Renace en la novela que estaba leyendo y en el personaje que más odiaba.. Pero, dispuesta a cambiar su destino.
* Historia parte de un universo mágico.
** Todas novelas independientes.
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Mansión Evenson
El cielo estaba cubierto de nubes suaves, de un gris perlado que parecía respetar el luto de la casa Evenson. Frente a la enorme entrada principal, con sus columnas de mármol y puertas imponentes, se habían reunido todos los trabajadores de la mansión.. mayordomos, cocineras, jardineros, criadas, ayudantes de establo… todos en silencio, formando filas ordenadas.
Algunos la habían visto solo una vez.. el día de la boda.
Otros apenas la conocían por rumores.
Y todos, sin excepción, la miraban ahora con una mezcla de lástima y curiosidad.
La puerta se abrió.
Florence Evenson salió.
Pero no era la joven frágil que esperaban ver. No era la viuda que llevaba un mes encerrada llorando. Era una duquesa.
Su vestido negro, sencillo pero impecable, caía con elegancia. Su espalda estaba recta. Su mirada, calmada pero firme. Caminó hasta el centro de la escalinata, con pasos medidos, y se detuvo allí, dejando que el silencio se asentara.
Podría jurar que, entre la multitud, algunos intercambiaron miradas nerviosas. Sabía por qué.
Entre ellos estaban aliados de Jason. Personas que conocían la verdad. Que sabían que su esposo no estaba muerto.
Florence respiró suavemente y habló..
—Gracias por venir.
Su voz no tembló. Era suave… pero segura. Cada palabra caía con el peso exacto que debía tener.
—Sé que este último mes no ha sido fácil para ninguno de nosotros… Hemos perdido a alguien importante para todos.. y sobre todo para el reino, el duque Jason Evenson.
Un murmullo contenido recorrió la fila. Ella lo ignoró.
—Les agradezco profundamente su dedicación. El hogar ha seguido funcionando gracias a ustedes, y valoro cada esfuerzo que han hecho.
Hizo una pausa. Los miró uno por uno. Algunos bajaron la vista. Otros la observaron, atentos.
Florence enderezó aún más los hombros.
—Pero ahora, es momento de mirar hacia adelante.
El viento agitó ligeramente su falda.
—A partir de hoy, yo soy la duquesa Evenson. No solo de nombre… sino en funciones. Soy la señora de esta casa. La responsable de estas tierras. La cabeza de este linaje mientras el título continúe en mis manos.
Las palabras “la señora de esta casa” resonaron con fuerza.
Ella sabía que había quienes, en secreto, esperaban que la familia política tomara control. O que la viuda joven sería una figura decorativa. No esta vez.
—Sé que habrá cambios.. Cambios que asegurarán que la casa Evenson siga prosperando… y que todos los que trabajan aquí lo hagan en condiciones justas y respetuosas.
Miró brevemente hacia Molly, que estaba de pie a un lado, con el corazón latiendo en el pecho.
—Espero que continúen con su excelente labor.. Yo, por mi parte, me comprometo a cumplir mis responsabilidades como duquesa con rectitud.
Y entonces su tono cambió, apenas perceptible… volviéndose más firme.
—Pero también quiero que quede claro lo siguiente.. yo seré quien dirija esta mansión. Quien no esté dispuesto a respetar eso, o a aceptar que yo soy ahora la autoridad legítima de la casa Evenson… no será obligado a quedarse.
Algunos rostros se tensaron. Otros se sorprendieron.
Florence continuó, sin titubear..
—En ese caso, pueden hablar con mi doncella, Molly. Se les pagará todo lo que corresponda según las leyes del reino, sin represalias ni malos tratos.
Silencio absoluto.
Había hablado con elegancia, sin amenazas. Pero el mensaje era claro como el cristal.
Ella sabía que, entre esos trabajadores, había ojos que espiaban para Jason. Personas que creían que ella era una pieza en el tablero. Y ese discurso, más que para todos, era para ellos.
Para decirles.. “No me subestimen.”
Hizo una leve reverencia de agradecimiento.
—Eso es todo por ahora. Muchas gracias por su tiempo.
Y entonces, mientras los trabajadores inclinaban la cabeza en señal de respeto, comprendieron que algo había cambiado en la mansión Evenson.
La joven viuda ya no era una sombra temblorosa en su habitación.
Era la duquesa.. Y el mundo… tendría que acostumbrarse a ello.
