Camila y Luciano son grandes amigos desde pequeños, ambos se quieren como hermanos, pero las trampas y envidia de una mujer perversa hacen que dos amigos, unan sus vidas por el bienestar de una inocente.
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Su último suspiro, mi promesa eterna
Soy Emiliano Ferrari Soler, tengo 25 años, dicen que lo tengo todo: clínicas reconocidas en cada rincón del mundo, laboratorios propios, industrias, inmobiliarias, yacimientos de petróleo, piedras preciosas, una fortuna que parece no tener fin, pero les aseguro que nada de eso vale nada, porque me arrebataron lo único que realmente llenaba mi vida.
LES CUENTO PARTE DE NUESTRA HISTORIA
Conocí a Camila en casa de Luciano, mi mejor amigo desde la infancia, ella era hija adoptiva de la nana, sí, de condición humilde, pero tenía un alma tan noble, dulce y brillante que superaba con creces a cuanta gente rica y altiva que conocí jamás.
Mis padres salieron de la pobreza para construir todo lo que tenemos, y me enseñaron bien, el amor no mira apellidos ni riquezas, solo mira el corazón, Por eso la amé sin dudas, sin prejuicios, con toda la sinceridad del mundo, le confesé lo que sentía, ella me correspondió feliz, y juntos trazamos cada sueño, terminar nuestros estudios, construir una casita acogedora, llenarla de risas, envejecer de la mano, creíamos que nada podría separarnos.
Pero la maldad existe y acecha, una trampa cruel, urdida por Lourdes, lo destruyó todo, la hallaron junto a Luciano, bajo efectos de algo que les quitó el juicio, sin voluntad propia.
Los padres de mi amigo, ciegos por el orgullo y las apariencias, no quisieron escuchar explicaciones, los echaron, humillaron, los separaron de todo lo conocido, Luciano decidió acompañarla, quedarse a su lado porque descubrió que la amaba y mi corazón se partió en mil pedazos, me dolió profundamente, sentí que mi mejor amigo me había quitado mi gran amor, que mis sueños se desvanecían para siempre.
Con el alma herida y sin fuerzas para quedarme viendo su nueva vida, me fui al extranjero, me dediqué a estudiar, perfeccionarme hasta ser el mejor médico, como si el trabajo pudiera ahogar la tristeza. Meses después, recibí la inmensa herencia de mis abuelos y padres, todo ese poder y riqueza que hoy poseo, pero ninguna fortuna logró borrarla de mi mente ni de mi pecho.
Cuando me enteré que esperaba una hija, mi alegría se mezcló con melancolía, supe entonces que no fue culpa suya, nunca fue ella la culpable, todo lo malo nació de la envidia y crueldad de Lourdes, juro que pagará cada lágrima, cada dolor, hasta lo que hizo hoy.
Regreso de Luxemburgo, hoy se inaugura un nueva área de pediatría, mi donación viene, porque gracias a ese hospital y los profesionales de esa área, Camila sobrevivió cuando era una bebé recién nacida.
Llego directo al Hospital Nacional de la ciudad, al entrar, el alboroto y gritos me helaron la sangre, allí estaba Luciano, doblado por el llanto, desesperado, agarrándose la cabeza como si quisiera romper con su propio dolor y en la camilla, cubierta de sangre, la reconocí al instante: era Camila, mi dulce Camila.
El mundo se detuvo, el aire me faltó y el corazón me golpeó desbocado contra las costillas. Corro hacia ellos, me identifico y ordeno hacerme cargo de su atención médica, los colegas me cedieron el lugar, aunque se quedaron cerca, conscientes de lo delicado que era todo.
Luché con todas mis habilidades, detuve la hemorragia con esfuerzo, apliqué todo lo que sabía, pero al final tuve que aceptar la verdad más amarga, su cuerpo estaba demasiado herido, ya no había nada que pudiera salvarla a ella.
—Doctor Ferrari, lamentablemente es imposible revertir las lesiones — Me dice en voz baja el médico que me acompañaba.
— Solo queda intervenir para extraer y salvar al bebé.
_ Escucho a Camila, entre suspiros débiles y casi sin voz, ella murmura mi nombre.
—Emiliano, mi Emiliano.
_ Me inclino cerca de su rostro, aparto mechones de cabello de su frente y respondo con voz que temblaba de puro dolor:
—Aquí estoy, mi cielo, estoy contigo, no te dejaré sola.
_ Sus ojos me miraron con ese cariño que nunca se apagó, y me regala sus últimas palabras, que se me quedarán grabadas para siempre:
—Te amo y te amaré eternamente, este corazón siempre será tuyo, Por favor dona mis órganos, que sigan dando vida a otros que lo necesiten, que mi niña se quede con Luciano, él es su padre, aunque me traiciono, amo a mi bebé, aunque no es fruto del amor, el es su padre y sabrá cuidarla._ Murmura Camila.
La veo cerrar los ojos lentamente, su respiración se apaga entre mis manos, Fui yo quien recibió por primera vez a su pequeña hija de Camila, ella es frágil y lloraba de seguro presintiendo que su madre se había ido, una vida nueva nacida en medio de la muerte y tristeza.
La entrego con ternura al equipo médico, para su cuidado y doy estricta orden cumpliendo su último deseo, que cada órgano fuera entregado correctamente para dar esperanza y vida a quienes luchaban por ella.
Me quedo solo en ese frío pasillo, con todo el poder, dinero y conocimientos del mundo y no pude salvar al amor de mi vida, ahora me siento tan vacío que duele respirar.
—Te lo prometo, Camila —susurro mirando al cielo, mis lágrimas por fin caen por mis mejillas.— Nadie quedará impune. Lourdes pagará con creces cada daño, cada mentira, tu sufrimiento y tu muerte.
Cuidare desde lejos a tu hija, velaré por ella y haré justicia aunque tenga que enfrentarme a quien sea.
Mi vida ya no tiene brillo ni alegría verdadera, pero ahora tengo un propósito firme, honrarla, cumplir lo prometido y asegurarme de que jamás nadie vuelva a lastimar a quienes ella amó.