Briana llega como niñera de intercambio a un hogar donde el pasado todavía duele. Maicol, padre viudo, intenta equilibrar su trabajo con la crianza de Pía y Teo, quienes a veces sienten que no reciben toda la atención que necesitan. Poco a poco, Briana descubre secretos y emociones contenidas que acercan sus corazones, mientras la cercanía entre ellos despierta sentimientos inesperados. Entre risas, tensiones y pequeños gestos, tendrán que aprender si el amor puede sanar heridas y florecer incluso en los lugares más inesperados.
NovelToon tiene autorización de Maia_M para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 21 – El reflejo de lo que somos
Briana
Esa noche apenas dormí. Cerraba los ojos y volvía a sentir sus labios contra los míos, primero hambrientos, luego suaves, como si quisiera probarme en silencio. Me giraba entre las sábanas con el corazón acelerado, preguntándome una y otra vez lo mismo:
¿Qué significaba todo aquello? ¿De verdad Maicol se sentía atraído por mí?
Nunca había sido un hombre fácil de leer. Su carácter reservado, esa seriedad que parecía un muro impenetrable… y, sin embargo, cuando me había besado, todo ese muro se había hecho trizas. Lo vi vulnerable, humano, necesitado. Y lo que más me estremecía era que yo había respondido sin pensarlo, con la misma intensidad.
Al borde de la madrugada me levanté. Encendí la luz del baño y me quedé frente al espejo, con la mirada fija en mi reflejo. Mi cuerpo, mis curvas, esa figura que durante tantos años había sido mi mayor enemigo.
En la adolescencia solía odiar la forma en que la ropa se ceñía a mis caderas. Evitaba los espejos, me escondía detrás de camisetas anchas, temiendo las burlas y los comentarios crueles. Y los hubo. Aún los recordaba. Cada palabra era como un corte invisible que me tomó años sanar.
Pero ahora… ahora me veía distinta. Mis curvas ya no eran un motivo de vergüenza, sino de orgullo. Había aprendido a amarme con paciencia, a aceptar que mi cuerpo era mío y era bello a su manera. Ese aprendizaje me había costado lágrimas, días de frustración, pero también me había dado fuerza.
Sonreí levemente al reflejo. “Soy suficiente”, me dije en silencio.
Apagué la luz y volví a acostarme. Inspiré profundo, cerré los ojos y, al fin, logré dormir un par de horas.
_________________
Me desperté temprano, antes de que los niños bajaran. Sentí que quería comenzar el día diferente, con algo especial para ellos.
Abrí el armario y, sin pensarlo demasiado, escogí un suéter blanco de manga larga, ajustado, que resaltaba mis formas sin exagerarlas. Lo combiné con unos jeans oscuros de tiro alto que se adaptaban perfectamente a mi cintura y caderas. Me miré en el espejo de cuerpo entero: el contraste resaltaba mis curvas, y por primera vez no sentí la necesidad de cubrirlas.
Solté mi cabello y lo peiné con los dedos, dejándolo caer naturalmente sobre mis hombros. Añadí unos aros sencillos y el colgante dorado que siempre llevaba. Me sonreí en el reflejo, más segura que nunca.
Así está bien. Así soy yo.
Bajé a la cocina y me puse a preparar waffles con fruta fresca. El aroma dulce comenzó a llenar la casa, y mientras batía la mezcla, sentí una extraña paz, como si mi lugar en esta familia —aunque aún no fuera oficial— se fuera consolidando poco a poco.
Fue entonces cuando escuché pasos en la escalera.
Maicol apareció, con el cabello un poco despeinado y sin la chaqueta del traje. Traía solo la camisa arremangada, y por un instante me quedé inmóvil, con la espátula en la mano.
Él se detuvo en el umbral de la cocina y me observó.
—Estás hermosa —dijo con una sinceridad tan simple y desarmante que me ruboricé al instante.
Bajé la mirada, mordiéndome el labio, y apenas pude responder:
—Gracias.
Le serví un plato con waffles y fruta, intentando ocupar mis manos para disimular. Pero cuando lo miré otra vez, estaba sonriendo. Y esa sonrisa… esa sonrisa era diferente. No era la sonrisa cortés que a veces mostraba en reuniones, ni la tierna que dedicaba a los niños. Era para mí. Solo para mí.
Y sentí que me derretía por dentro.
Se acercó despacio, con esa calma que lo caracterizaba, y cuando estuvo a mi lado, tomó mi mano. La atrajo hacia él con suavidad, y yo, casi sin darme cuenta, apoyé las manos en su pecho. Lo miré, sin atreverme a hablar.
—Lamento haberte besado así anoche —dijo en voz baja, con un rastro de culpa en los ojos—. No debería haberlo hecho sin tu consentimiento… pero no pude contenerme.
Lo miré sorprendida. Esa disculpa, ese intento de respetar lo que yo sintiera, me tocó en lo más profundo.
Sonreí apenas y respondí:
—No hay problema.
Sus labios se curvaron en un gesto casi imperceptible.
—Porque tú también lo querías —añadió, mirándome fijo.
No pude negarlo. El calor en mis mejillas lo delató. Y entonces, antes de que pudiera reaccionar, volvió a besarme. Esta vez con dulzura, como si quisiera detener el tiempo en ese instante. Y yo le respondí igual, sin reservas, sintiendo que el suelo desaparecía bajo mis pies.
Cuando se separó, apoyó su frente en la mía y susurró:
—Gracias por el desayuno.
Me acarició la mano antes de apartarse, y luego agregó:
—Esta noche tengo una cena importante. Varios socios estarán presentes porque debo presentar un proyecto. Nunca antes había hecho algo así, normalmente lo hacen otros en la empresa… pero esta vez me toca a mí. Quiero que estés allí, con los niños. Necesito tu apoyo.
Lo miré, sorprendida por la confianza que me estaba entregando.
—Claro que sí —respondí con ternura, sin pensarlo demasiado. Levanté una mano y, en un impulso, acaricié su rostro. Su piel era cálida bajo mis dedos—. No te preocupes, Maicol. Sé que lo harás bien.
Él cerró los ojos un instante, como si esa caricia lo hubiera desarmado más que cualquier palabra.
Cuando me aparté, sentí una calma extraña, una certeza que no había experimentado en mucho tiempo: lo bien que se sentía estar allí, en esa cocina, en esa casa. No era solo él. Eran también los niños. Pía con su alegría desbordante, Teo con su reserva tierna… todos ellos habían ido conquistando un espacio en mi corazón sin que me diera cuenta.
Y lo más fuerte de todo era que yo no quería resistirme.
Enorabuena autora tu historia me parecio una gran historia de amor. Al estilo que antes se usaba antes que viniera la tecnologia. Una mirada aqui otra mirada alla. Y el amor creciendo entre ellos aun ritmo lento pero bien firme. Donde todo el miedo desaparece cuando las personas implicadas acepta como todo lo que es Amor del mas dulce