Clara Robles murió la noche en que dio a luz.
El Alpha Adrián De la Vega, el hombre que juró amarla, le arrebató a su cachorro para salvar a Valeria, la falsa hija del linaje Robles. Antes de cerrar los ojos, Clara descubrió la verdad: ella era la verdadera hija de Luna Elena, la heredera de sangre que todos habían dejado sufrir.
Pero la Diosa Luna le dio otra oportunidad.
Al despertar años antes de su tragedia, Clara ya no quiere amor, promesas ni un segundo vínculo impuesto. Quiere salvar a su madre, recuperar su lugar y hacer pagar a Valeria, Mireya y Adrián por todo lo que le quitaron.
Lo que no esperaba era cruzarse con Gael De la Vega, el temido Alpha del Umbral: frío, peligroso, marcado por una maldición de sangre... y unido a ella por un antiguo pacto de luna.
Adrián quiere recuperarla.
Valeria quiere robarle el destino otra vez.
Pero esta vez Clara no será la loba sacrificada.
Esta vez será la Luna que todos debieron temer.
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Capítulo 11
Capítulo 11
Gael entró por la ventana como si no hubiera muros en el mundo.
—¿Cómo descubre una lobita sin entrenamiento a un hombre en su habitación?
Clara levantó una ceja.
—Aparte de usted, nadie más se mete por ventanas ajenas. —Luego se tensó—. ¿Le pasó algo a mamá Elena?
—No. Te convendría preocuparte por ti.
—¿Por mí? ¿Otra vez quiere matarme?
Clara se atrevía a decirlo porque ya entendía algo: ese hombre y Elena tenían una relación profunda. Mientras Clara no dañara a Elena, Gael no tenía razón para matarla.
Gael tomó el tazón que Celia había dejado.
—¿Lo bebiste?
Clara no contestó.
Él olió el líquido y sus ojos se oscurecieron.
—Tiene droga. Samuel Solís fue metido al patio de Mireya.
La rabia de Gael no explotó. Se cerró. Más peligrosa así. Su lobo empujó contra sus costillas, reconociendo una trampa de apareamiento forzado.
Clara cerró los dedos.
Así que era eso.
Mireya seguía usando la misma maldad, solo con otro nombre.
—Gracias.
Gael cruzó los brazos.
—¿Esperas que yo te quite el efecto?
Clara soltó una risa breve.
—Se imagina demasiado. No lo bebí. Lo tiré.
Señaló la maceta.
Gael miró la tierra húmeda.
La había subestimado.
Sus ojos pasaron al escritorio.
La pintura estaba a medio terminar.
Gael se quedó inmóvil.
Avanzó despacio y tocó el borde del papel.
—Ella...
Clara se apresuró a enrollar la pintura, pero vio su expresión y se detuvo.
—¿La conoce?
Gael tardó en responder.
—¿Una Luna de De la Vega?
—La madre del Alpha Gael. No sé quién es usted exactamente, pero espero que guarde el secreto.
Gael la miró.
Clara de verdad no sabía que él estaba frente a ella.
—Le falta algo —dijo.
—¿Qué?
—Le gustaba llevar una media luna plateada junto a la sien.
Clara tomó el pincel, lista para añadir el detalle.
Entonces escuchó pasos afuera.
Y una voz que le revolvió el estómago.
Samuel.
Clara apagó la vela, tomó la pintura contra el pecho y susurró:
—Vámonos.
Salió por la ventana con Rosa, guiada por Gael.
Él miró la forma en que Clara protegía el lienzo.
—¿Esa mujer es importante para ti?
Clara asintió después de un momento.
—De alguna forma.
Gael recordó el papel que le dejó: Pintura.
Pidió una cosa y ella pintó a su madre.
—Tienes buen gusto.
—Claro que sí. Mamá Elena habla de ella como si hubiera sido una mujer dulce, casi de otro mundo. Mientras la pintaba pensé que me habría gustado conocerla.
Gael bajó la mirada.
Demasiado tarde para eso.
