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CIEN DIAS DE AMOR FORZADO:LA ESPOSA DEL MANGNATE

CIEN DIAS DE AMOR FORZADO:LA ESPOSA DEL MANGNATE

Status: En proceso
Genre:Traiciones y engaños / Amor prohibido / Romance
Popularitas:4.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Azly colon

¿Puede un amor nacido del engaño sobrevivir a la verdad? ¿Podrá la esposa sustituta reclamar el corazón de un hombre que juró nunca volver a amar?

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capitulo 11

El décimo día amaneció con una luz pálida que se filtraba por las cortinas, recordándome que ya había sobrevivido al diez por ciento de mi condena. Sin embargo, lo que sentía en el pecho no era alivio, sino una extraña pesadez, como si el aire de la mansión se estuviera volviendo más denso con cada secreto compartido y cada roce prohibido.

Me quedé un rato mirando el techo, analizando la situación. Dante sabía mi nombre. Sabía que no era Elena. Y, sin embargo, anoche en el coche, su mano no buscaba una firma para un divorcio, sino el calor de la mía. Me levanté y caminé hacia el espejo, buscando a Zoe bajo las capas de seda azul que ahora vestía. Mis labios todavía guardaban una sombra del beso de ayer, una quemadura que el agua fría no lograba borrar.

Al bajar, encontré la mansión en un estado de agitación inusual. Arthur corría de un lado a otro con teléfonos inalámbricos y Rosa limpiaba el polvo de marcos que ya estaban impecables.

—¿Qué sucede? —pregunté, interceptando a Arthur cerca de la escalera.

—El señor Volkov ha convocado una reunión de emergencia aquí, señora. Parece que hay problemas con la adquisición de la tecnológica en Nueva York. Hay rumores de una filtración de datos... una traición interna.

Sentí un escalofrío. Vanessa. El mensaje que vi en su teléfono mencionaba documentos de 2022. Si ella estaba moviendo hilos desde las sombras, Dante estaría en su momento más peligroso. Un hombre herido en su orgullo es capaz de cualquier cosa, pero un hombre herido en su confianza es un animal acorralado.

Dante apareció poco después, saliendo de su despacho como una ráfaga de viento helado. Llevaba una camisa gris oscuro, sin corbata, y el rostro marcado por una noche sin sueño. Al verme, se detuvo. Su mirada recorrió mi cuerpo con una intensidad que me dejó sin aliento, pero sus palabras fueron cuchillos.

—Zoe. Necesito que te encierres en el estudio y no salgas hasta que yo te lo diga. Va a venir gente que no debe verte fuera de tu papel. Y por lo que más quieras, mantén tu boca cerrada si alguien te hace preguntas.

—Dante, si Vanessa está intentando...

—¡No menciones ese nombre! —rugió, golpeando el pasamanos de madera. El estruendo resonó en todo el vestíbulo—. No sabes nada de ella. No sabes nada de lo que está pasando. Limítate a ser la cara bonita que firmó el contrato y deja que yo me encargue de los lobos.

Me dio la espalda y entró de nuevo en el despacho, cerrando la puerta con un estrépito que hizo vibrar los cuadros del pasillo. Me quedé allí, temblando de rabia. Me trataba como a una intrusa, como a una carga, cuando yo era la única persona en esa casa que no le pedía nada más que la verdad.

Subí al estudio, pero no pinté. Me senté en el suelo, rodeada de botes de pintura y lienzos en blanco, escuchando los gritos que llegaban desde la planta baja. Voces masculinas, discusiones sobre acciones, filtraciones y demandas legales. El imperio Volkov estaba bajo ataque, y el "Glaciar" estaba tratando de congelar el incendio con pura fuerza de voluntad.

Pasaron las horas. Rosa me trajo un sándwich que ni siquiera toqué. El olor a trementina, que antes me relajaba, ahora me asfixiaba. A las siete de la tarde, el ruido cesó. Escuché coches alejándose por la grava de la entrada y luego un silencio sepulcral, el tipo de silencio que precede a una tormenta definitiva.

Bajé las escaleras lentamente. La casa estaba en penumbra. Arthur me hizo una seña desde la cocina, indicándome que Dante estaba en el jardín de invierno.

Lo encontré sentado en un banco de piedra, rodeado de plantas exóticas que parecían morir bajo la luz gélida de la luna. Tenía una botella de whisky a medio terminar a su lado y el cuaderno de bocetos abierto en su regazo. No dibujaba; simplemente miraba el vacío.

—Se han ido —dije, acercándome con cautela.

—Se han llevado un trozo de mi vida, Zoe —respondió él, sin mirarme. Su voz era un susurro roto—. Ella lo ha vuelto a hacer. Ha filtrado los protocolos de seguridad a la competencia. La compra se ha cancelado. He perdido doscientos millones en una tarde.

Me senté a su lado, ignorando el frío que emanaba de la piedra.

—El dinero se recupera, Dante. Tú eres más fuerte que eso.

