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Nada Es Gratis

Nada Es Gratis

Status: En proceso
Popularitas:4.8k
Nilai: 5
nombre de autor: escritora 2.0

Anaís no se casó por amor; fue vendida para salvar un imperio. Ahora, atrapada en una mansión de mármol negro que se siente como una tumba, debe aprender la primera regla de su nueva vida: Ricardo nunca pierde. Él es un hombre que no acepta errores, que castiga con el silencio y reclama con dolor. Entre moretones escondidos bajo maquillaje caro y el miedo constante a una promesa de muerte, Anaís deberá cuidar a una niña que es la viva imagen de su captor. En esta casa, las lágrimas ensucian y la obediencia es el único camino para seguir respirando. Pero, ¿cuánto puede resistir un corazón antes de romperse por completo?

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Capítulo 4: La posesión absoluta

El trayecto a la mansión fue un funeral en vida. Ricardo no encendió la radio, ni me miró, ni me dirigió la palabra. Sus manos sobre el volante eran estatuas de piedra. El silencio en el auto era tan pesado que sentía que me aplastaba los pulmones.

Cuando el motor se detuvo frente a esa mole de concreto y vidrio oscuro, el miedo me paralizó. Él bajó, rodeó el auto y abrió mi puerta. No me ofreció la mano. Sus dedos se cerraron con una fuerza inhumana en mi cabello y me sacó del asiento de un solo tirón. El dolor me arrancó un grito que se perdió en la noche.

—Camina —fue lo único que dijo. Su voz no tenía emoción, era plana, despojada de cualquier rastro de humanidad.

Me arrastró escaleras arriba. Mis tacones tropezaban, pero a él no le importaba; si me caía, me arrastraba por el suelo. Al cruzar el umbral del salón principal, me soltó con desprecio. Caí sobre el mármol, sintiendo el frío en mis rodillas heridas. Me quedé allí, temblando, esperando una explicación, una palabra de bienvenida, algo.

Ricardo se quitó el reloj, lo dejó sobre una mesa y comenzó a desabrocharse los puños de la camisa blanca, observándome como quien mira un objeto que acaba de comprar en una subasta y está defectuoso.

—Ricardo, por favor, yo solo quiero... —empecé a decir, levantando la vista.

No terminó la frase. Antes de que pudiera parpadear, el impacto de su puño cerrado contra mi pómulo me lanzó al vacío. No fue una bofetada; fue un golpe seco, cargado de la fuerza de un hombre que sabe dónde lastimar. Sentí cómo el hueso crujía bajo la piel y un fogonazo de luces blancas explotó en mi visión. Caí de lado, mi cara golpeando el suelo, y el sabor cálido y amargo de la sangre inundó mi boca en un segundo.

El silencio volvió. Solo se escuchaba mi respiración entrecortada y el goteo de mi sangre sobre el mármol.

Él no se inmutó. Se acercó con paso lento, se puso de cuclillas y me agarró de nuevo del pelo, obligándome a levantar el rostro desfigurado hacia él. Sus ojos oscuros estaban vacíos. No había odio, ni furia; solo una indiferencia aterradora.

—Escúchame bien, porque no lo voy a repetir —susurró, y su aliento rozó mi mejilla inflamada—. En esta casa no eres mi esposa. No eres una invitada. Eres mi propiedad. Eres la sirvienta que me servirá la cena, la mujer que limpiará mis suelos y el cuerpo que usaré cuando me apetezca. No me hables a menos que te lo ordene. No llores si no quieres que te dé una razón de verdad para hacerlo.

Me soltó la cabeza y esta golpeó de nuevo el suelo. El dolor era una pulsación constante que me nublaba el juicio.

—Limpia el desastre que has hecho en mi mármol —ordenó, levantándose y ajustándose la camisa como si nada hubiera pasado—. Mañana conocerás a mi hija. Si ella ve una sola marca en tu cara o una gota de tu tristeza, desearás que tu familia te hubiera matado en lugar de venderme.

Sin decir más, me dio la espalda. Subió las escaleras con una elegancia glacial, dejándome allí, rota, sangrando y hundida en la oscuridad. Me quedé mirando mis manos manchadas de rojo, entendiendo finalmente que no había llegado a una casa, sino a un matadero.

