historia de Alfas, omegas y betas
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Capítulo 3 — El archivo que respira
El pendrive pesa menos que un brazalete gris y sin embargo me dobla el bolsillo del pantalón. Lo llevo tres días en el cajón de las medias, entre las negras que uso para el trabajo y las blancas que mi madre todavía me compra. Cada vez que abro el cajón espero que no esté, que me lo haya inventado, que sea una de esas cosas que los betas pensamos pero no hacemos. Sigue ahí.
En el Centro nadie revisa a los betas. Esa es la ventaja de ser fondo: te confían las llaves porque piensan que no vas a abrir nada que no te manden. Yo tengo la llave del depósito, la del baño de personal y la de la sala de servidores viejos, donde todavía guardan los backups en físico “por protocolo”. El folleto no dice que el protocolo es de hace quince años y que nadie lo actualizó porque nadie cree que un beta vaya a leerlo.
La noche del cuarto día me quedo después del cierre. Digo que tengo que terminar el lote de marzo. La jefa, Mariela —beta también, cincuenta y dos, tres hijos, brazalete tan gastado que parece piel—, me mira por encima de los anteojos y dice: “No te quemes la vista, Damián. Nadie te va a dar medalla.” No me dice que no. Los betas no damos órdenes, pero tampoco las recibimos cuando no importan.
Conecto el pendrive en la terminal vieja. No en la mía, que registra todo. En la de backup, que solo imprime. El archivo de Rinaldi, Elián, es corto para lo que esperás de un hijo de Consejero: una hoja de datos médicos, una de historial educativo, y un anexo que no debería estar ahí. “Evaluación Psicológica — Dominante — Riesgo de Incompatibilidad con Ceremonia Tradicional”. Abajo, en rojo: Recomendar asignación temprana. Evitar exposición prolongada a alfas no vinculados. Sujeto presenta resistencia a supresores clase A. Posible mutación sensorial. NO DIFUNDIR.
Mutación sensorial. Esa frase no está en el folleto.
Imprimo todo. Dos copias. Una la guardo en una carpeta de “Mantenimiento 2024” que nadie va a pedir en diez años. La otra la doblo en cuatro y me la meto dentro del brazalete, contra la piel. El plástico gris se calienta enseguida. Me hace acordar a la máscara del Censo.
Cuando salgo, el aire de El Trébol huele a tierra mojada y a pan. Es tarde. El hijo del panadero —el alfa del brazalete rojo— está cerrando la persiana. Me ve y levanta la mano sin mirarme del todo. Yo levanto la mía. Beta con beta. Sin feromonas, sin aviso. Solo costumbre.
Camino tres cuadras y ahí lo veo.
El Capitán Valenti está apoyado contra la pared del kiosco cerrado. Sin uniforme otra vez. Campera oscura, la cicatriz del cuello más visible porque se cortó el pelo al ras. No me está esperando a mí. Está mirando la calle como si contara cuántos pasos hay hasta la esquina. Cuando me acerco para pasar, levanta la vista.
Los alfas te miran y el cuerpo se tensa solo. No porque quieran. Porque sí. A mí se me tensaron los hombros antes de darme cuenta. Él no dice nada. Pero huele. No es perfume. No es sudor. Es otra cosa: hierro caliente y algo debajo, como madera mojada. Por primera vez en veintisiete años, lo huelo.
No fuerte. No como dicen que huelen los omegas cuando describen a sus alfas en las novelas que mi hermana esconde. Es un hilo. Un error. Se me mete por la nariz y me baja hasta el estómago y ahí se queda.
Valenti frunce el ceño. No porque yo haga algo. Porque yo huelo de vuelta. Un beta no debería devolver olor. Un beta no debería tener olor para devolver.
—Archivo —dice.
No es pregunta. Es orden, aunque la voz sea baja.
—Señor —digo, y me odio por el “señor” automático. Beta. Siempre beta.
—¿Vos copiaste el legajo de Rinaldi?
El aire cambia otra vez. La presión de la otra vez en el Centro, pero ahora sin Elián para repartirla. Me doy cuenta de algo que no había pensado: si Valenti está preguntando por el archivo, es porque ya lo buscó y no lo encontró. Porque alguien lo borró del sistema central. Porque la única copia está contra mi muñeca, sudando bajo el plástico.
Podría decir que no. Podría entregárselo y volver a ser fondo. Podría salir corriendo y que me alcance en dos pasos.
En vez de eso, digo lo único que no está en el folleto:
—¿Qué vas a hacer con él?
Valenti no contesta enseguida. Me mira como si yo fuera un documento mal archivado. Después se endereza, y por un segundo deja de ser el Capitán de la Pretoriana y es un tipo de treinta y tantos con ojeras.
—Sacarlo —dice—. Antes de que lo metan en la Ceremonia.
—¿Y después?
—Después vemos.
No es un plan. Es lo más parecido a un plan que escuché en mi vida.
Meto la mano debajo del brazalete. Saco el papel doblado, húmedo por el sudor, con las letras un poco corridas. Se lo doy. Él no lo abre ahí. Lo guarda dentro de la campera.
—No vuelvas al Centro mañana —me dice.
—¿Y a dónde voy?
Valenti sonríe apenas. No es una sonrisa linda. Es la de alguien que sabe que no hay respuesta buena.
—Donde no te busquen.
Se va caminando, sin apurarse. Yo me quedo con el brazalete flojo y el hueco en la muñeca donde estaba el papel. El hijo del panadero ya cerró. La calle está vacía. Y por primera vez, El Trébol no huele a nada que reconozca.
No sé si hice lo correcto. No sé si soy valiente o estúpido. Solo sé que cuando llegué a casa no puse el pendrive en el cajón de las medias. Lo puse en la mochila, junto con una muda de ropa y el DNI sin actualizar.
Porque mañana no voy a ir al Centro. Y porque “¿qué querés vos?” dejó de ser una pregunta teórica.