Santiago Reyes tiene veinte años, estudia literatura en la UNAM y no le debe nada a nadie. Hasta que León Villanueva —CEO de uno de los grupos empresariales más poderosos de México— decide que Santiago le pertenece.
Lo que comienza como una seducción imposible de rechazar se transforma en una pesadilla: una mansión cerrada con llave, cámaras en cada esquina y un hombre que dice "te amo" mientras le quita la libertad.
Santiago intenta escapar. Una vez. Dos. Tres. Cuatro. Cinco.
Cada intento fracasa. Cada castigo es peor que el anterior. Pero Santiago no se rinde.
Hasta que un día, León abre la puerta.
Y Santiago descubre que lo más aterrador no es estar encerrado con un monstruo.
Es darse cuenta de que el monstruo ha aprendido a amarte de verdad.
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Capítulo 11
Capítulo 11: Las cadenas
Y esta vez León no lo llevó hacia la habitación.
Lo llevó por el pasillo lateral, pasando la cocina, la lavandería y una puerta estrecha que Santiago no había visto antes porque siempre estaba cerrada. Don Tomás iba delante con un manojo de llaves. No miraba atrás.
—Don Tomás —dijo Santiago.
El mayordomo se detuvo apenas.
—No lo haga.
La mano de Don Tomás tembló sobre la llave.
León apretó los dedos alrededor del brazo de Santiago.
—Abra.
Don Tomás abrió.
Detrás de la puerta había una escalera descendente, angosta, con paredes de cemento y una luz amarilla que parpadeaba al fondo. El aire que subió desde abajo era frío y húmedo. Olía a encierro antiguo, a polvo mojado, a cosas guardadas demasiado tiempo.
Santiago retrocedió por instinto.
—No.
León no se movió.
—Solo unos días.
—No.
—Hasta que entiendas.
Santiago soltó una risa rota.
—¿Que entienda qué? ¿Que puedes hacer conmigo lo que quieras?
—Que afuera te pones en peligro.
—¡Tú eres el peligro!
El grito golpeó las paredes del pasillo. Don Tomás cerró los ojos un segundo.
León no gritó. Eso fue peor.
—Baja.
Santiago intentó soltarse.
Esta vez León no fingió suavidad. Lo sujetó con fuerza suficiente para impedirle moverse y lo empujó hacia el primer escalón. Santiago se agarró del marco de la puerta con la mano vendada; el dolor le estalló en la palma, pero no soltó.
—¡No!
—Santiago.
—¡No voy a bajar!
León le quitó los dedos del marco uno por uno.
Don Tomás dio un paso, como si quisiera intervenir, pero se quedó en el mismo lugar.
Ese pequeño movimiento detenido fue lo último que Santiago vio antes de que León lo obligara a bajar.
Cada escalón sonó demasiado fuerte. El tobillo le dolía, pero el miedo era más grande. Abajo había una habitación amplia, con suelo de cemento, estantes cubiertos por sábanas grises, cajas viejas y una cama individual colocada contra una pared. No era una mazmorra de película. Era peor por lo normal: un sótano doméstico, limpio a medias, preparado para que alguien pudiera sobrevivir ahí sin poder llamarlo vida.
En una esquina había una cadena.
Santiago dejó de respirar.
No era una metáfora.
Una cadena de metal, gruesa, unida a una argolla fijada en la pared. Al extremo, una esposa acolchada para el tobillo. Nueva. Comprada. Pensada.
Santiago miró a León como si lo viera por primera vez.
—Planeaste esto.
León no respondió.
—Lo planeaste —repitió, y la voz le salió casi sin sonido.
—No quería usarlo.
—Pero lo tenías.
La verdad llenó el espacio entre los dos.
León bajó la mirada un segundo.
—Si no hubieras escapado...
Santiago le escupió en la cara.
No fue elegante. No fue calculado. Fue lo único que le quedó cuando el cuerpo ya no encontraba salida.
León cerró los ojos.
Don Tomás aspiró aire desde la escalera.
Durante un segundo, Santiago pensó que León iba a golpearlo.
No lo hizo.
Se limpió lentamente con el dorso de la mano y, cuando volvió a abrir los ojos, la rabia estaba tan controlada que daba más miedo.
—Siéntate.
—No.
León lo empujó hacia la cama.
Santiago forcejeó. Golpeó su hombro, le clavó las uñas en la muñeca, intentó zafarse con el tobillo sano. León aguantó todo sin soltarlo. Al final, el cuerpo de Santiago chocó contra el colchón y la cadena sonó al levantarse del suelo.
Ese sonido se le metió en la cabeza.
Metal contra cemento.
No iba a olvidarlo nunca.
—No —dijo, y por primera vez la palabra salió pequeña—. León, no.
León se arrodilló frente a él.
—No quería llegar a esto.
—Entonces no lo hagas.
Las manos de León se detuvieron sobre la esposa acolchada.
Santiago vio la lucha en su cara. La vio y, por un segundo miserable, creyó que podía ganar.
—Por favor —dijo.
León levantó la vista.
Santiago no supo cuál de los dos estaba más destruido.
—Por favor, no me hagas esto.
León cerró los ojos.
—Es por tu bien.
La esposa se cerró alrededor de su tobillo derecho.
El clic fue suave.
Santiago se quedó inmóvil.
No porque aceptara.
Porque el cuerpo, a veces, entendía el horror y se apagaba para no romperse de golpe.
León ajustó la cadena para que pudiera llegar a la cama, a una mesa pequeña y a un baño diminuto separado por una puerta sin seguro. No podía llegar a las escaleras.
Había pensado en la distancia exacta.
Santiago sintió náuseas.
