En el continente de Saderia, un lugar mágico, hermoso y medieval todas las razas de seres convivían en paz. Pero la raza de los dragones por su prepotencia , decidieron ellos ser la raza dominante y comenzó una guerra con los humanos, elfos, trolls y Orcos gigantes. Cuando los dragones estuvieron a punto de ser derrotados la reina de los dragones hizo un ritual y creó en el círculo del fin al primer y único sangre de Dragon conocido como El Oscuro. Este ser salvó a los últimos 4 dragones y los repartió por todo el continente. 100 años después un joven llamado Reinders es la primera reencarnación de El Oscuro el cual se encuentran de casualidad uno de los cuatro dragones en una chica ,comenzó así su aventura , su enfrentamiento con su destino.
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CAPÍTULO 11: EL FUEGO QUE TODO LO CONSUME.
El silencio que siguió al choque entre Drop y Chin fue más pesado que el estruendo del acero. El campo de batalla había quedado convertido en una cicatriz: tierra quemada, fragmentos de runas flotando como brasas en el aire y cuerpos exhaustos de ambos bandos mirando el cielo gris. Nadie ganó. Nadie perdió. Solo quedó la certeza de que la guerra aún no había mostrado su verdadero rostro.
Las Runas Rúnicas, al perder el equilibrio de sus fuerzas, se dispersaron por el continente como luces fugaces. Una de ellas cayó del firmamento como una lágrima de fuego, atravesando montañas y mares, hasta incrustarse en las murallas doradas del Reino Humano de Astrea.
Los sabios dijeron que era un presagio. Los soldados, que era una bendición. los más viejos, que era una condena.
Después de que su principales objetivos se dispersan Chin Gigante llenó de ira por hacer un trabajo y una guerra por nada, decide retirarse a su reino con su gente.
- Esto fue una pérdida de tiempo para mi- Exclamó el Gigante con voz de trueno.
Las tropas de Chin se replegaron los humanos ciertamente más exhausto respiraron nuevamente. Así la primera parte de la guerra terminó Reinders, Drop, las chicas y el ejército se retiraron también a su campamento y celebraron que lograron librar la batalla aunque sólo sea por causa de la propia naturaleza de las cosas.
Desde las nieves del norte, Chin, el Rey Gigante, observaba el horizonte con sus ojos como glaciares rotos. La derrota le había dejado una marca invisible en el alma, una mezcla de furia y vergüenza.
—No volveré a empatar ante un humano —gruñó mientras su voz hacía temblar las torres heladas de su reino—.
Esta vez… iré yo mismo.
Detrás de él, una sombra enorme emergió: una criatura cubierta de tatuajes rúnicos y piel verdosa.
Era el Chamán Trol, el arma secreta de los gigantes.
Sus ojos eran dos antorchas verdes, y cada palabra suya distorsionaba el aire como si hablara desde otro mundo.
—Las runas despiertan, mi señor —susurró con voz doble, mitad humana, mitad demoníaca—. La que cayó en Astrea… atraerá la sangre.
Chin asintió.
—Entonces marcharemos. Y haremos arder a los humanos en su propio fuego.
En Astrea, los campanarios repicaban con urgencia. Los mensajeros iban y venían con noticias del norte.
En la fortaleza principal, Drop observaba un mapa sobre la mesa, rodeado por sus oficiales. Su rostro serio reflejaba el cansancio de la batalla anterior, pero también una decisión inquebrantable.
—Chin viene hacia aquí —dijo sin levantar la voz—. Esta vez no envía emisarios. Viene con todo.
Una capitana tragó saliva. —¿Y nosotros, mi general?
Drop levantó la mirada. —Nosotros… también iremos con todo.
Pero antes de marchar, Drop tenía una misión personal.
- Tu eres solamente una piedra sin pulirse, una cabra loca y desbocada. Antes de hacer un combate final debes de mejorar, yo te haré mejorar. - Dijo el capitán de los Caballeros con una mirada de reto hacia el chico.
En los patios de la fortaleza, Reinders se encontraba de pie, sudando, con el torso descubierto. Frente a él, una línea de fuego azul ardía en el suelo, girando como una serpiente viva.
—Otra vez —ordenó Drop.
—Ya lo intenté veinte veces, Viejo estúpido.