Mas tarde, la tarde cayó lentamente sobre la mansión Evenson, tiñendo los ventanales de un dorado tenue. El ambiente había cambiado desde la mañana.. ya no era solo una casa en luto, sino un territorio que estaba siendo reclamado.
Florence.. con la misma serenidad imperturbable que había mostrado en la reunión.. se sentó en el despacho principal del duque. El despacho de Jason.
Era una habitación amplia, con estanterías repletas de libros encuadernados en cuero, mapas del reino y un imponente escritorio de madera oscura que alguna vez había simbolizado poder…
Ahora, simbolizaba control.
La puerta se abrió. Entraron dos hombres de mediana edad acompañados por un escribano joven. Vestían ropas sobrias, propias de los contadores del ducado, y la saludaron con ceremoniosa prudencia. La lástima seguía allí, pero ahora estaba teñida de respeto.
—Su Gracia, Duquesa Evenson —dijo el mayor de ellos, inclinando la cabeza—. Agradecemos que nos haya convocado.
Florence les indicó que tomaran asiento. Sus manos permanecieron tranquilas sobre el escritorio, pero su mente era un torbellino frío y ordenado.
Era el momento.
—He pedido su presencia —comenzó, con una voz clara y perfectamente medida— porque deseo revisar en detalle el estado actual de los negocios del ducado. Ingresos, egresos, inversiones, movimientos de dinero… todo.
Los hombres intercambiaron una breve mirada.
—Por supuesto, Su Gracia —respondió el contador mayor—. Como comprenderá, el fallecimiento del duque…
—a que, a raíz de este lamentable evento, me corresponde asumir plenamente la administración de las propiedades y finanzas Evenson. Y quiero hacerlo con plena claridad.
Los contadores asintieron, algo incómodos, pero continuaron. Sacaron libros contables, informes, mapas de propiedades, listas de comercio. Empezaron a hablar de rutas mercantiles, producción agrícola, arrendamientos, tributos y contratos.
Florence los escuchaba con paciencia impecable.
Pero lo que de verdad buscaba era otra cosa.
Porque ella sabía.
Sabía que Jason Evenson no estaba muerto.
Sabía que había fingido su muerte para infiltrarse entre facciones rebeldes que planeaban una revolución contra la corona. Sabía que, en su papel de noble honorable, había considerado que ese sacrificio era justo.
Y en su ecuación perfecta…
Ella había sido un daño colateral aceptable.
La joven esposa que quedaba llorando..
Una pieza en el tablero.
Sus dedos se cerraron lentamente sobre el borde del escritorio. Nadie lo notó.
Mientras los contadores detallaban cifras, ella hacía preguntas claras, incisivas. Sobre transferencias recientes. Sobre desviaciones mínimas. Sobre gastos que parecían rutinarios… pero no lo eran.
Y empezó a ver el patrón.
Pequeñas cantidades, pero constantes. Movimientos sutiles hacia cuentas secundarias. Fondos supuestamente destinados a “operaciones exteriores” y “contactos estratégicos”.
Dinero del ducado.
Dinero de ella.
Que Jason o quienes lo ayudaban estaban usando.
La sangre le hirvió por un instante, pero su rostro permaneció sereno.
Porque sí… podía entender intelectualmente los motivos de Jason.
Salvar el reino. Desmantelar una revolución. Proteger la estabilidad.
Todo muy noble. Muy heroico.
Pero en ese heroísmo arrogante, jamás había pensado en ella.
En la mujer a la que dejó viuda.
En la vida que destruyó.
En la dignidad que se llevó con su mentira.
La Florence original lo había amado ciegamente.
Ella no.
Ella apoyó suavemente la espalda en el sillón, y con una calma que helaba la sangre..
—A partir de hoy, toda operación financiera del ducado requerirá mi autorización directa. Ninguna transacción externa se realizará sin mi firma. Quiero informes semanales. Detallados.
Los contadores parpadearon, sorprendidos.
—Por supuesto, Su Gracia… —respondieron casi al unísono.
Florence sonrió. Elegante. Implacable.
Porque si Jason Evenson creía que podía desaparecer cinco años mientras seguía moviendo los hilos de su mundo… esta vez tendría que vérselas con ella.
Y sinceramente… ya no le importaba qué sería de él.
Su vida ya no giraba alrededor de Jason ni de su gran causa.
Ahora ella era la duquesa Evenson.
Y tenía todo el derecho y el poder de protegerse.
De reconstruirse.
De mandar.
El tablero había cambiado.
Y ella ya no era la pieza sacrificable.
Era la jugadora.