⚠️🔞El Alfa se inclinó hacia adelante, invadiendo el espacio personal de Cass. El olor a roble y romero se volvió tan fuerte que Cass sintió un mareo súbito. El Alfa inhaló profundamente, llenando sus pulmones con el aroma a miel y café del Omega. Una atracción peligrosa, pero predestinado.🔞⚠️
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Cass no despertó
El rugido del motor era lo único que llenaba el silencio sepulcral de la camioneta mientras huían de las ruinas humeantes de la mansión de Danilo. Kenny conducía con una mano fija en el volante y la otra apretando con fuerza la mano de Cass. No quería soltarlo; sentía que, si rompía el contacto físico por un segundo, el Omega se desvanecería como el humo del incendio que dejaban atrás.
Cass estaba recostado contra el asiento, con la mirada perdida en las luces de neón que pasaban a toda velocidad. El rubí roto seguía apretado en su puño, clavándose en su palma. A través del lazo, Kenny sentía algo aterrador: no era miedo, ni dolor, era un vacío absoluto. La adrenalina que había mantenido a Cass en pie durante el secuestro se estaba evaporando, dejando solo un cuerpo exhausto y un sistema nervioso al borde del abismo.
—Ya casi llegamos, dulce Omega. Aguanta un poco más —susurró Kenny, su voz ronca por el humo y la ansiedad.
Al llegar al refugio, los hombres de Kenny abrieron los portones con rapidez. Kenny detuvo el vehículo y, antes de que el motor terminara de apagarse, ya estaba rodeando el auto para sacar a Cass. Pero cuando abrió la puerta del copiloto, el corazón del Alfa se detuvo.
Cass no se movió. Sus ojos estaban cerrados y su piel, antes cálida y vibrante, ahora tenía la palidez de la porcelana fría. Un hilo de sudor frío bajaba por su sien y la marca de su cuello brillaba con un tono violáceo, palpitando con una debilidad que hizo que Kenny entrara en pánico.
—¡Cass! ¡Cassy, mírame! —gritó Kenny, tomándolo en sus brazos. El cuerpo del Omega pesaba como el plomo, totalmente inerte.
En el asiento trasero, Santi bajó tambaleándose. A pesar de su propio shock y del terror que le inspiraba Kenny, el Beta corrió hacia ellos. Sus manos temblaban, pero su instinto de protección hacia su mejor amigo fue más fuerte que su miedo al Alfa.
—¡Es un colapso por estrés biológico! —gritó Santi, siguiendo a Kenny mientras este corría hacia el interior del estudio—. Su cuerpo no puede procesar tu aroma, el de Danilo y el terror al mismo tiempo. ¡Llévalo a la cama, ahora!
Kenny entró en el estudio como un animal herido, apartando a cualquiera que se cruzara en su camino. Depositó a Cass en la cama de la habitación principal, la misma donde lo había marcado. El Alfa estaba fuera de sí; su aroma a roble se volvió errático, amargo y violento por el pánico. Empezó a tirar las cosas de las mesas, buscando desesperadamente algo que pudiera ayudar, rugiendo órdenes a sus hombres para que trajeran a un médico.
—¡Haz algo, Beta! —le gritó Kenny a Santi, tomándolo por los hombros con una fuerza que casi lo levanta del suelo—. ¡Dijiste que sabías lo que le pasaba! ¡Arréglalo!
Santi, con lágrimas en los ojos pero con una firmeza que nadie esperaba de él, empujó las manos de Kenny.
—¡Suéltame! ¡No lo vas a ayudar asustándolo más con tu aroma de guerra! —desafió Santi—. Necesita calma. Necesita que su sistema reconozca que está a salvo. Tu pánico está viajando por el lazo y lo está matando. ¡Cállate y déjame trabajar!
Kenny se quedó congelado. Nadie, absolutamente nadie, le había hablado así jamás. Pero al ver a Cass tan pequeño y frágil entre las sábanas, el Alfa retrocedió. Se sentó en el suelo, al pie de la cama, ocultando su rostro entre sus manos manchadas de sangre. El gran líder del bajo mundo estaba reducido a nada ante la posibilidad de perder su miel y su café.
Durante las siguientes horas, el refugio se transformó en una clínica improvisada. Santi no se separó de su amigo ni un segundo. Con la ayuda de un médico de confianza de la organización, le administraron sueros y neutralizadores de feromonas. Santi humedecía los labios de su amigo con agua y le hablaba en susurros, recordándole los días tranquilos en la cafetería, intentando traerlo de vuelta de la oscuridad.
Kenny observaba desde el rincón, en silencio. Ver a Santi cuidar a su pareja con esa lealtad incondicional le hizo entender algo que su posesividad no le permitía ver: Cass no solo le pertenecía a él por la marca; Cass tenía un mundo propio, una amistad que era un ancla de realidad en medio de su locura diabólica.
—No lo voy a dejar, Kenny —dijo Santi de repente, sin mirar al Alfa—. No importa si eres un mafioso o si lo marcaste a la fuerza. Él es mi hermano. Si quieres que él esté bien, vas a tener que aceptarme a mí también en este desastre.
Kenny levantó la vista. Su mirada ya no era agresiva, solo estaba cansada.
—Él es lo único que me mantiene humano, Beta —confesó Kenny en un susurro—. Si él se va, yo quemaré todo lo que ves. Incluyéndote.
—Entonces asegúrate de que no se vaya —respondió Santi, volviendo a limpiar la frente de Cass.
La noche avanzó lenta y pesada. El aroma a roble de Kenny empezó a suavizarse por primera vez en días, volviéndose una caricia protectora en lugar de una cadena. El lazo empezó a estabilizarse, transmitiendo una calma que el cuerpo del Omega absorbió como una esponja.
Cass seguía en un sueño profundo, un limbo donde los aromas de jengibre y ciprés finalmente se disolvían, dejando paso al bosque de roble que tanto amaba. Su respiración se volvió rítmica. El rubí, que Santi había colocado sobre la mesa de noche, brillaba débilmente bajo la luz de la lámpara.
Kenny finalmente se acercó y se sentó en el borde de la cama, frente a Santi. Ambos, el Alfa peligroso y el Beta leal, compartieron una tregua silenciosa sobre el cuerpo del Omega que amaban. Era una estampa extraña: un criminal de alto rango y un bibliotecario, unidos por el colapso de un chico que buscaba adrenalina y terminó encontrando una guerra.
—Se está recuperando —susurró Santi al amanecer, viendo cómo un poco de color volvía a las mejillas de su amigo.
Kenny estiró la mano y rozó los dedos de Cass con una ternura infinita.
—Despierta, dulce Omega —pensó Kenny a través del lazo—. El mundo ya no está ardiendo. Lo apagué todo por ti.
Pero Cass no despertó. Su mente necesitaba el descanso de los guerreros. Había sobrevivido al infierno y ahora, en la seguridad del refugio, rodeado por el roble de su Alfa y la lealtad de su mejor amigo, finalmente estaba en paz. Se escuchaba el sonido constante del monitor cardíaco y el aroma a miel volviendo a brotar, suavemente, de la piel del dulce Omega.
corta pero muuuuyyyy sustanciosa como dice el dicho