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Nadie Lloró Por Ella.

Nadie Lloró Por Ella.

Status: Terminada
Genre:Policial / Escena del crimen / Casos sin resolver / Completas
Popularitas:2.1k
Nilai: 5
nombre de autor: SugarBloom

Hay secretos que deberían permanecer enterrados. Y verdades que pueden destruirte.

Cuando un crimen sacude la tranquilidad de un pueblo donde todos parecen conocerse, una joven queda atrapada en un juego de mentiras, sospechas y traiciones. Cada pista conduce a una nueva pregunta, cada sospechoso oculta algo y cada respuesta parece alejarla aún más de la verdad.

En medio del caos, un enigmático chico despertará su curiosidad… aunque confiar en él podría ser su peor error.

Todos tienen un motivo. Todos guardan un secreto. Pero alguien ha conseguido mantenerse un paso por delante de los demás, escondiéndose a plena vista.

Y cuando la verdad salga a la luz, desearás no haber sospechado de la persona equivocada.

Novela 100% mía, acepto correcciones🤞

NovelToon tiene autorización de SugarBloom para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

2. La persona equivocada.

La persona que mató a Olivia ya sabe que tienes la fotografía.

Leí el mensaje tantas veces que las palabras terminaron perdiendo su significado.

La persona que mató a Olivia.

No el asesino. No quien lo hizo.

La persona.

Podía ser una elección casual de palabras. Una forma de escribir. Una coincidencia insignificante a la que mi cabeza, desesperada por encontrar respuestas, estaba otorgándole demasiada importancia.

Pero había algo más.

Quien me había enviado aquellos mensajes conocía mi investigación sobre Mara Vidal. Sabía que había recibido la fotografía y, por alguna razón, quería que dejara de buscar conexiones entre las dos muertes.

Eso significaba que existía una conexión.

O que alguien estaba dispuesto a hacerme creer que existía.

Y, sinceramente, todavía no sabía cuál de las dos posibilidades me aterraba más.

—Abril.

La voz de Mateo me llegó desde algún lugar lejano.

No respondí.

Seguía observando la fotografía en la pantalla de mi teléfono. Cinco adolescentes frente al observatorio, diez años atrás. Mara sonreía en el centro, con una mano apoyada sobre el hombro de una chica que no conseguía reconocer.

Cuatro rostros visibles.

Una quinta persona parcialmente oculta detrás de una ventana.

Cinco adolescentes.

Cuatro personas que, según el mensaje que había recibido, todavía podían encontrarse en Santa Aurelia.

Y Gael Ferrer, que acababa de advertirme que dejara de investigar el caso de Mara.

—Abril, mírame.

Mateo se colocó delante de mí y chasqueó los dedos.

Parpadeé.

—¿Qué?

—Llevas un minuto mirando el teléfono sin moverte.

—Estoy pensando.

—Eso nunca termina bien.

Normalmente le habría contestado alguna estupidez, pero no tenía ganas de bromear.

Le mostré la pantalla.

Mateo leyó los mensajes en silencio. Su expresión cambió con cada línea, hasta que finalmente amplió la fotografía.

—¿De dónde salió esto?

—Me la enviaron.

—Ya sé que te la enviaron. Pregunto quién.

—Un número desconocido.

—¿Y tienes pensado contestarle?

—Todavía no.

—Bien.

—¿Bien?

—Sí, bien. Por una vez, me alegra que no hagas lo primero que te pasa por la cabeza.

Guardé el teléfono.

—Necesito averiguar quiénes son las personas de la fotografía.

Mateo soltó una risa seca, sin humor.

—Por supuesto que necesitas hacerlo.

—Mara murió hace diez años. Olivia acaba de aparecer muerta en el mismo pueblo y alguien está intentando relacionar ambos casos conmigo en el medio. No puedo fingir que no pasa nada.

—No te estoy pidiendo que finjas que no pasa nada. Te estoy pidiendo que no te metas en algo que podría ser peligroso.

—Ya estoy metida.

—Entonces sal.

Lo miré.

Mateo no solía hablarme de aquella manera. Podía discutir conmigo, llamarme obsesiva y recordarme que no todas las personas escondían secretos criminales, pero nunca me había pedido que abandonara una investigación antes de empezar.