Rosa apareció detrás de unos arbustos. Clara le hizo una seña.
—Silencio. Hay función.
Samuel Solís entró encorvado a la habitación.
—Prima... ¿por qué está oscuro? ¿Me esperabas?
Nadie respondió.
La cama tenía un bulto bajo la cobija.
—Ya llegué.
Se lanzó encima.
Cayó sobre almohadas.
En ese momento la puerta se abrió.
Alguien entró dando tumbos.
—Me duele la cabeza... parece que me golpearon.
Samuel se acercó y le tomó la muñeca.
—Prima, hueles rico.
La mujer se sacudió.
—¡No soy su prima! Se equivoca. Soy Celia, la asistente de su tía.
—No me vengas con mi tía. Ella me adora. Si me deja tocar a su hija, ¿qué no va a dejar con una sirvienta?
La sombra de ambos se mezcló en la ventana.
Rosa se llevó una mano a la boca.
—Mi niña, querían destruirla.
Clara miró sin parpadear.
En una casa como Robles, la reputación de una mujer era una cuerda al cuello. Mireya había planeado cerrarla con sus propias manos.
—¿Usted puso a Celia ahí? —preguntó Clara a Gael.
Gael seguía pensando en lo que ella dijo antes: “cuando era pequeña no sabía la verdad”.
¿Qué verdad?
—Cada quien cosecha lo suyo.
Mireya apareció con una lámpara de aceite marcada con una luna.
Al oír los sonidos dentro, sonrió.
—¿Dónde se metió Celia? Inútil.
Luego fingió alarma.
—Rodeen el patio. Avisen al Alpha Rodrigo.
Rosa apretó el brazo de Clara.
—Voy por mamá Elena.
—No. Rodrigo favorece a Mireya y yo estoy bien. Si mamá Elena viene ahora, solo se enfermará de coraje.
—¿Entonces soportamos esto?
Rosa tenía los ojos llenos de rabia.
—Si intentan tocarla, me mato contra la pared.
Cuando Clara giró, Gael ya no estaba.
—Rosa, yo daré una vuelta y volveré. Tú ve al frente.
Rosa respiró hondo y corrió hacia el patio.
Mireya la detuvo.
—¿A dónde vas, mocosa?
—A servir a mi niña.
La voz de Rosa estaba tan fría que Mireya sintió un escalofrío.
—No entras. Quédate ahí.
Gael salió del territorio Robles sin ser visto.
Se quitó la ropa negra y se la arrojó a César.
—Toca la puerta.
César se quedó perplejo.
Pero obedeció.
—¿Quién es? —preguntaron desde dentro.
—Gael De la Vega.
La entrada principal se abrió en minutos.
Rodrigo llegó con el rostro compuesto y el corazón en la garganta.
—Alpha Gael, qué honor. ¿A qué debemos su visita a estas horas?
Gael habló con calma.
—Paseaba por la Ciudad de Obsidiana y vi una sombra entrar en su casa. Vine a avisarle. Debería cuidar mejor su seguridad.
Rodrigo no supo qué hacer con esa explicación.
¿Paseaba?
¿A medianoche?
—Gracias por la advertencia.
Un sirviente llegó del patio de Mireya con la cara marcada por una bofetada.
Elena apareció poco después, alarmada.
—Gael, ¿qué pasó? ¿Clara está bien?
Gael notó la urgencia en su voz.
Elena se preocupaba mucho por Clara.
Demasiado para alguien a quien apenas había acercado.
Eso le molestó de una forma extraña.
No debía alterarse.
Elena acababa de darle sangre.
Rodrigo intervino.
—También acabo de recibir aviso. Hay un asunto familiar.
—Si puede haber un intruso cerca de Elena, iré —dijo Gael.
Rodrigo no se atrevió a negarse.
—Por supuesto.
El patio de Mireya estaba rodeado de sirvientes.
Elena entró rápido.
—Rosa, ¿por qué lloras? ¿Dónde está Clara?
Rosa se arrodilló.
—No... no sé. Mireya no me dejó entrar a servirla.