—No es el dinero. Es la sensación de que nunca voy a salir de este círculo. Cada vez que dejo que alguien se acerque, cada vez que bajo la guardia un milímetro, me cortan la garganta. Primero ella, luego tu padre con su estafa... y ahora tú, mirándome con esos ojos que parecen entenderlo todo cuando solo eres una niña que juega a las casitas en mi mansión.

—No estoy jugando, Dante —le arrebaté la botella y la dejé en el suelo—. Y no soy ella. Si quieres odiarme, odiame por lo que soy, no por los fantasmas de otras mujeres. Me tienes aquí, bajo contrato, comprada y pagada, pero mi lealtad no estaba en la letra pequeña. Te la ganaste el día que me compraste aquel cuadro en la subasta.

Dante se giró hacia mí. Sus ojos estaban nublados por el alcohol y el cansancio, pero había una chispa de lucidez que me quemó. Me tomó por la nuca, sus dedos enredándose en mi cabello con una fuerza que me obligó a arquear la espalda.

—¿Lealtad? —se rió entre dientes, una risa amarga—. ¿Sabes lo que es la lealtad en mi mundo? Es el tiempo que tarda alguien en encontrar un precio mejor. ¿Cuál es tu precio, Zoe? ¿Cuánto cuesta que me traiciones tú también?

—Ya te lo dije. El tratamiento de mi madre. Ese es mi precio. Y ya está pagado. Todo lo que haga a partir de ahora es porque quiero, no porque deba.

Él me observó durante lo que pareció una eternidad. El viento soplaba fuera del jardín de cristal, agitando las sombras. De repente, su agarre se suavizó. Sus dedos recorrieron mi mandíbula y se detuvieron en mis labios.

—Estás loca por estar aquí conmigo —murmuró.

—Quizás. O quizás soy la única que no te tiene miedo.

Dante inclinó la cabeza y me besó. Esta vez no fue el beso desesperado de la noche anterior. Fue un beso lento, exploratorio, que sabía a derrota y a una extraña forma de consuelo. Sus labios estaban fríos, pero su lengua era puro fuego. Me dejé llevar, rodeando su cuello con mis brazos, sintiendo la textura de su camisa contra mis palmas. En ese momento, en ese jardín rodeado de sombras, no había contratos, ni hermanas gemelas, ni millones perdidos. Solo estábamos nosotros: dos almas rotas tratando de encajar sus pedazos en la oscuridad.

Él se separó de mis labios, pero no me soltó. Apoyó su frente contra la mía, respirando con dificultad.

—No debería hacer esto —dijo—. Mañana volveré a ser el hombre que odias. Mañana volveré a recordarte que esto es un negocio.

—Mañana es otro día, Dante. Hoy solo somos Zoe y el hombre que se esconde detrás del Glaciar.

Me levantó en vilo, sorprendiéndome con su fuerza, y me llevó hacia el interior de la casa. No me llevó a mi habitación. Me llevó a la suya. El dormitorio principal era un templo de lujo gélido, pero bajo las sábanas de seda negra, el calor que emanaba de su cuerpo era lo único real.

Esa noche, el contrato se quemó en el fuego de nuestra propia piel. No hubo palabras de amor, porque ambos sabíamos que el amor era un lujo que no podíamos permitirnos, pero hubo una entrega absoluta. Dante me tocó como si fuera un lienzo delicado, descubriendo cada centímetro de mi piel con una reverencia que me hizo llorar en silencio. Y yo le devolví cada caricia, tratando de borrar con mis manos las cicatrices invisibles que Vanessa Sterling le había dejado en el alma.

Sin embargo, mientras él dormía a mi lado, agotado por la batalla y el deseo, yo me quedé despierta mirando la penumbra. Sabía que esto no era el final feliz de un cuento. Era solo el comienzo de una guerra mucho más complicada. Había cruzado la línea. Ya no era solo una esposa sustituta; era una mujer que amaba al hombre que tenía el poder de destruirla con un solo chasquido de dedos.

A las tres de la mañana, su teléfono volvió a iluminarse en la mesita de noche. Me estiré con cuidado para no despertarlo y miré la pantalla.

Un nuevo mensaje de "V".

*"Espero que hayas disfrutado de tu pequeña distracción de esta noche, Dante. Pero recuerda: las sustitutas siempre terminan siendo devueltas. Mañana estaré en la ciudad. Prepárate para el acto final"*.

Sentí un frío de muerte recorrer mis venas. Vanessa regresaba. La verdadera Elena seguía fuera, acechando. Y yo estaba desnuda en la cama del hombre que mañana, seguramente, volvería a congelarse para no sentir el dolor de una nueva traición.

Me acurruqué contra su espalda, buscando su calor una última vez antes de que la realidad nos alcanzara. El capítulo diez terminaba así: con un beso que sabía a despedida y un secreto que amenazaba con derrumbar los muros de nuestra jaula de oro antes de que saliera el sol.

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Rozalia Dragos
Entretenido Muy bueno
ana vasquez
un tira y encoje entretenido, eso sí 🤭
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