Eso me preocupó más que sus advertencias anteriores.

—¿Qué no me estás contando? —pregunté.

Su mandíbula se tensó.

—Nada.

—Mateo.

—No todo es una conspiración, Abril.

—Y no todo es una coincidencia.

Nos quedamos en silencio.

A nuestro alrededor, los estudiantes seguían hablando del asesinato. Una chica lloraba junto a las escaleras. Alguien acababa de subir una fotografía de Olivia a las redes sociales, acompañada de un mensaje que pedía justicia. Dos profesores intentaban convencer a los alumnos de que regresaran a sus casas.

La vida continuaba con una normalidad que me parecía ofensiva.

Olivia estaba muerta.

Y, mientras nosotros discutíamos en el pasillo, alguien sabía exactamente por qué.

—Necesito irme —dije finalmente.

Mateo frunció el ceño.

—¿Adónde?

—A casa.

—¿Vas a investigar?

—Voy a pensar.

—Abril.

—No voy a hacer ninguna estupidez.

No pareció creerme.

La verdad era que yo tampoco.

Mi madre estaba en la cocina cuando regresé.

Tenía una taza de té entre las manos y la radio encendida a un volumen tan bajo que apenas se distinguían las palabras del locutor. Había dejado el desayuno preparado sobre la mesa, aunque ninguna de las dos tenía hambre.

Le conté que habían suspendido las clases.

No le conté lo de los mensajes.

Tampoco le enseñé la fotografía.

No porque quisiera mentirle, sino porque todavía recordaba su expresión cuando mencioné a Mara aquella mañana.

Mi madre sabía algo.

No tenía pruebas, pero estaba casi segura.

Y, después de aquella mañana, no podía permitirme confiar en casi nadie.

—¿Han dicho algo más sobre Olivia? —preguntó mientras se sentaba frente a mí.

—No.

—Qué tragedia.

Asentí.

Ella bajó la mirada hacia su taza.

—Era una chica muy joven.

—¿La conocías?

Mi madre tardó un segundo en responder.

—De vista.

—¿Y a su familia?

—A su madre. Nos conocemos desde hace años.

Me quedé inmóvil.

—Nunca me dijiste que conocías a la madre de Olivia.

—Santa Aurelia es un pueblo pequeño, Abril. Conozco a mucha gente.

Era cierto.

Pero aquella respuesta tenía la misma utilidad que decir que el agua estaba mojada.

—¿Cuándo la viste por última vez?

Mi madre levantó los ojos.

—¿A quién?

—A la madre de Olivia.

—Hace unos meses, creo.

—¿Dónde?

—En el supermercado.

Asentí lentamente.

Mi madre siempre había sido una mujer organizada, cuidadosa con las palabras y bastante buena recordando detalles. Sin embargo, desde que había mencionado a Olivia, parecía estar buscando cada respuesta en algún lugar al que no quería regresar.

—¿Por qué tantas preguntas? —dijo.

—Porque una chica está muerta.

—Eso no te da derecho a interrogar a todo el mundo.

—No estoy interrogando a todo el mundo.

—A mí sí.

Me recosté en la silla.

—Solo intento entender qué pasó.

—Entonces deja que la policía lo averigüe.

Otra vez la policía.

Otra vez aquella confianza automática en que las personas encargadas de encontrar respuestas siempre las encontrarían.

Pensé en Mara.

En el expediente cerrado.

En las declaraciones contradictorias que había conseguido leer años atrás.

En el informe que describía su muerte como un accidente sin explicar por qué algunos testimonios no coincidían.

—¿Tú crees que la policía hizo bien su trabajo con Mara? —pregunté.

El silencio que siguió fue tan largo que escuché el zumbido de la nevera.

Mi madre dejó la taza sobre la mesa.

—No vuelvas a abrir esa historia.

—¿Por qué?

—Porque ya terminó.

—Mara murió. Eso no significa que sepamos lo que pasó.

—¡Abril, basta!

Su voz resonó en la cocina.

Me quedé mirándola, sorprendida.

Mi madre nunca gritaba. Ni siquiera cuando yo había roto la ventana del salón jugando al fútbol a los diez años. Solía enfadarse en silencio, con esa manera suya de apretar los labios y ordenar la casa como si cada objeto fuera responsable de su mal humor.

