Soy Seraphina El principe y yo Crecimos juntos y con nosotros la obsesión de el Era tanta Que me dijo que si no era suya no sería de nadie más y me lo demostró con hechos y clavando una espada en mi pecho
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Capitulo 10
Pasaron tres días desde el incidente en el pasillo.
Tres días desde que Cyran me sujetó.
Tres días desde que Adriel me empujó.
Tres días desde que algo cambió dentro de mí.
No había vuelto a hablar con Cyran. Bueno, sí, pero solo mensajes. Nada profundo. Nada de "lo que pasó". Solo cosas normales: "¿Cómo estás?", "¿Comiste?", "¿Necesitas ayuda con la tarea?".
Él respetaba mi espacio.
Demasiado.
Y eso, de alguna manera, me inquietaba más que si estuviera encima de mí todo el tiempo.
—¿Estás segura de que no quieres que hable con él? —preguntó León, mordiendo una manzana en el patio.
—¿Con quién? ¿Con Cyran?
—No, con el otro. Con el idiota de tu ex de otra vida.
Suspiré.
—No es mi ex. Nunca fue nada. Solo un recuerdo.
—Un recuerdo que te empujó.
—Eso fue...
—¿Fue qué? ¿Un accidente? Porque yo lo vi, Sera. Te miró antes de hacerlo. Y sonrió.
No supe qué responder.
Porque era cierto.
Adriel me había mirado. Y había sonreído. Como si lastimarme le causara placer.
—No sé qué le pasa —dije al fin—. No sé por qué me odia tanto.
León me miró con esa expresión suya, la que decía "voy a decir algo que no te va a gustar".
—¿Y si no es odio? —preguntó.
—¿Cómo?
—A veces la gente que más nos odia es porque, en el fondo, algo les duele de nosotros. Algo que no entienden. Y en lugar de enfrentarlo, prefieren destruirlo.
Me quedé pensando.
¿Y si Adriel, sin saberlo, siente algo? ¿Y si su cuerpo recuerda lo que su mente olvidó? ¿Y si por eso me ataca?
—Eso es muy profundo para ser las once de la mañana —dije, intentando bromear.
León se rió.
—Es mi hora profunda. A las once me salen las frases de filósofo barato.
Sonreí.
Y por un momento, todo estuvo bien.
En la esquina del patio
Cyran observaba desde lejos.
No con celos. No con rabia.
Solo observaba.
—¿Otra vez mirando a la novia? —preguntó un amigo.
—Siempre —respondió Cyran sin apartar la vista.
—¿No te molesta que esté con ese chico nuevo?
—No.
—¿Seguro?
Cyran giró la cabeza y miró a su amigo. Sus ojos eran un pozo oscuro.
—Ese chico la hace reír. La hace sentir segura. La escucha sin querer nada a cambio. ¿Por qué me molestaría?
El amigo tragó saliva.
—Porque... no sé... ¿eres celoso?
—Lo soy —admitió Cyran—. Pero también soy un hombre que perdió a la mujer que amaba por ser un idiota posesivo. Aprendí la lección.
Volvió a mirar a Sera.
—Mientras ella sea feliz, mientras esté bien, mientras nadie le haga daño... yo espero.
—¿Y si alguien le hace daño?
La sonrisa de Cyran fue escalofriante.
—Eso ya es otro tema.
La noche
Otro mensaje.
Cyran: "Hoy te vi reír con ese chico, León. Me gustó verte así. Te mereces reír."
Respondí:
Sera: "¿No tienes miedo de que me guste alguien más?"
Pasaron unos minutos. Luego:
Cyran: "Mucho. Pero tengo más miedo de ser la razón por la que dejes de sonreír."
Guardé el teléfono.
Y por primera vez en días, dormí profundo.
Al día siguiente
Adriel estaba en la puerta del instituto.
Con su novia.
La rubia.
Cuando me vieron, ella susurró algo. Él se rió.
Pasé de largo. No iba a darles el gusto.
Pero entonces escuché:
—Oye, rarita.
Me detuve.
No quería. Pero mi cuerpo lo hizo.
Adriel se acercó, dejando a su novia atrás.
—¿Qué quieres? —pregunté, con el corazón latiendo fuerte.
Me miró. Directo a los ojos.
Y por un instante... solo un instante... vi algo en su mirada.
Algo confuso. Algo que no entendía.
—Nada —dijo al final—. Solo quería verte la cara.
Sonrió. Dio media vuelta.
Y se fue.
Me quedé paralizada.
¿Qué fue eso?
—¿Sera?
La voz de Cyran detrás de mí.
—¿Estás bien? Te vi hablando con él.
—Sí... sí, estoy bien.
Pero no era cierto.
Porque algo en la mirada de Adriel me había helado la sangre.
No era odio.
Era algo peor.
Era curiosidad.
Mientras tanto
Adriel caminaba hacia clase con las manos en los bolsillos.
—¿Qué fue eso? —preguntó su novia, alcanzándolo.
—Nada.
—La miraste raro.
—No miré nada.
—Mentira. La miraste como si...
—¿Como si qué?
Ella dudó.
—Como si la conocieras de algo.
Adriel se detuvo.
Y por un segundo, su cabeza dio un vuelco.
Una imagen. Un vestido blanco. Una huida. Una cabaña.
Parpadeó.
—¿Adriel?
—Vamos —dijo, sacudiendo la cabeza—. Vamos a clase.
Pero mientras caminaba, algo le decía que esa chica... esa chica rarita...
No era una desconocida.
Y eso le aterraba