—Veintiuna no te matará. Si te mata, al menos morirás brillante. Y si vuelves a decir eso último no te quedará cabeza con la que pensar.
Reinders resopló. —¿Así entrenas a tus hombres o los cocinas?
Drop alzó una ceja. —Depende del sabor que tengan al final.
El fuego azul volvió a aparecer, pero inestable, chispeando y consumiendo el aire como si se resistiera a ser dominado. Drop caminó lentamente hasta situarse frente al joven, su presencia imponía respeto.
—Escúchame bien, Reinders. El fuego azul no es una llama común. No obedece a los músculos… ni al poder. Es parte de ti es tu herencia es algo que tienes que usar como una extensión de tu cuerpo, aquel del que surges seguramente lo utilizaba así.
Reinders lo miró, confundido.
—Entonces… ¿qué debo usar?
Drop colocó dos dedos sobre su pecho.
—Tu voluntad. Esa llama se alimenta del odio o del propósito. Si la enciendes solo para destruir, se volverá contra ti consumiráa tu enemigo si pero hará lo mismo contigo. Pero si la usas con el propósito con la que fueron creadas … te seguirán hasta el fin del mundo y será tu cuerpo tu espada y tu escudo.
Reinders cerró los ojos.
Por un momento, todo el ruido desapareció. Recordó a sus amigos heridos, a Creta riendo en medio del combate, observó al reino al borde de la ruina… Y entonces, la llama azul despertó suavemente en su mano. Era pura, constante, tranquila.
Drop sonrió de lado.
—Bien. Ahora hazlo otra vez, pero sin parecer que vas a llorar.
—¡Viejo tirano! —refunfuñó Reinders, riendo.
—¿Qué dijiste?
—Nada, señor… solo que el fuego se ve bonito hoy.
—Eso pensé.
El aire se llenó de risas y chispas.
Mientras tanto, Creta volaba sobre el campo de Astrea montada en su wyvern. El viento le azotaba el rostro y su lanza brillaba bajo la nieve. Desde lejos, las montañas retumbaban. El ejército de Chin había llegado. Los gigantes avanzaban como un maremoto de acero y piel. En el centro, el Chamán Trol invocaba tormentas de energía rúnica.
Creta aterrizó frente a ellos, su pequeña figura comparada con las bestias colosales parecía un milagro de valentía. Pero ellos la reconocían era el Dragón que había derrotado a casi todos los Dedos de Chin ella sola, eso asía que los Trols la tomarán con calma.
—Si quieren llegar al reino —gritó levantando su lanza
—, ¡tendrán que pasar sobre mi cadáver!
El primer golpe de Chin hizo temblar el suelo.
El aire se cortaba con cada rugido. Creta esquivaba, atacaba, caía, se levantaba. El tiempo se volvió eterno. En su forma de Emperatriz dragón podría aguantar perfectamente un combate contra Chin o incluso intentar derrotarlo pero este estaba siendo asistido por el Chamán
Hasta que una de las manos del Gigante la golpeó y la lanzó a través del campo, destrozando árboles y roca. Sangre, y fuego.
Chin levantó su maza, dispuesto a aplastarla.
—Tu valor no cambia nada, humana.
Entonces, una voz retumbó desde el cielo.
—Tal vez no lo cambie… pero no está sola.
El firmamento se encendió con un resplandor ardiente. Una lluvia de fuego azul descendió, marcando el regreso del grupo de Astrea. Drop, montado en su corcel blanco, lideraba la carga.
A su lado, Reinders avanzaba envuelto en una llama viva, sus ojos reflejaban el poder que ahora dominaba. Lo usaba como bolas de fuego pequeñas , grande, llamarada, muros , con golpes , en las espadas de sus compañeros, parecía que podría hacer lo que fuera con su fuego.
Las otras chicas —Mar , Elsa, Estu y los caballeros — llegaban detrás, formando una estela de energía.
Creta, herida pero viva, sonrió.
—Tardaron…
Drop bajó la espada. —Tú pediste que te diéramos algo de tiempo, ¿no?
Reinders extendió su mano cubierta por el fuego azul y le dio poder a Creta para que pudiera levantarse nuevamente y luchar , luego levantó su mano con fuego hacia donde estaba el Chamán.
—Hora de devolver el favor.
El suelo tembló. Los cielos rugieron. Y así comenzó el enfrentamiento final… El Fuego que Despierta iluminó el destino.