Atenea Moretti siempre ha sido la joya más protegida de la familia Moretti. Su heterocromía la hace imposible de olvidar, y para su padre, uno de los hombres más poderosos de la mafia, ella es lo único que queda de la mujer que amó. Ocho años después de la muerte de su madre, una nueva familia entra en sus vidas. Una madrastra, dos hermanastros que cambiarán su mundo para siempre. Mientras Atenea intenta adaptarse a su nueva realidad, descubre que la muerte de su madre no fue un accidente. Entre secretos, traiciones y luchas de poder, deberá encontrar la verdad antes de que esta la destruya. Porque en la mafia, la sangre es poder. Y algunos secretos están dispuestos a matar para permanecer enterrados.
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La caja olvidada
Atenea observó la pequeña caja de madera durante varios segundos.
Era antigua.
Muy antigua.
La superficie estaba cubierta de polvo.
Como si hubiera permanecido años sin que nadie la tocara.
Miró alrededor.
El establo estaba vacío.
Solo se escuchaban los suaves resoplidos de los caballos.
—No debería hacerlo.
La curiosidad respondió inmediatamente.
—Voy a hacerlo.
Y abrió el broche.
Dentro había varias cosas.
Papeles doblados.
Un pequeño pañuelo bordado.
Y una fotografía.
Atenea tomó la imagen.
Su respiración se detuvo.
Era su madre.
Mucho más joven.
Sonriendo.
Sentada exactamente en aquel mismo establo.
Atenea sintió una punzada en el pecho.
Había fotografías de su madre por toda la mansión.
Pero aquella era diferente.
Más personal.
Más real.
Como si hubiera capturado un momento privado.
Con cuidado pasó el dedo por el borde de la imagen.
—Mamá…
Debajo encontró una libreta pequeña.
Gastada por el tiempo.
Reconoció la letra inmediatamente.
Había visto cartas antiguas.
Notas.
Dedicatorias.
Era la escritura de su madre.
Las manos comenzaron a temblarle.
Abrió la primera página.
“Si estás leyendo esto, probablemente volviste a esconderte en los establos, Alessandro.”
Atenea soltó una pequeña risa.
Incluso escrita, su madre parecía viva.
Continuó leyendo.
“Juras que nadie te encuentra aquí, pero eres terrible escondiéndote.”
Otra sonrisa.
Y luego otra página.
Y otra.
La libreta estaba llena de recuerdos.
Pequeñas historias.
Momentos cotidianos.
Anécdotas familiares.
Nada importante.
Y precisamente por eso resultaban tan valiosas.
Una hora después seguía sentada en el mismo lugar.
Leyendo.
Sonriendo.
Llorando un poco.
Sonriendo otra vez.
Hasta que una frase llamó su atención.
“Hoy discutí con Alessandro porque insiste en que soy demasiado curiosa.”
Atenea levantó una ceja.
Eso sonaba familiar.
“Dice que hacer preguntas en ciertos negocios es peligroso.”
La sonrisa desapareció.
Continuó leyendo.
“Quizás tenga razón. Últimamente algunas cosas no tienen sentido.”
Atenea se enderezó.
Ahora sí estaba prestando atención.
“Si algo me ocurre, espero estar equivocada.”
El corazón le dio un vuelco.
La siguiente página estaba arrancada.
Y la siguiente también.
Y la siguiente.
Varias hojas habían desaparecido.
—¿Qué…?
Atenea revisó la libreta rápidamente.
Alguien había quitado páginas enteras.
No una.
Ni dos.
Muchas.
Precisamente después de aquella anotación.
Sintió un escalofrío.
Porque aquello no parecía una coincidencia.
—Atenea.
La voz la hizo sobresaltarse.
Levantó la cabeza.
Adrián estaba en la entrada del establo.
Ella se llevó una mano al pecho.
—¡Dios mío!
—Lo siento.
—Casi me matas del susto.
—Lo tendré en cuenta.
Atenea respiró profundamente.
—¿Qué haces aquí?
—Te estaba buscando.
Mamá quería saber si habías almorzado.
—¿Y?
—Claramente no.
—Ups.
Por primera vez Adrián pareció divertido.
Luego su mirada descendió hacia la caja.
Y la libreta.
—¿Qué encontraste?
Atenea dudó.
Pero algo le decía que podía confiar en él.
Al menos un poco.
Le mostró la fotografía.
Y luego la libreta.
Adrián la observó en silencio.
Cada vez más serio.
Hasta que llegó a la página arrancada.
—Esto es raro.
—¿Verdad?
Él asintió.
—Muy raro.
Durante unos segundos ninguno habló.
Ambos observaban aquellas hojas faltantes.
Como si escondieran algo importante.
Algo peligroso.
Finalmente Adrián levantó la vista.
—¿Tu padre sabe que esto existe?
—No lo sé.
—¿Y Bianca?
—Tampoco.
Adrián permaneció pensativo.
—Tal vez deberías guardar esto por ahora.
—¿Por qué?
—Porque no sabemos quién arrancó esas páginas.
Atenea sintió un nuevo escalofrío.
Porque tenía razón.
Nunca había pensado en eso.
Alguien había encontrado aquella libreta antes que ella.
Y había decidido eliminar parte de su contenido.
La pregunta era…
¿Por qué?
Y más importante aún…
¿Qué decía en aquellas páginas desaparecidas?