Una vez creí en los cuentos de hadas, pero tarde me di cuenta de que solo eran una mentira que nos cuentan de niños para desviarnos de la maldad de este mundo en el cual por desgracia y caí y morí sabiendo que él no me amaba.
NovelToon tiene autorización de Tania Uribe para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 10: Lo que la noche entregó
NIKOLAY
La noche siempre ha sido mi aliada. En la oscuridad, nadie me cuestiona. Nadie mira demasiado. Nadie se atrevía a acercarse lo suficiente como para descubrir lo que hay debajo de mi máscara.
O lo que quedaba de mí.
El bosque estaba en silencio cuando regresaba a la mansión. Un silencio denso, cargado... diferente. Mis pasos se detuvieron casi por instinto.
Algo no estaba bien. Lo sentí antes de verlo. Un leve aroma metálico en el aire. Sangre...
Mis ojos se afilaron detrás de la máscara. Avancé. Lento. Preciso. Y entonces...
La vi. Un cuerpo en el suelo. Inmóvil.
Por un instante, no sentí nada. Solo una evaluación fría, automática. Podía ser una trampa. Podía ser alguien abandonado a su suerte.
Podía no ser asunto mío. Di un paso más. Y otro. Hasta quedar frente a ella.
El cabello castaño, desordenado, pegado al rostro por el sudor y la humedad. La piel pálida, demasiado pálida. Pequeños cortes recorrían sus brazos, sus manos... fragmentos de cristal aún adheridos a su ropa.
Frágil. Rota. Pero viva. Me incliné apenas. No sé por qué lo hice. No suelo hacerlo. No me acerco. No toco. No desde...
Mis dedos rozaron su mejilla. Y todo cambió. Fue un instante. Como si algo dentro de mí, algo que creí muerto, reaccionara con violencia. Mi mano se quedó ahí, suspendida apenas contra su piel fría. Sentí su pulso. Débil. Pero firme.
Y entonces, sin razón lógica, sin explicación que pudiera aceptar. Un pensamiento cruzó mi mente. Claro. Peligroso. Inevitable.
No la sueltes...
Mi mandíbula se tensó.
¿Qué...?
Retiré la mano de golpe, como si me hubiera quemado. Esto no tenía sentido. No era normal. No era yo...
Volví a mirarla. Con más atención. Con más cuidado. Y entonces lo recordé. Una imagen. Un instante congelado en mi memoria.
Una fotografía olvidada sobre una mesa, en una casa que ya no visito... pero que alguna consideré como mi lugar seguro y que alguna vez conocí demasiado bien.
Sarai... y a su lado estaba Scarlett. Mis ojos se entrecerraron.
—Así que... eres tú...—murmuré, mi voz amortiguada bajo la máscara.
La amiga. La que siempre estuvo detrás. La siempre sonreía en esa fotografía como si el mundo no pudiera tocarla. La que...
Desvié la mirada por un segundo. No. Aún no. Pero sabía. Solo lo suficiente, la miré de nuevo. A ella, a Scarlett. Ahora no había sonrisas. No había luz. Solo restos de algo que había sido quebrado. Mis manos cerraron en un puño lentamente.
¿Por qué ella estaba aquí? ¿Por qué en mi territorio? ¿Por qué... ahora?
No obtuve respuestas. Pero no las necesitaba. Porque de alguna forma, ya había tomado una decisión. Me incliné de nuevo. No dudé esta vez.
La levanté con cuidado, pasando un brazo bajo su espalda y otro bajo sus piernas. Su cuerpo era ligero... demasiado. Como si su vida apenas lograra aferrarse a ella. Estaba demasiado delgada, podía sentir sus huesos bajo mis brazos. Su cabeza cayó contra mi pecho y ese impulso regresó. Más fuerte. Más oscuro. Más pronto.
No la dejes ir...
Mi respiración se volvió más pesada. Apreté apenas el agarre.
—No deberías de estar aquí...—murmuré, sin saber si hablaba con ella o tal vez conmigo.
Sin embargo, ya estaba hecho y no había vuelta atrás. Giré sobre mis talones y comencé a caminar de regreso a la mansión. El bosque se abrió ante mí como si reconociera mi paso. Como si supiera que esta vez... no volvía solo.
La llevé conmigo. Sin dudarlo. Sin analizarlo mucho. Porque si lo hacía, aunque fuera un momento... Tal vez tendría que enfrentar algo que no estaba dispuesto a nombrar. La noche nos envolvió por completo.
Y mientras cruzaba el umbral de la mansión, con Scarlett inconsciente entre mis brazos... Supe una cosa una certeza inquietante. Esto...
No era un accidente. Ni para ella. Ni para mí. Y por primera vez en mucho tiempo... Eso no me molestó.