Don Tomás bajó con una cobija y una jarra de agua. La dejó sobre la mesa sin mirar directamente la cadena.
—Retírese —dijo León.
—Señor...
—Ahora.
Don Tomás se fue.
Cuando la puerta de arriba se cerró, el sótano pareció perder tamaño.
León se quedó de pie frente a Santiago.
—No voy a dejarte aquí sin comida. Ni sin luz. Ni sin atención médica.
Santiago soltó una risa sin fuerza.
—Qué alivio. Mi secuestrador tiene modales.
—No digas eso.
—¿Secuestrador?
León apretó la mandíbula.
—Te amo.
Santiago lo miró con los ojos secos.
—Eso no es amor.
La frase lo golpeó. Se notó. Pero no abrió la cadena. No subió las escaleras a buscar la llave. No hizo lo único que podía convertir el arrepentimiento en algo real.
—Voy a volver en la noche.
—No vuelvas.
León esperó, como si quisiera escuchar otra cosa. Santiago no se la dio.
Subió.
La puerta se cerró.
La cerradura giró.
Después vino el silencio.
Al principio Santiago no se movió. Se quedó sentado en la cama, mirando la cadena que salía de su tobillo y se perdía hasta la pared. La tocó con dos dedos, como si al sentirla pudiera demostrar que no era real.
Estaba fría.
Pesada.
Real.
Entonces el cuerpo regresó.
Tiró de la cadena una vez. Luego otra. Luego otra más, hasta que la piel alrededor del tobillo empezó a arder. La argolla de la pared no cedió. El sonido del metal llenó el sótano, rebotó en las cajas, volvió a él como una burla.
—¡León!
Nadie respondió.
—¡Don Tomás!
Nada.
Santiago buscó algo que sirviera para forzar la argolla. Revisó debajo de la cama, abrió la mesa pequeña, metió los dedos entre las cajas cubiertas con sábanas. Encontró una cuchara de metal junto a la charola vacía de algún uso anterior y la clavó contra los tornillos de la pared hasta doblarla. El borde le cortó un dedo. La argolla ni siquiera se movió.
Entonces midió la cadena con pasos. Siete hasta la mesa. Cuatro hasta la cama. Dos más si estiraba el cuerpo hacia el baño. La escalera quedaba a un metro y medio de su alcance.
Un metro y medio podía ser un país entero.
Santiago agarró la jarra de agua y la lanzó contra la pared. El plástico golpeó y cayó sin romperse. Ni siquiera tuvo la satisfacción de un estruendo.
Se llevó las manos a la cara.
No lloró al principio.
Respiró rápido. Demasiado rápido. El sótano no tenía ventanas. La luz amarilla hacía que todo pareciera más bajo, más cerrado. El aire húmedo se le pegó a la garganta. Intentó contar como hacía antes de los exámenes, una técnica tonta para calmarse.
Uno.
Dos.
Tres.
La cadena se movió cuando tembló su pierna.
Metal contra cemento.
Perdió la cuenta.
Cuando León volvió, ya era de noche o al menos eso supuso Santiago, porque no había forma de saberlo. Bajó con una charola: caldo, pan, fruta, un vaso con medicamento. Traía otra camisa, el cabello húmedo y una expresión cansada.
Como si el día hubiera sido difícil para él.
Santiago no levantó la cabeza.
—Tienes que comer.
—Vete.
—No has comido desde la mañana.
—Vete.
León dejó la charola en la mesa y se agachó junto a la cadena.
Santiago se apartó hasta donde el metal le permitió.
—No me toques.
—Necesito revisar el tobillo.
—No me importa.
—A mí sí.
Esa frase ya no tenía ningún efecto. La había gastado. La había convertido en otra cerradura.
León revisó la piel alrededor de la esposa sin abrirla. Sus dedos fueron cuidadosos, casi reverentes. Santiago miró la pared y mordió por dentro su mejilla hasta sentir sabor a sangre.
—Está irritado —dijo León—. Voy a poner más acolchado.
—Ábrela.
—No puedo.
—Sí puedes.
León se quedó callado.
—No quieres —corrigió Santiago.
León sacó una venda suave del bolsillo y la colocó entre el metal y la piel. Luego empujó la charola hacia él.
—Come un poco.
—¿Qué vas a hacer si no? ¿Encadenarme?
El rostro de León se quebró.
Por un instante pareció el hombre del restaurante, el de las manos quietas y la voz baja. Pero el hombre del restaurante nunca había existido completo. Había sido una puerta bonita hacia este sótano.
—No sé cómo amarte sin tener miedo —dijo León.
Santiago lo miró entonces.
—Entonces no me ames.
León bajó la vista.
No dijo nada más.
Subió de nuevo.
La puerta volvió a cerrarse.
Santiago no tocó la comida.
Pasaron horas. O minutos. El sótano no tenía reloj, y el celular ya no estaba con él. La luz amarilla zumbaba sobre su cabeza. El aire se volvía más frío si se acostaba en la cama, más húmedo si se quedaba sentado en el suelo.
Intentó dormir y despertó con un tirón de la cadena porque su cuerpo quiso girarse.
Intentó caminar y llegó hasta el límite exacto que León había calculado para él.
Intentó recordar la voz de Diego y, por primera vez, le dio miedo olvidarla antes de salir.
Cuando la luz empezó a dolerle en los ojos, Santiago ya no sabía si era de noche, mañana o el mismo minuto repitiéndose.
Se abrazó las rodillas, con la cadena pesada sobre el suelo, y apoyó la frente contra el brazo.
No sabía cuánto tiempo llevaba ahí.
No sabía cuánto más podía aguantar.