Aquello era distinto.

Estaba asustada.

Y, de pronto, comprendí que tal vez no tenía miedo de que me ocurriera algo.

Tal vez tenía miedo de que yo descubriera algo.

—¿Conocías a Mara? —pregunté en voz baja.

Mi madre se levantó.

—Voy a trabajar.

—Es sábado.

Se detuvo junto a la puerta.

La observé con atención.

—¿Adónde vas?

—Tengo cosas que hacer.

Agarró su bolso y salió de la cocina sin mirarme.

Esperé hasta escuchar la puerta principal.

Después saqué mi cuaderno de la mochila.

En la primera página había escrito, con tinta roja, el nombre de Mara Vidal.

Debajo figuraban las fechas de los acontecimientos que había conseguido reconstruir durante los últimos años.

17 de octubre: última noche en que alguien afirmó haber visto a Mara.

19 de octubre: hallazgo de sus pertenencias.

22 de octubre: cierre oficial del caso.

Y ahora, diez años después, 17 de octubre: asesinato de Olivia Soria.

Abrí una página nueva.

Escribí:

PREGUNTA 1: ¿QUÉ OCURRIÓ REALMENTE EN EL OBSERVATORIO?

PREGUNTA 2: ¿QUIÉN APARECE DETRÁS DE LA VENTANA?

PREGUNTA 3: ¿POR QUÉ OLIVIA ESTABA INVESTIGANDO A MARA?

Me quedé observando la última pregunta.

Había algo que no encajaba.

Si Olivia había encontrado pruebas relacionadas con la muerte de Mara, ¿por qué había esperado tanto tiempo para hablar conmigo?

Y, sobre todo, ¿por qué había elegido hacerlo precisamente ahora?

Volví a mirar el teléfono.

El número desconocido seguía en la pantalla.

No sabía quién estaba al otro lado.

Pero esa persona conocía mi nombre, mis investigaciones y mis movimientos lo suficiente como para anticiparse a mis descubrimientos.

Tal vez incluso sabía dónde vivía.

Escribí una respuesta.

¿Quién eres?

Mi dedo quedó suspendido sobre la pantalla.

Podía ser una trampa.

Podía estar esperando que contestara para confirmar algo sobre mí.

Podía ser alguien que quería ayudarme.

O alguien que quería asegurarse de que siguiera exactamente el camino que había preparado.

Borré el mensaje.

Todavía no.

Primero necesitaba saber quiénes eran las personas de la fotografía.

Y sabía exactamente dónde empezar.

El archivo municipal de Santa Aurelia ocupaba el sótano del edificio más antiguo del centro. Olía a papel húmedo, madera envejecida y café recalentado. La mitad de las luces parpadeaban y los pasillos estaban llenos de estanterías metálicas que parecían no haber sido reorganizadas desde hacía décadas.

Mi abuela solía decir que los pueblos tenían dos versiones de su historia: la que contaban en las celebraciones y la que guardaban bajo llave.

Yo había aprendido a preferir la segunda.

Llegué a las once y cuarto.

La mujer que atendía el mostrador levantó la vista cuando me acerqué.

—Buenos días.

—Buenos días. Estoy buscando información sobre el caso de Mara Vidal.

Su expresión cambió de inmediato.

No fue miedo exactamente.

Fue reconocimiento.

Como si llevara años esperando que alguien pronunciara aquel nombre.

—¿Eres familiar?

—No.

—Entonces necesitarás autorización para consultar determinados documentos.

—No busco el expediente policial. Quiero revisar los periódicos de octubre de hace diez años.

La mujer me observó por encima de sus gafas.

—¿Por qué?

Porque alguien había asesinado a Olivia.

Porque un desconocido me había enviado una fotografía.

Porque mi madre había reaccionado como si yo hubiera pronunciado una sentencia.

Y porque tenía la desagradable sensación de que todo el pueblo sabía algo que yo todavía ignoraba.

Pero respondí:

—Estoy haciendo un trabajo sobre la historia local.

La mujer no pareció convencida.

Aun así, se levantó y desapareció detrás de una puerta.

