rayan lo secundó, poniendo cara de súplica.
—Sí, mami, y parece que el partido va a ser largo; seguramente terminamos ya al caer la tarde.
Ariana, ocupada separando pilas de ropa junto a Larisa, no sospechó nada en absoluto. Al ver el entusiasmo de sus hijos, aún con el uniforme completo de la escuela, sonrió y les dio permiso.
—Bueno, está bien. Pero, Rayan, Zayan... ¡no vuelvan demasiado tarde, eh! —les recordó Ariana.
—¡Sí, mami! —respondieron los gemelos al unísono, apretando los puños de pura alegría.
En cuanto salieron del local y enfilaron hacia la calle principal, Rayan le palmeó el hombro a Kiko, lleno de agradecimiento.
—¡Gracias, Kiko, gracias a todos! Cuando termine mi misión, ¡les invito unas albóndigas de don Udín! —prometió Rayan, pura energía.
Kiko sonrió de oreja a oreja.
—¡Tranqui, Rayan! Lo que importa es que te salga bien el plan. Bueno, ¡nosotros nos vamos yendo! —dijo Kiko, y él y los demás agitaron la mano antes de dar media vuelta.
Ya separados de sus amigos, Rayan y Zayan avanzaron con paso firme hacia la villa de lujo donde se celebraba la inauguración del proyecto del resort del Grupo Alcázar. Los alrededores de la villa hervían de gente. Una hilera de autos lujosos de funcionarios e inversionistas estaba estacionada con orden, desde el interior del patio hasta desbordarse a la orilla de la calle. Y, cómo no, decenas de móviles de distintos medios de comunicación y periodistas se preparaban para cubrir el evento.
Al ver el portón de hierro apenas entreabierto, los gemelos aprovecharon el resquicio para colarse a escondidas entre la multitud de invitados que se saludaban entre sí.
Zayan levantó la cabeza, los ojos chispeantes ante el ir y venir de gente de traje impecable y los destellos de las cámaras de los periodistas por todas partes.
—Uy... ¡cuánta gente! ¡Qué impresionantes son los eventos de los ricos, hasta traen periodistas y todo! —exclamó Zayan, boquiabierto de asombro.
Rayan le tiró suavemente de la manga del uniforme a su hermano, la mirada afilada barriendo los alrededores del escenario de la inauguración.
—Chist, Zayan, ¡no te distraigas! Concéntrate en buscar al hombre de la foto de ayer. ¡Hoy tenemos que encontrarnos cara a cara con Edgar Alcázar!
Rayan y Zayan siguieron escabulléndose entre la muchedumbre de invitados de traje y los periodistas que apuntaban con sus cámaras. La estatura menuda de los gemelos hacía que su presencia pasara casi inadvertida para los guardias de seguridad apostados alrededor del escenario.
Poco después, el maestro de ceremonias hizo retumbar su voz por el micrófono, dando la bienvenida a la figura principal del acto.
—Damas y caballeros, ¡demos la bienvenida al presidente ejecutivo del Grupo Alcázar, el señor Edgar Alcázar!
Un aplauso atronador estalló al instante. Edgar avanzó con paso firme hacia el podio, con un traje negro que le daba un aire imponente y lleno de autoridad. A un costado del escenario, don Fernando esperaba sentado en su silla de ruedas, con el rostro radiante de orgullo, acompañado por Daniel y Bruno.
Los ojos de Rayan y de Zayan quedaron clavados al instante en la figura del hombre sobre el escenario.
—Oye... ¡mira! —susurró Zayan, dándole un codazo a Rayan—. Ese hombre... ¡su cara es idéntica a la de la foto que vimos en la computadora del tío Ramiro!
Rayan tragó saliva; el corazón le latía con fuerza.
—Sí, Zayan. Es él... Edgar Alcázar.
Tras pronunciar un breve discurso y cortar la cinta de manera simbólica, Edgar quedó rodeado por una decena de periodistas que le disparaban toda clase de preguntas sobre negocios. Cuando la ronda de entrevistas amainó, Edgar se acercó a don Fernando para acompañar a su padre hacia el jardín de la villa, un lugar más tranquilo.
