En el oscuro y despiadado submundo de Chicago, la dinastía criminal de los Rossi-Richi gobierna las calles con mano de hierro a través de la Santísima Trinidad: los jóvenes herederos Camilo, Franco y Elena.
Sin embargo, el tranquilo equilibrio familiar tambalea cuando Camilo, el gélido estratega del imperio, se obsesiona con Isabella Vance, una brillante restauradora de arte a quien secuestra en Nueva York tras borrar su identidad del mapa. Confinada en la mansión familiar, la profunda depresión inicial de Isabella da paso a una fría madurez. Tras comprender que la piedad no existe entre sus captores, Isabella comienza a utilizar la asfixiante fijación de Camilo a su favor para volverse indispensable en los negocios financieros.
En medio de guerras territoriales, peligrosas rebeliones y los feroces celos de Elena por mantener su lugar sagrado en el clan, se desata un letal juego de ajedrez donde la supervivencia depende de manipular la obsesión.
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Capitulo 11
El silencio que siguió a las palabras de Caroline Rossi se instaló en el jardín como una losa de cemento. Isabella se quedó mirando sus propias manos, que descansaban inertes sobre su regazo, asimilando la cruda realidad que la madre de su captor le acababa de poner delante. En esa fortaleza de piedra no había espacio para los rescates milagrosos ni para la compasión. La advertencia de la matriarca había sido clara: o encontraba la forma de mantenerse a flote usando la fijación de Camilo como un escudo, o el engranaje de la familia (Marco) la aplastaría sin el menor remordimiento para proteger el apellido
Caroline se levantó del banco de piedra con la misma tranquilidad con la que se había sentado, alisando los pliegues de su abrigo oscuro sin prisa. Miró una última vez a la joven antes de dar la vuelta
— Piensa en lo que te dije, Isabella. En esta casa, la debilidad se paga muy cara. Los guardias te llevarán de vuelta a tu habitación en cuanto termines de respirar este aire
Isabella no se movió del banco hasta que dos hombres de seguridad se acercaron de manera respetuosa pero firme, indicándole con un gesto que el tiempo de patio había terminado
El regreso al ala este fue un camino de sombras. Al entrar de nuevo en su dormitorio, la oscuridad la recibió como una vieja conocida, pero esta vez, algo en su interior había cambiado. La conversación con Caroline había encendido una chispa de instinto de supervivencia primario en medio de la densa niebla de su depresión.
Mientras tanto, en el despacho principal de la planta baja, la atmósfera estaba cargada de una tensión puramente varonil y de negocios. Marco Rossi permanecía de pie junto a su escritorio, sosteniendo los contratos de Nueva Jersey que Franco y Fabián habían estado revisando. La puerta se abrió y Camilo entró, manteniendo una postura erguida y la cabeza alta, pero mostrando el debido respeto filial al detenerse frente a su padre sin ocupar ninguno de los sillones
— Te estábamos esperando, Camilo — dijo Marco, su voz grave resonando con una autoridad que no había perdido ni un poco de fuerza con los años — Tu primo Franco y tu tío han tenido que adelantar el trabajo que tú debiste haber cerrado ayer. La gente de Nueva Jersey no quiere hablar con emisarios, quiere la firma del responsable de la familia. ¿Por qué se pospuso esa reunión dos veces?
— Había detalles de seguridad en el ala este que requerían mi supervisión directa, padre — respondió Camilo, midiendo cada palabra para no mostrar debilidad — No podemos permitir que el perímetro de la mansión tenga fisuras ahora que la Comisión está buscando cualquier excusa para debilitarnos
Fabián dejó escapar una risa corta y seca desde el rincón donde se encontraba sirviendo un trago
— No nos mientas a tu padre y a mí, muchacho. Los hombres del perímetro saben perfectamente cuándo una orden es por seguridad y cuándo es por el capricho de cuidar a una civil que no quiere comer. Estás descuidando los muelles del este por una mujer que trajiste a la fuerza de Nueva York. Tu padre y yo te entregamos el manejo de las calles porque demostraste tener la cabeza fría en Francia, pero si vas a empezar a actuar como un adolescente enamorado, las cosas van a cambiar muy rápido en esta oficina
Camilo sintió que la mandíbula se le tensaba, pero mantuvo la mirada fija en el escritorio de su padre, reconociendo la jerarquía
— Les aseguro que los negocios no han sufrido ningún retraso significativo. La galería de Chelsea ya está bajo nuestro nombre y los ingresos de Brooklyn están asegurados. Isabella es un asunto privado que estoy manejando personalmente y no afectará el legado
Marco caminó hacia su hijo, deteniéndose a un par de pasos, su presencia inmensa obligando a Camilo a sostenerle la mirada
— Nada en esta casa es un asunto privado si afecta la concentración del estratega de la organización, Camilo. Tu palabra es la ley allá afuera porque yo lo permito, pero el apellido Rossi se respeta por encima de tus deseos personales. Vas a firmar estos papeles de Nueva Jersey ahora mismo y mañana vas a viajar tú mismo a cerrar el trato en el puerto. Si a tu regreso esa chica sigue siendo un estorbo que te quita el sueño, yo mismo me encargaré de que desaparezca de esta propiedad de una manera definitiva. ¿Quedó claro?