Esperé junto al mostrador, escuchando el tic tac de un reloj de pared. Cuando regresó, llevaba una caja gris con varias carpetas y periódicos encuadernados.

—Solo puedes consultarlos aquí —dijo—. No se permite retirar documentos.

—Entendido.

Me condujo hasta una mesa junto a la ventana.

—¿Sabes una cosa, muchacha? —añadió antes de marcharse—. A veces, la gente busca respuestas porque cree que la verdad va a liberarla.

Levanté la mirada.

—¿Y usted qué cree?

La mujer acomodó la caja sobre la mesa.

—Que algunas verdades simplemente cambian el nombre de las personas a las que temes.

Después regresó al mostrador.

Me quedé quieta durante varios segundos.

Aquella era la tercera persona en menos de veinticuatro horas que me advertía que dejara de investigar.

Empezaba a preguntarme si, en Santa Aurelia, la prudencia era simplemente otra palabra para describir el silencio.

Abrí la primera carpeta.

Los periódicos de octubre estaban ordenados por fecha. Pasé las páginas hasta encontrar la noticia que buscaba.

ADOLESCENTE DESAPARECIDA: LA POLICÍA INVESTIGA UN POSIBLE ACCIDENTE.

La fotografía mostraba a Mara durante una actividad escolar. Tenía el cabello oscuro recogido en una trenza y una sonrisa amplia, despreocupada.

Debajo del titular, el artículo mencionaba que había sido vista por última vez cerca del antiguo observatorio.

No había referencias a las cinco personas de la fotografía.

Tampoco a las cartas.

Pasé a la siguiente página.

Una nota breve informaba del hallazgo de sus pertenencias cerca del río. El texto era escueto, casi indiferente. No mencionaba testigos ni explicaba por qué las autoridades habían descartado otras posibilidades.

Seguí buscando.

En la edición del 22 de octubre encontré el anuncio del cierre de la investigación.

Y, junto a él, una noticia que me hizo detenerme.

FAMILIA VALDÉS ANUNCIA LA VENTA DE SUS PROPIEDADES.

Leí el artículo completo.

La familia había abandonado Santa Aurelia pocas semanas después de la muerte de Mara. La venta incluía la antigua mansión y varias parcelas cercanas al observatorio.

En el último párrafo aparecía un nombre.

El abogado encargado de la operación fue Esteban Ferrer.

Ferrer.

El apellido de Gael.

No significaba que estuviera implicado. Su familia podía haber trabajado legalmente para los Valdés sin saber nada de lo ocurrido.

Pero era otra coincidencia.

Y yo empezaba a tener demasiadas.

Saqué la fotografía que había recibido y la coloqué junto al periódico.

Observé los rostros.

Mara en el centro.

Los cuatro adolescentes a su alrededor.

La figura detrás de la ventana.

Amplié la imagen en el teléfono y traté de distinguir algún detalle que me permitiera identificarla.

Entonces lo vi.

En la muñeca de la persona que estaba detrás de Mara había una pulsera con un pequeño dije en forma de estrella.

Una estrella de cinco puntas.

No era suficiente para reconocer a alguien.

Pero yo había visto aquella pulsera antes.

Estaba segura.

Cerré los ojos y traté de recordar.

Una fotografía familiar.

Una reunión.

Una mujer inclinándose para servirme un vaso de agua.

La pulsera brillando bajo una lámpara.

Abrí los ojos de golpe.

No.

No podía ser.

Busqué entre las fotografías antiguas que llevaba guardadas en la última sección del cuaderno. Había reunido imágenes de actos escolares, celebraciones del pueblo y recortes de las redes sociales de las familias que aparecían en los documentos.

Encontré una fotografía tomada durante una fiesta municipal, aproximadamente ocho años atrás.

En ella aparecía mi madre junto a otras mujeres del pueblo.

Llevaba una pulsera con un dije en forma de estrella.

La misma forma.

El mismo brillo.

Pero eso no demostraba nada.

Miles de personas podían tener una pulsera parecida.

Me repetí aquello mientras volvía a guardar la fotografía.

Una vez.

Dos veces.

Tres.

Y, aun así, mis manos seguían temblando.

A las doce y veinte salí del archivo con más preguntas que respuestas.

