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Esposa en Alquiler

Esposa en Alquiler

Status: Terminada
Genre:Romance / Madre por contrato / Completas
Popularitas:3.3k
Nilai: 5
nombre de autor: iraurah

Daniela aceptó un matrimonio arreglado para salvar de la ruina la casa hogar donde creció. A cambio recibió un esposo que la desprecia, una amante instalada bajo su mismo techo y una orden cruel: llamarlo «señor» y obedecer sin hacer preguntas.

Pero Gael todavía puede rebajarla más. Para cerrar un lucrativo negocio, alquila a su propia esposa durante seis meses y la entrega a Alberto Kaleo, un poderoso CEO acostumbrado a conseguir todo lo que desea. Daniela pasa de ser una esposa ignorada a convertirse en la mujer de alquiler de otro hombre, atrapada en un acuerdo que también pone su cuerpo y su libertad en manos ajenas.

Alberto, sin embargo, no la trata como una mercancía. Entre cuidados, deseo y una ternura que Daniela nunca conoció, el contrato comienza a transformarse en algo mucho más peligroso. Y cuando ella queda embarazada del hombre que la alquiló, Gael comprende demasiado tarde que entregó a su esposa... y que ahora podría perderla para siempre.

Entre celos, arrepentimientos y secretos familiares enterrados bajo apellidos de oro, Daniela tendrá que decidir si vuelve con el hombre que la vendió, si confía en quien pagó por tenerla o si, por primera vez, se elige a sí misma.

¿Cuánto cuesta una esposa que nadie valoró? ¿Y qué sucede cuando la mujer que todos trataron como mercancía decide que ya no está en venta?

NovelToon tiene autorización de iraurah para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La casa de Alberto

Durante el trayecto en el auto no cruzaron palabra. Daniela lloró en silencio, sin un sollozo, mientras Alberto manejaba concentrado hasta detenerse en el patio de su casa.

Bajaron y entraron.

Daniela fue recorriendo con la vista cada rincón de aquella mansión mientras seguía a Alberto un paso atrás, hasta que llegaron a una habitación amplísima, nada que ver con el cuartito que tenía en casa de Gael.

—Daniela, esta es nuestra habitación —anunció Alberto, de pie frente a ella.

—¿N-nuestra habitación? —balbuceó.

—Sí, nuestra. Vas a dormir conmigo.

—Pe-pero...

—¿Qué pasa? ¿Pensabas dormir en un cuarto aparte? —la miró con ojos inquisitivos, y a ella se le fueron las ganas de protestar.

—N-no —respondió tartamudeando, y bajó la cabeza.

Alberto sonrió al ver cómo bastaba una mirada para que ella obedeciera. Le levantó la barbilla para que lo mirara.

—No tengas miedo. No soy un hombre malo como tu marido —le soltó la barbilla.

—Date un baño antes de dormir. Yo estaré un rato en mi despacho —dijo, y caminó hacia la puerta.

Antes de salir se dio la vuelta.

—Y una cosa más: no te pongas la ropa que trajiste —señaló el bolso—. Usa la que dejé preparada en el armario.

Salió rumbo al despacho.

Daniela se quedó en el mismo sitio, mirando su bolso. Lo dejó en el suelo y se acercó al armario.

Al abrirlo encontró una infinidad de prendas femeninas colgadas y se le desorbitaron los ojos. Todo era diminuto, de telas finísimas. Fue pasando una percha tras otra en busca de algo que cubriera un poco más, algo que pudiera ponerse sin morirse de vergüenza.

No había nada. No le quedó otra que sacar su propio pijama del bolso, porque ni muerta se pondría lo que había allí colgado.

Entró al baño y se duchó. Al salir, ya llevaba su pijama.

Se sentó frente al tocador, se peinó el cabello largo y, cuando lo dejó en orden, volvió a poner el cepillo en su lugar.

Y entonces se quedó quieta, sin saber qué hacer. ¿Se acostaba y ya? Eran las once de la noche. Pero ¿dónde? Tenía miedo de que Alberto no le permitiera usar la cama.

Al final prefirió esperar en el sofá.

Pasó unos veinte minutos allí, sentadita, aburrida hasta la desesperación. Le habría encantado encender la tele para distraerse, pero temía que él lo tomara por atrevimiento: tocar sus cosas en su habitación...

Clic.

La puerta se abrió y apareció Alberto.

A Daniela se le subieron los nervios de golpe. El corazón le latía como si hubiera corrido un maratón, pero se esforzó por aparentar calma y disimular.

Alberto caminó hasta el sofá y arqueó las cejas al ver cómo iba vestida.

—¿De quién es esa ropa?

—E-es mía... —alcanzó a decir.

—¿No te dije que no usaras tu ropa? Ponte lo que dejé en el armario —replicó él, con tono firme.

—Pe-pero es muy transparente, no puedo ponérmelo —aunque las palabras de Alberto la asustaban, intentó explicarse.

—No es que no puedas. Es que no quieres —la corrigió.

Fue hasta el armario, tomó un camisón blanco y se lo tendió.

—Toma, ponte este. Y no vuelvas a rechazar lo que te ordeno.

Daniela lo recibió con duda y se encerró en el baño para cambiarse.

Dentro, se quedó boquiabierta al ver el camisón: finísimo, casi transparente. Hizo una mueca de pena al pensar que tenía que ponerse algo así.

No tuvo opción. Se quitó el pijama, se lo puso y, al verse en el espejo, se avergonzó de sí misma. La mujer del reflejo no parecía ella, sino una de esas mujeres seductoras que había visto alguna vez.

Mientras tanto, Alberto, ya con su ropa de dormir, estaba recostado en la cama y empezaba a extrañarse: llevaba treinta minutos y ella no salía del baño.

Se levantó y golpeó la puerta.

Toc, toc, toc.

—Daniela, ¿qué haces? ¿Por qué tardas tanto? —gritó desde el otro lado.

Ella se sobresaltó.

—S-sí, un momento.

—¡Date prisa! —Alberto volvió a la cama y se apoyó contra el cabecero.

Clic.

Daniela salió con la cabeza gacha, tapándose el pecho con los brazos.

—¿Por qué te quedas ahí parada? Ven —Alberto dio unas palmadas en el colchón, a su lado.

Ella caminó hacia la cama y se detuvo apenas llegó junto a ella.

—¿Qué tienes en los brazos? —preguntó al ver que seguía cubriéndose.

Daniela negó con la cabeza, rápido.

—No te tapes así. No me gusta —ordenó, como si hubiera adivinado lo que ella hacía.

Despacio, Daniela fue soltando los brazos y...

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