Elena miró a Mireya.
—¿Otra vez quieres que te encierre ante el altar lunar? Esta vez nadie podrá sacarte.
Mireya se cubrió el rostro.
—Luna, escuche. Lo que hay dentro... yo no quiero decirlo.
Elena palideció.
De la habitación salían gemidos.
Un hombre.
Una mujer.
—No —susurró Elena—. Clara no.
Rodrigo se puso furioso.
—Saquen a esos dos. A golpes si hace falta.
Los sirvientes irrumpieron con palos.
Arrastraron a Samuel y a una mujer cubierta con ropa rota.
Samuel levantó la cara.
—Tío Rodrigo, no pegue. Soy yo.
Rodrigo casi se ahoga de rabia.
—¡Animal! ¿Te atreves a entrar a mi casa?
Tomó un palo y le golpeó la espalda.
Mireya quiso correr hacia su sobrino, pero recordó a Gael y se contuvo.
Rodrigo miró a la mujer encogida.
—Clara, maldita seas. Hace días te negabas a casarte con un inútil y ahora te revuelcas...
Le dio una patada en el hombro.
—Te vas de esta manada.
Mireya se arrodilló y abrazó la pierna de Rodrigo.
—Castígueme a mí. Yo no supe criarla.
Rodrigo le dio una bofetada.
La mano le tembló después.
Le hizo una señal con los ojos: Gael estaba mirando.
—Me decepcionas.
La mujer en el suelo no levantaba la cabeza.
Gael habló:
—Que mire hacia arriba.
Su voz bajó apenas, pero los guardias sintieron la orden como garra en la nuca.
Ella murmuró algo incomprensible.
Samuel soltó una risa vulgar.
—Alpha Gael, está tímida. Todavía no se casa y ya la dejé medio muerta.
Mireya se movió para cubrirla.
—Clara es una niña. Ya pasó. Rodrigo, por mi honor, cásela con Samuel.
—Acepto —dijo Rodrigo, avergonzado.
Gael aplaudió despacio.
El sonido hizo que todos callaran.
—Interesante.
Rodrigo apretó la mandíbula.
—No se burle, Alpha.
—Yo no. Solo temo que alguien haya engañado incluso al Alpha Rodrigo. Eso sí sería una burla mayor.
—¿Qué quiere decir?
Una voz clara llegó desde la entrada.
—Padre, mamá Elena, ¿me buscaban?
Clara apareció con el cabello ordenado y los ojos limpios.
Elena corrió hacia ella.
—No eras tú. Gracias a la Diosa Luna.
Clara fingió confusión.
—¿Qué pasó?
Elena señaló a la mujer en el suelo.
—Alguien quiso ensuciar tu nombre.
La mujer tembló y levantó la cara.
—¿Celia? —Clara dio un paso atrás, horrorizada—. ¿Usted y Samuel?
Samuel se quedó blanco.
—Tú no eres Clara. ¿Quién estaba conmigo?
Celia lloraba en silencio.
Samuel recordó algo y empezó a limpiarse la boca con asco.
—No. No, no...
Mireya quiso ayudarlo, pero él la empujó.
Gael volvió a aplaudir una vez.
—De verdad, divertido.
Rodrigo respiraba con dificultad.
—Alpha Gael, esto es una vergüenza.
Gael se acercó a Elena.
—Tía Elena, si alguien vuelve a hacerle daño, avíseme. Traigo gente y limpio esta manada completa.
Elena sonrió con cansancio.
—Vete a descansar, Gael.
Antes de irse, él miró a Clara y a Elena juntas.
—Se parecen mucho.
No era solo el rostro. Era algo en la sangre. Algo que su lobo percibió antes que su razón.
La noche no dejaba ver todos los detalles, pero Gael no podía quitarse esa idea de la cabeza.
Elena y Rodrigo
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CAÍDA, es cuando "se queda con una mano adelante y otra atrás", "chiflando en la loma" sin perro que le ladre, junto con su madre e hija.🤷♀️🧐😈😈😈😈