El cielo se había despejado y las calles estaban llenas de gente. Cerca de la plaza, un grupo de periodistas entrevistaba a los vecinos. En la cafetería de la esquina, varias personas discutían sobre el asesinato de Olivia como si se tratara de una serie de televisión.

Me detuve frente al escaparate de una librería.

Necesitaba pensar.

Había tres posibilidades.

La primera: Gael estaba relacionado con la muerte de Olivia y sabía algo sobre Mara.

La segunda: alguien estaba utilizando su apellido para desviar mi atención.

La tercera: ambos casos estaban conectados por una persona que todavía no había aparecido en mi investigación.

La tercera posibilidad era la más inquietante.

Porque significaba que estaba buscando al culpable equivocado.

O, peor aún, que ni siquiera sabía cómo reconocerlo.

Mi teléfono vibró.

Esta vez, el mensaje provenía de un número conocido.

GAEL FERRER.

No recordaba haberle dado mi número.

Tenemos que hablar.

Lo observé durante unos segundos antes de responder.

¿Sobre qué?

La respuesta llegó casi de inmediato.

Sobre la fotografía.

Sentí que el corazón me golpeaba contra las costillas.

¿Cómo sabes que tengo una fotografía?

Los tres puntos aparecieron.

Desaparecieron.

Volvieron a aparecer.

Finalmente, escribió:

Porque Olivia me dijo que, si algo le pasaba, tú serías la primera persona a la que buscarían.

Me quedé inmóvil en mitad de la acera.

El ruido de los automóviles, las conversaciones y las pisadas se convirtió en un murmullo lejano.

Olivia había sabido que estaba en peligro.

Había pensado en mí.

Y Gael, el chico que me había advertido que abandonara la investigación, acababa de confirmar que conocía una parte de la historia que yo todavía no había descubierto.

Escribí:

¿Dónde nos vemos?

Su respuesta llegó segundos después.

En el observatorio.

Miré la hora.

12:24.

El antiguo observatorio se encontraba a veinte minutos del centro, en una zona donde los árboles ocultaban el camino y la señal telefónica fallaba con frecuencia.

Un lugar abandonado.

Un lugar relacionado con la muerte de Mara.

Un lugar al que alguien quería que fuera.

Recordé el mensaje de la mañana.

Procura no confiar en la persona que venga a consolarte.

Podía ser una advertencia sobre Gael.

O podía ser una advertencia sobre alguien que todavía no conocía.

Guardé el teléfono.

No iba a ir sola.

Le envié a Mateo mi ubicación, junto con una captura de la conversación. Le pedí que me llamara en media hora si no le escribía antes.

Después tomé un taxi.

Mientras el vehículo abandonaba las calles del centro, observé cómo Santa Aurelia desaparecía lentamente detrás de los árboles.

Pensé en Olivia.

En Mara.

En mi madre.

En la pulsera con la estrella.

Y en aquella mujer cuyo rostro aparecía desenfocado detrás de una ventana.

Por primera vez, me pregunté si la fotografía había sido enviada para ayudarme a resolver el caso.

O si alguien había esperado diez años para asegurarse de que yo terminara exactamente donde quería.

El taxi se detuvo al final del camino.

—Hasta aquí puedo llevarte —dijo el conductor—. Más adelante está todo cerrado.

Le pagué y bajé.

El observatorio se alzaba entre los árboles, gris y silencioso. La cadena de la entrada principal estaba oxidada, las ventanas seguían cubiertas de polvo y el cartel de peligro se balanceaba sobre la puerta.

Exactamente como en la fotografía.

Saqué el teléfono.

No había mensajes nuevos de Gael.

Ni de Mateo.

Ni del número desconocido.

Di un paso hacia la entrada.

Después otro.

Y entonces vi algo que no aparecía en ninguna de las fotografías antiguas.

La puerta lateral estaba abierta.

No entreabierta.

Abierta de par en par.

Como si alguien hubiera estado esperando mi llegada.

—¿Gael? —llamé.

Mi voz se perdió en el interior.

Entré.

El aire olía a humedad y madera podrida. Una silla descansaba en medio de la sala, apartada de los muebles cubiertos por sábanas. Sobre una mesa había dos vasos de café.

Uno estaba vacío.