— Absolutamente claro, padre — respondió Camilo, tomando la pluma estilográfica que Marco le extendía y estampando su firma en los documentos con un trazo rápido y firme — Mañana estaré en Nueva Jersey antes del mediodía y el trato quedará cerrado bajo nuestras condiciones
— Así me gusta — sentenció Marco, tomando los papeles y dándoselos a Fabián — Puedes retirarte. Ve a preparar el viaje de mañana y asegúrate de que Franco tenga listos los hombres para el traslado
Camilo dio un paso atrás, hizo una leve inclinación de cabeza y salió del despacho con el rostro serio, sintiendo por primera vez el peso real de la corona que llevaba sobre la cabeza. Su padre seguía siendo el jefe original y su palabra era una frontera que no podía cruzar sin arriesgarse a perder todo lo que había ganado
En el pasillo principal se cruzó con Elena, que venía de la sala de estar tras terminar sus obligaciones con su madre. La joven lo miró con esa fijeza cenicienta que la caracterizaba, deteniéndose un momento para hablarle en voz baja, lejos de los oídos de los guardias
— Tu padre no está jugando, Camilo — dijo Elena, cruzándose de brazos y apoyándose en la pared de madera — Mi madre y mi tía Caroline han estado hablando de la civil durante toda la mañana. Si dejas que esa mujer te debilite frente a los hombres del puerto, no solo vas a perder el control de Nueva Jersey, sino que vas a obligar a los fundadores a intervenir. Y ya sabes que cuando mi padre Fabián entra en acción, las cosas no se solucionan con conversaciones elegantes
— Sé perfectamente lo que tengo que hacer, Elena — respondió Camilo, su tono de voz recuperando la frialdad que usaba en las calles — Mañana viajo al este y Franco se quedará a cargo de la seguridad de la mansión. No hay ninguna debilidad en mis decisiones. Isabella va a entender su lugar en esta casa, con el tiempo
— Espero que así sea — replicó Elena, dándole la espalda para subir las escaleras — Porque no tengo intenciones de ir a Nueva York otra vez a arreglar los cabos sueltos que dejes por culpa de una civil que se la pasa llorando en el ala este
Camilo vio alejarse a su prima y luego se dirigió con paso firme hacia la zona de su dormitorio, pero antes de entrar a su habitacion, se desvió hacia el cuarto de Isabella. El guardia de la puerta se retiró de inmediato al ver la seriedad en el rostro del joven líder
Al entrar, encontró a la joven sentada en una silla junto a la ventana, mirando hacia el jardín que ya empezaba a oscurecerse con la llegada de la tarde
Isabella se giró despacio al escuchar el sonido de la puerta. El paseo de la mañana y las palabras de Caroline seguían dando vueltas en su cabeza. Su rostro seguía pálido y sus fuerzas eran pocas, pero sus ojos ya no tenían el vacío absoluto de los días anteriores. Había una sombra de determinación en su mirada que Camilo notó de inmediato, una chispa que hizo que su propia frustración disminuyera un poco
— Mañana salgo de viaje hacia Nueva Jersey, Isabella — anunció Camilo, deteniéndose en el centro de la habitación con los brazos cruzados — Estaré fuera dos días para cerrar unos asuntos comerciales que requieren mi presencia. Franco se quedará a cargo de la mansión y los guardias tienen órdenes estrictas de mantenerte en este cuarto. No quiero que intentes ninguna tontería mientras no estoy
Isabella guardó silencio un momento, midiendo el tono de sus palabras antes de responder. Recordó el consejo de la madre de Camilo: usar la obsesión del hombre a su favor para sobrevivir
— No voy a intentar nada, Camilo. No tengo las fuerzas para correr por tus jardines ni para saltar tus muros de piedra. Pero si quieres que las cosas cambien en esta habitación, necesito que me traigas mis herramientas de restauración y los materiales que se quedaron en mi apartamento de Nueva York. Si voy a estar encerrada en esta casa, al menos quiero tener algo que hacer que me recuerde quién era antes de que me trajeras aquí
Camilo la observó con fijeza, analizando la petición desde su perspectiva estratégica. El hecho de que ella pidiera algo por primera vez en semanas era un avance significativo que no podía ignorar. Su mente analítica vio esto como el primer paso hacia la aceptación de su cautiverio
— Los materiales que necesitas ya están en las cajas del sótano junto con las pinturas de los Lucchese — respondió Camilo, dando un paso hacia ella — Franco se encargará de que suban todo lo necesario a este cuarto mañana por la mañana. Si avanzas con la restauración de la pieza renacentista que te traje del museo, a mi regreso consideraré darte acceso a la biblioteca de mi padre en el piso inferior. Pero recuerda las condiciones: un solo problema con los guardias o un solo intento de enviar un mensaje al exterior, y las cajas volverán al sótano para siempre
— Entiendo las reglas, Camilo — contestó Isabella, bajando la mirada para ocultar la tensión que sentía — Solo quiero trabajar en paz
Camilo asintió, satisfecho por haber recuperado el control de la situación, y salió del dormitorio con un peso menos en los hombros. Mañana viajaría a Nueva Jersey para demostrarle a su padre y a los hombres del puerto que el estratega de los Rossi seguía teniendo la mano más firme y fría de toda la ciudad
Isabella se quedó sola en la penumbra de la habitación, escuchando el sonido del cerrojo que se pasaba por fuera. Se abrazó a sí misma, sintiendo el frío de la tarde que se colaba por los cristales de la ventana. Sabía que el juego real dentro de esa mansión de piedra apenas estaba comenzando, y que para mantenerse viva en medio de esa dinastía de lobos, tendría que aprender a pintar su propio destino usando los mismos pinceles que sus captores le proporcionaban bajo estricta vigilancia.