El eco de sus pasos desapareció en lo alto de la escalera, pero el peso de su presencia se quedó impregnado en las paredes como un gas venenoso. Me quedé inmóvil, pegada al suelo, escuchando el latido desbocado de mi propio corazón en el oído que no estaba contra el mármol. El dolor en mi pómulo no era un dolor sordo; era una descarga eléctrica que me recorría el cráneo cada vez que intentaba parpadear.

Con un esfuerzo sobrehumano, apoyé las palmas de las manos para incorporarme. El mundo dio vueltas. Un hilo de sangre espesa y caliente resbaló por mi mentón y goteó sobre el vestido de seda champán, arruinando la prenda de miles de dólares. Me dolió más la humillación que la herida. Me vi reflejada en el brillo del suelo: una muñeca rota, con el cabello enredado y el rostro empezando a tornarse de un color violeta oscuro.

—Límpialo —había dicho.

No tenía un trapo. No tenía nada. Desesperada por no desobedecer, usé la falda de mi vestido. Me arrastré por el salón, restregando la seda cara contra las manchas rojas de mi propia sangre hasta que el mármol volvió a brillar, impasible. Mis dedos temblaban tanto que las uñas repiqueteaban contra el suelo.

Cada rincón de esa mansión gritaba opulencia, pero era una opulencia estéril. No había fotos familiares, no había flores, solo estatuas frías y sombras largas. Me puse en pie, sosteniéndome de la pared para no caer, y caminé hacia lo que parecía ser un baño de visitas en la planta baja.

Al encender la luz, el espejo me devolvió una imagen que no reconocí. Mi ojo derecho estaba casi cerrado por la inflamación y el labio inferior se había partido. Toqué la herida con la punta de los dedos y solté un siseo de dolor. ¿Cómo iba a ocultar esto mañana? Él me había amenazado: si su hija me veía así, el castigo sería peor.

De pronto, un ruido suave vino del pasillo. Un sonido de pasos pequeños, casi imperceptibles. Mi respiración se detuvo. Me asomé con cuidado, con el corazón en la garganta.

En la penumbra del pasillo, vi una figura diminuta. Una niña de unos cuatro años, vestida con un camisón blanco, sostenía un conejo de felpa desgastado. Tenía los mismos ojos oscuros que Ricardo, pero en ella no había crueldad, solo una tristeza profunda y una confusión infinita. Me miró fijamente. Yo intenté cubrirme el lado herido de la cara con el cabello, pero fue tarde.

—¿Te duele? —preguntó con una vocecita que apenas era un susurro.

No pude responder. El nudo en mi garganta era una piedra. Ella no parecía asustada de verme sangrar; parecía acostumbrada a la violencia, como si el dolor fuera el único lenguaje que se hablaba en esa casa. Antes de que pudiera acercarse, una sombra mucho más grande apareció detrás de ella.

Era una mujer mayor, vestida de uniforme gris, con el rostro endurecido por los años. Me miró con una mezcla de lástima y advertencia. Sin decir una palabra, tomó a la niña de la mano y se la llevó de regreso a las sombras de la planta alta. La niña me miró por última vez antes de desaparecer, y en ese cruce de miradas entendí algo aterrador: ella también era una prisionera.

Regresé al salón, apagando las luces, y me acurruqué en un rincón del sofá más alejado de las escaleras. No me atrevía a buscar una habitación. El frío de la noche empezó a colarse por los ventanales y el hambre volvió a morderme las entrañas, pero el miedo era más fuerte.

Dormité a ratos, despertando sobresaltada por cualquier crujido de la madera. En mis sueños, la mano de Ricardo volvía a caer sobre mí, pero esta vez sus ojos no estaban vacíos; ardían con un fuego que prometía consumirme por completo.

—Nada es gratis, Anaís —parecía susurrar el viento contra los cristales.

Había pagado mi primera noche en esa casa con sangre y dignidad. Y mientras el primer rayo de luz grisácea empezaba a asomar por el horizonte, comprendí que el verdadero infierno no era el golpe que ya había recibido, sino la incertidumbre de no saber cuándo llegaría el siguiente. Ricardo no era solo un hombre; era una tormenta que acababa de derribar mi puerta, y yo no tenía ningún lugar donde esconderme

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Gabriela Huasco
/Frown/
Maria Jose Ariza Ortiz
esta novela está más enredada que un costal de anzuelos no he entendido nada de nada
Rossy Bta
más capitulos 🙏🔥
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