Ella no necesita que la rescaten.
Él no cree en el amor.
Luciana Ríos es una mujer que manda. Jefa en su oficina, independiente y acostumbrada a tomar decisiones que otros solo se atreven a sugerir. No depende de apellidos ni de fortunas ajenas… y jamás pensó convertirse en la esposa de nadie.
Alexander Montclair es el hombre más poderoso del continente. Exmilitar, magnate y heredero de un imperio que no admite errores. Frío, reservado y meticuloso, su vida se rige por contratos, reglas y control absoluto.
Un encuentro inesperado los enfrenta.
Un acuerdo los une.
Un matrimonio por contrato lo cambia todo.
Mientras una influencer caída en desgracia intenta recuperar el estatus que perdió, y un exnovio poderoso se consume entre celos, secretos y traiciones, Luciana descubre que ceder el control no siempre significa perder el poder… especialmente cuando el hombre que intenta dominarla es el único capaz de mirarla como un igual.
En un mundo donde el dinero compra silencios y los contratos
NovelToon tiene autorización de N. Garzón para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 19
Alexander.
La luna de miel se suponía que era un paréntesis.
Un espacio cuidadosamente diseñado para fingir normalidad, para venderle al mundo la imagen de una pareja recién casada disfrutando del lujo, del descanso, del silencio. Yo mismo había elegido el lugar por eso: aislamiento elegante, seguridad invisible, cero improvisaciones.
Lo que no había calculado era lo difícil que sería desconectar de Luciana.
Desperté antes que ella. Como siempre. La observé dormir unos segundos más de lo prudente. Su respiración era tranquila, confiada, y eso me produjo una mezcla incómoda de orgullo y alerta. Nadie había dormido así a mi lado en años. Nadie había bajado mis defensas de esa manera.
Cuando despertó, no hubo timidez. No hubo torpeza. Solo esa mirada directa que tenía cuando ya había tomado una decisión.
El sexo volvió a ser intenso, distinto al de la noche anterior. Menos urgencia, más control. Más conocimiento mutuo. Luciana no pedía permiso, pero tampoco invadía. Yo no dominaba; guiaba. Fue silencioso, profundo, peligrosamente bueno.
Después, permanecimos juntos, piel con piel, mientras el sol entraba por la terraza. Pensé que tal vez podía permitirme unas horas sin guerra.
Tal vez.
Mi teléfono vibró.
Luciana no se apartó. Al contrario, apoyó la cabeza en mi pecho.
—Es Rodrigo —dijo, no como pregunta, sino como afirmación.
—Sí.
—¿Y Bárbara?
—También.
No suspiró. No se tensó. Sonrió apenas.
—Cometieron un error —murmuró.
La mire.
—Eso me dijiste ayer. Aún no me has explicado cuál.
Se incorporó lentamente, tomó la bata y caminó hacia la terraza. No huyó de la conversación; la colocó en su terreno.
—Rodrigo cree que exponerme me debilita —dijo—. Cree que me va a poner a la defensiva. Que voy a esconderme detrás de ti.
—¿Y no lo harás?
Se giró hacia mí, apoyándose en la baranda.
—No. Voy a hacer exactamente lo contrario.
Fue entonces cuando entendí que yo no era el único estratega en esta relación.
Me explicó su plan con una claridad quirúrgica. No iba a negar su pasado. No iba a borrar la información. Iba a reencuadrarla. Mostrar contexto. Controlar el relato. Usar su propia voz antes de que otros la usaran por ella. Y lo haría de forma legal, pública y elegante.
—Rodrigo juega a ensuciar —dijo—. Yo juego a iluminar.
La observé en silencio. Cada palabra confirmaba algo que ya intuía: Luciana no necesitaba protección ciega. Necesitaba respaldo estratégico.
—Te van a atacar con más fuerza —le advertí.
—Lo sé.
—Y si fallas…
—No fallaré.
Esa seguridad. Esa calma peligrosa. Me recordó a mí mismo en otro tiempo. Antes de aprender que el poder siempre cobra intereses.
—Entonces lo haremos juntos —dije finalmente—. Pero con reglas claras.
Se acercó. Me tomó del mentón con suavidad.
—Siempre y cuando no intentes salvarme sin preguntarme —respondió.
Sonreí. Apenas.
—Trato hecho.
El resto del día fue una coreografía extraña entre placer y estrategia. Piscina, miradas largas, manos que se encontraban sin necesidad de palabras… y llamadas cifradas, movimientos discretos, órdenes precisas. El contraste era absurdo. Y adictivo.
Esa noche, el sexo fue distinto otra vez. Más lento. Más cargado. Como si ambos supiéramos que ya no se trataba solo de deseo. Era complicidad. Era elección.
Cuando Luciana se quedó dormida, volví a revisar los reportes. Rodrigo había reaccionado exactamente como ella predijo: impulsivo, confiado, adelantando un segundo movimiento sin confirmar el terreno.
Un error de principiante.
Cerré la pantalla y miré a a mi esposa.
Luciana Ríos de Montclair, envuelta en las sábanas blancas, ajena —por ahora— al movimiento que acababa de confirmarse.
El reporte era claro.
Rodrigo no solo había reaccionado.
Había acelerado.
Había activado un contacto que yo creía enterrado, alguien que no pertenecía al mundo empresarial ni mediático, sino a otro mucho más oscuro. Uno que no juega con titulares ni filtraciones, sino con consecuencias irreversibles.
No era un ataque contra mis empresas.
No era una jugada legal.
Era una advertencia personal.
Me levanté con cuidado para no despertarla. Desde la terraza, marqué un número que no usaba desde hacía años.
—Es ahora —dije apenas contestaron—. No mañana. No después de la luna de miel.
—¿Confirmado? —preguntaron al otro lado.
Miré hacia la habitación, hacia Luciana.
—Confirmado —respondí—. Y esta vez… ella está dentro.
Colgué.
Porque Rodrigo acababa de cometer el único error que no perdono.
Convertir a Luciana en un objetivo.
Y cuando eso sucede, la guerra deja de ser estratégica.
Se vuelve definitiva.
déjense de tanto juego 🤦🏼♀️
a cuidarse las espaldas /Shy//Slight/