El otro todavía tenía líquido en el fondo.

Alguien había estado allí hacía muy poco.

Me acerqué a la mesa.

Junto a los vasos había un sobre blanco con mi nombre escrito en letras mayúsculas.

ABRIL MONTENEGRO.

No lo toqué inmediatamente.

Miré hacia las ventanas, el pasillo y la escalera que conducía al piso superior.

Nada.

Solo el silencio.

Finalmente, abrí el sobre.

Dentro encontré una hoja doblada y una fotografía pequeña.

La fotografía mostraba a Mara sentada en un banco del instituto, con la cabeza apoyada en el hombro de otra chica.

Esta vez, el rostro de la segunda persona era perfectamente visible.

Era Olivia.

En el reverso había una fecha escrita a mano.

16 DE OCTUBRE.

Un día antes de la muerte de Mara.

Desdoblé la hoja.

Solo contenía una frase.

Si quieres saber quién mató a Olivia, pregúntate por qué Mara tenía miedo de la persona que más quería.

Leí la frase dos veces.

Después escuché un ruido detrás de mí.

Un golpe seco.

Me volví tan rápido que el sobre cayó al suelo.

—¿Quién está ahí?

Nadie respondió.

Retrocedí hacia la puerta, con el corazón desbocado.

Entonces mi teléfono vibró.

Era Mateo.

Contesté de inmediato.

—¿Abril? ¿Dónde estás?

—En el observatorio.

—¿Qué haces ahí? ¡Te dije que no fueras sola!

—Estoy bien. Escúchame, encontré algo. Una fotografía de Mara y Olivia. Creo que—

—Abril, sal de ahí.

Su voz había cambiado.

No sonaba enfadado.

Sonaba aterrorizado.

—¿Qué pasa?

—La policía acaba de encontrar algo más en la mansión Valdés.

Miré hacia el pasillo oscuro.

—¿Qué cosa?

Mateo tardó unos segundos en contestar.

Cuando lo hizo, su voz fue apenas un susurro.

—Una segunda fotografía. De las mismas cinco personas que aparecen en la tuya.

Sentí que el estómago se me encogía.

—¿Y?

—Abril, escucha. Hay algo escrito detrás.

—¿Qué dice?

Hubo una pausa.

Después, Mateo pronunció unas palabras que hicieron que el observatorio pareciera quedarse sin aire.

—Dice que una de esas cinco personas murió hace diez años.

Miré la fotografía que sostenía entre los dedos.

Mara y Olivia sonreían juntas.

Detrás de ellas, reflejada en el cristal de una ventana, aparecía la silueta de una persona.

Una persona que no estaba en la fotografía original.

Una persona que, hasta donde yo sabía, no debería haber estado allí.

Entonces comprendí lo que realmente significaba el mensaje.

No estaban intentando ocultar un asesinato.

Estaban intentando ocultar quién había sobrevivido.

Y, por primera vez desde que Olivia había muerto, tuve la certeza de que alguien había cometido un error.

Porque si una de aquellas cinco personas había muerto diez años atrás, ¿por qué alguien seguía enviándome fotografías como si las cinco continuaran vivas?

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Anonimus✨
Una obra de arte, me llaman más la atención los policiales desde el libro, quiero más novelas tuyas autor porfa termina de completar las demás novelas que tienes☺️☺️☺️☺️
Fénix.
Bravo🙌
Fénix.
No puede ser!! hubo algunos capitulos en los que me perdí pero me atrapó completamente 👏👏 bravo quiero más novelas tuyas🤭👏
Anonimus✨
Ostraaas! pero que pasada ella tiene algo que ver con la muerte de la chica??/Shame//Shame//Shame//Shame/
Anonimus✨
Se conocían? no puede ser!!!!/Shy/
Anonimus✨
Uuuuh no mames wey!!
Anonimus✨
Que genial el prólogo! la me imagino el resto de la historia
Fénix.
uffff que intrigante quiero más /Whimper//Whimper//Whimper/
Fénix.
Interesante historia, es mi primera vez leyendo una novela policial jaja le veo potencial, espero más caps😊😊😊
🌸SugarBloom🌸: Entonces espero que te guste mucho esta novela ☺️☺️
total 1 replies
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