Al ver el hueco, Rayan se armó de valor.
—Zayan, ahora es el momento. ¡Sígueme!
Los gemelos se abrieron paso entre las filas de invitados y cruzaron a paso rápido el césped del jardín.
—¡Señor Edgar Alcázar! —gritó Rayan, con todo su valor.
Edgar se detuvo en seco. La voz aguda del niño lo hizo darse vuelta. Y otro tanto hicieron don Fernando, Bruno y Daniel, que voltearon de inmediato.
Edgar entornó los ojos, contemplando a los dos niños de uniforme de primaria que estaban firmes frente a él. A medida que la distancia se acortaba, Edgar quedó congelado. La mirada, la forma de las cejas, hasta la estructura de la mandíbula de aquellos dos niños eran un espejo de sí mismo cuando era pequeño.
—Edgar... ¡estos son los dos gemelos de los que te hablé ayer! —susurró don Fernando, entusiasmado, con la voz temblorosa.
Bruno, parado detrás de Edgar, se sobresaltó de pronto. Observó el rostro de los gemelos y abrió los ojos de par en par.
—Señor Edgar... sus caras... y espere un momento, ¿por qué siento que no me es ajeno lo que transmiten?
Edgar se arrodilló para ponerse a la altura de los gemelos. Por primera vez en años, el corazón de aquel frío empresario latía sin control.
—¿Cómo se llaman, niños? —preguntó Edgar con voz baja y ronca, clavando la mirada en los dos pares de ojos redondos de Rayan y Zayan.
Rayan alzó la cabeza y contempló al hombre que hasta entonces solo había existido en su imaginación y en la pantalla de una computadora.
—Me llamo Rayan, y este es mi hermano Zayan.
—Rayan... Zayan... —murmuró Edgar, deletreando aquellos nombres. Con la mano temblorosa, extendió el brazo despacio, buscando rozar el hombro de Rayan—. ¿Cómo se llama la mamá de ustedes?
Zayan, incapaz de seguir aguantando la curiosidad, dio un paso al frente.
—Nuestra mamá se llama Azucena... ¡pero el tío Ramiro siempre le dice Ariana!
El corazón de Edgar dio un vuelco.
La palabra "Ariana", salida de los labios inocentes de Zayan, le golpeó la conciencia como un rayo en pleno mediodía. A Edgar se le abrieron los ojos como platos; se le cortó la respiración de golpe. Bruno, al oír ese nombre, se tapó la boca, incrédulo.
—¿A... Ariana? —susurró Edgar, y de repente se le anegaron los ojos de lágrimas. Aquel hombre fornido ya no pudo contener el torrente de emoción que le desbordaba el pecho—. Ariana Rivas... ustedes... ¿ustedes son hijos de Ariana?
—¿Es usted el hombre que hace cinco años publicó en las redes buscando a mami? —preguntó Rayan con firmeza, mirando a Edgar sin ningún temor—. ¿Es usted... nuestro padre?
Edgar ya no fue capaz de articular palabra. Estrechó de inmediato a Rayan y a Zayan en un abrazo, apretando con ternura los pequeños cuerpos de sus dos hijos mientras el llanto que tanto había contenido estallaba al fin. Siete años de una búsqueda llena de desesperación, culpa y añoranza quedaban saldados por completo en aquel lugar.
—Sí, niños... ¡Soy su padre! Perdónenme... Perdonen a su papá por haberlos encontrado recién ahora... —sollozaba Edgar sobre los pequeños hombros de los gemelos.
Don Fernando, testigo de la escena, se cubrió el rostro empapado de lágrimas de emoción.
—Mis nietos... ¡son de verdad mis nietos! —lloraba el abuelo, lleno de gratitud.
Dentro de aquel abrazo cálido que jamás habían sentido antes, Rayan y Zayan por fin se miraron. La respuesta al gran enigma de sus vidas había quedado al descubierto por completo bajo el cielo de San Isidro.
Continuará...