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Susanne confió en quien no debía, lo entregó todo y descubrió muy tarde que un falso juramento puede llevarte al infierno.
Sin nada más que perder, que una vida que la axficia, tomará un camino de venganza lento y hasta humillante, pero si quiere ver a su enemigo caer de la cima al fango, ella tendrá que meterse hasta en su cama, con una nueva identidad y destruir lo que ese hombre atesora
Lo que Susanne no sabe es que en medio de su venganza, su corazón vuelva a amar y que eso pueda ser más peligroso que cumplir con su venganza.
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11. Sentir culpa
El duque de Salamanca permaneció de pie cuando Susanne fue conducida al despacho. No se sentó, no podía hacerlo, porque la presencia de Susanne se sentía más allá de aquel lugar, se sentía dentro; aquellos ojos verdes le recordaban los ojos más hermosos que había visto, pero el cabello rojo era un rasgo característico de Salamanca, y la postura aún esa ropa humilde, emulaba a la de su madre, su corazón le gritaba, lo que su mente quería callar con desesperación.
- “Puedes hablar sin temor. Nadie más escuchará, ¿De dónde sacaste ese relicario?, ¿Qué edad tienes?”, cuestionó Antonio finalmente.
Susanne respiró hondo. Apretó el relicario entre sus manos como si lo necesitara para tener valor, y no romperse más para contar su historia.
- “No sé por dónde empezar, mi Lord; me llamó Susanne, tengo dieciséis años y seis meses. Solo sé que he perdido todo…”, empezó diciendo Susanne y luego continuó hablando, con los ojos húmedos.
Habló de sus abuelos, Teodoro y Gregoria, de cómo la criaron con escasez, pero mucho cariño. De la casa del conde de Salvatierra, del engaño de August, de la noche del incendio. Su voz se quebró al relatar los gritos, el humo, la madera ardiendo y la orden seca de quemarlos vivos a todos los que fueron testigos.
Antonio sintió que cada palabra era un golpe.
Cuando Susanne habló del camino, del hambre, de los hombres que la persiguieron, del cansancio que la hizo desear morir, el duque bajó la mirada. Aquello no era solo la historia de una joven desdichada. Era la consecuencia directa de una cobardía suya, cometida poco más de diecisiete años atrás.
- “Mi madre se llamaba como yo, nunca supe mucho de ella, murió joven, y siempre creí que mi padre murió antes de que nacieras; hasta esa noche, cuando entre humo, fuego y gritos de desesperación, mis abuelos me dieron este relicario, y dijeron que ustedes era mi padre”, continuó Susanne y lo miró fijamente.
Antonio cerró los ojos. Y fue como volver a ver el miedo en el rostro de la madre de Susanne, cuando le pidió que se fuera, y aún sentía en su mano, como si el dinero que alguna vez le dió, lo quemaran con llama viva; aquel dinero que creyó suficiente para borrar su responsabilidad. Sintió como si una espada invisible le atravesara el pecho, lenta, implacable.
- “Yo la dejé ir…”, murmuró él, sin darse cuenta de que hablaba en voz alta. “Y nunca miré atrás”. Susanne lo observó, confundida. “Si hubiese sido un buen hombre la habría buscado para saber si estaba bien, hubiese sabido de ti, y no habrías pasado hambre, ni miedo, ni soledad. Todo esto… es culpa mía”, añadió.
El duque de Salamanca, uno de los hombres más poderosos del reino, se sentó vencido, por sus propios remordimientos, por la culpa que le había atravesado el alma, por el dolor que no pudo evitar, habían lastimado a sangre de su sangre, y él no la había podido proteger.
El silencio fue roto por unos golpes urgentes en la puerta.
- “Mi Lord”, dijo el médico, entrando sin protocolo. “Debo hablar con usted ahora”.
Antonio se puso de pie de inmediato.
- “¿Es Samantha?”, preguntó Antonio, aunque ya conocía la respuesta. El médico asintió con gravedad.
- “La fiebre no ha cedido. Su respiración es irregular. No sobrevivirá la noche, mi Lord”, respondió él médico.
El mundo se detuvo. Susanne sintió que el duque parecía desplomarse, y solo evitaba aquello, la mano que había apoyado en el escritorio. Lord Antonio de Salamanca, estaba bordeando los sesenta años.
- “¿Samantha?”, repitió la joven, casi en un susurro.
Antonio la miró. Por primera vez, no como a una desconocida, sino como a alguien que compartía su sangre.
- “Es…”, tragó saliva, “la hija que creí mi única hija.
El silencio volvió a caer, más pesado que antes.
- “Te ruego que me esperes, aún tenemos mucho que hablar, ahora no sé cómo manejar la situación, pero no debes huir, perteneces a este lugar”, dijo Antonio.
Susanne negó lentamente con la cabeza.
- “No. No puedo huir, hice una promesa, y la cumpliré al precio que sea”, aseveró Susanne.
Antonio la observó con una mezcla de orgullo y vergüenza. Mientras afuera el cielo se oscurecía anunciando la noche, dos hijas del mismo padre, desconocidas entre sí, se acercaban al mismo umbral. Y el destino, cruel y puntual, exigía su precio antes del amanecer.
Renato observaba las tierras del condado de Salvatierra con las manos a la espalda; desde las amplias ventanas del condado de Salvatierra, estaba visitando a su hijo, para verificar personalmente que todo quede como lo ha planificado.
- “Las mujeres creen que el mundo gira en torno a lo que sienten. Amor, miedo, ilusión, son solo patrañas”, dijo Renato sin volverse..
August permanecía en silencio, escuchando; él solo quería ser admirado por su padre, y haría lo que fuera necesario para lograrlo.
- “La verdad es que giran en torno a nosotros. A lo que damos y a lo que quitamos”, afirmó Renato, con media sonrisa en el rostro.
- “Elvira está completamente sometida. Me cree su salvador; ahora duerme agotada, pensando que yo me encargaré de todo”, dijo August
- “Porque es débil. Como todas, no he conocido a ninguna que pueda ser tan hábil como uno. Las mujeres no piensan, reaccionan. Se aferran al hombre que les ofrece una identidad”, comentó Renato y giró por fin hacia su hijo.
- “Tú se la diste. Eres su marido, su protector, el único que ha conocido. Ahora te pertenece”, aseveró Renato.
- “Está esperando un hijo”, añadió August. Los ojos de Renato brillaron con satisfacción.
- “Perfecto, no tardaste. Ese niño te hará intocable. Un heredero legítimo que tú moldearás. Y Elvira hará lo que mejor saben hacer las mujeres, creer que su vientre la vuelve imprescindible”, manifestó Renato. August soltó una risa breve.
- “¿Y cuando deje de servir?”, cuestionó August.
- “Entonces dejará de existir. Las mujeres no están hechas para perdurar, sino para cumplir funciones”, respondió Renato con calma. Caminó unos pasos, como si hablara de ganado o de tierras.
- “Josephine creyó que me amaba. Margarethe creyó que me compró. Todas creen algo. Y todas se equivocan”, expresó Renato. August lo miró con atención.
- “¿Y Lady Samantha?”, preguntó su hijo. Renato se detuvo.
- “Esa niña es distinta solo en una cosa, lo que representa, lo que me puede dar”, dijo Renato.
- “¿No le preocupa su carácter?, Dicen que es frágil, su padre querrá protegerla”, preguntó August. Renato sonrió, esta vez con algo más oscuro.
- “Las frágiles son las mejores. Se rompen sin hacer ruido. Y una vez rotas, solo obedecen; es mejor muy jóvenes, sin experiencia, que no sepan del mundo y de los hombres, así la formas a tu gusto y a lo que necesitas”, manifestó Renato. Se acercó a su hijo, bajando la voz. “Samantha no será mi esposa por elección. Será por necesidad. Y cuando me dé lo que necesito, hará silencio como todas”, añadió. August asintió.
Entonces el plan es claro, Elvira me da el heredero. Samantha le dará a usted el ducado y el poder”, dijo August. Renato apoyó una mano firme en el hombro de su hijo.
- “Exacto, las mujeres pasan, pero los títulos permanecen; y Samantha me va a dar todo lo que necesito, va a rogar por mi amor, y cuando se lo restrinja, será capaz de todo, para que lo vuelva a tener”, manifestó Renato confiado.
A lo lejos, un trueno resuena, ninguno de los dos habló de culpa, porque ninguno la conocía; no importa a cuántas hagan lastimado, o a cuántas tengan que lastimar; pero dentro de un tiempo iban a afrontar una tormenta que les enseñará que no hay nada más peligroso que una mujer inteligente, decidida a obtener su venganza, aunque el precio sea la muerte.
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