En un siglo XVIII alternativo, donde la magia se oculta tras el abanico de la etiqueta y el filo de la espada, Elowen de Valois es una anomalía. Hija de un marqués que la desprecia y heredera de una magia de sangre que tiñó su cabello de blanco y sus ojos de rubí, es vendida como un mueble al Duque de Oakhaven.
Los rumores dicen que el Duque es un monstruo deforme que oculta su rostro tras una máscara de plata, un hombre que desprecia la compañía femenina y que vive recluido en una fortaleza de piedra. Sin embargo, Elowen no es una damisela en apuros. Armada con un intelecto afilado, un conocimiento letal sobre venenos y una belleza sobrenatural que ella misma considera una maldición, entra en la boca del lobo con un solo objetivo: sobrevivir y reclamar su libertad. Lo que no sabe es que su esposo guarda secretos que podrían derrocar imperios, y que la "fiera" es, en realidad, el hombre más poderoso —y peligroso— del reino.
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2
El ascenso hacia la cordillera del Norte fue un calvario de rocas y viento gélido. El paisaje había cambiado drásticamente: de los campos fértiles y domesticados de la capital a una tierra de pinos negros y picos que arañaban el cielo como dedos de un gigante muerto. Oakhaven no era solo un ducado; era un muro contra la barbarie, y su fortaleza, el Castillo de Ironcliff, se alzaba sobre un desfiladero con una presencia aterradora.
Elowen observaba por la ventanilla. El frío se filtraba por las rendijas del carruaje, pero su sangre, alterada por años de micro-dosis de compuestos térmicos que ella misma preparaba, mantenía su cuerpo a una temperatura perfecta. Caelum, sentado frente a ella, la observaba con una curiosidad que rayaba en la sospecha. Ella no tiritaba. No se quejaba. No pedía más mantas.
—Estamos entrando en mi dominio —dijo Caelum, su voz rompiendo el silencio tras horas de marcha—. Aquí, el invierno dura ocho meses y la ley es mi palabra. Si esperas lujos, te decepcionarás.
—He vivido en una mansión de oro donde me trataban como a una lepra, Excelencia —respondió Elowen, ajustándose un guante de encaje con una elegancia perezosa—. Una fortaleza de piedra me parece una mejora sustancial. Al menos la piedra es honesta.
Caelum soltó un gruñido que pudo ser de asentimiento o de molestia. Cuando el carruaje finalmente cruzó el puente levadizo, el sonido de los cascos de los caballos sobre el empedrado resonó como disparos. Los guardias, hombres curtidos con armaduras que llevaban la marca del lobo y la sombra, se cuadraron al paso del carruaje.
Al bajar, el viento le azotó el rostro a Elowen, agitando su cabello blanco como una bandera de rendición que no pensaba izar. Un hombre de avanzada edad, con una cicatriz que le cruzaba el ojo y una postura militar impecable, se adelantó. Era el capitán Varick, la mano derecha del Duque.
—Bienvenido, señor. La fortaleza está lista —dijo Varick, antes de posar su mirada desconfiada en Elowen—. ¿Esta es... la Marquesa?
—La Duquesa ahora, Varick —corrigió Caelum con frialdad—. Llévala al ala oeste. Asegúrate de que tenga lo necesario, pero que no interfiera en las rondas de guardia.
Elowen no esperó a que la escoltaran. Dio un paso al frente, quedando a escasos centímetros de Caelum. El contraste era magnífico: él, una montaña de músculos y metal con el rostro oculto; ella, una criatura de porcelana y ojos de fuego.
—Excelencia, antes de que me "archive" en su ala oeste, necesito tres cosas —declaró Elowen, su voz proyectándose con una autoridad que dejó mudos a los soldados cercanos.
Caelum se tensó. No estaba acostumbrado a que le pusieran condiciones en su propia casa.
—¿Y qué te hace pensar que estoy de humor para conceder caprichos?
—No son caprichos, son necesidades operativas —replicó ella, usando un lenguaje militar que lo desconcertó—. Primero, acceso al jardín de invierno; he visto especies de hongos en los muros exteriores que necesito clasificar. Segundo, una habitación con ventilación adecuada para mis... experimentos. Y tercero, que sus hombres dejen de mirarme como si fuera un fantasma. Soy su señora, no una aparición.
Caelum soltó una carcajada seca, un sonido áspero que no llegaba a sus ojos.
—Tienes agallas, te daré eso. Varick, dale lo que pide, siempre y cuando no haga estallar el castillo. Pero recuerda, Elowen: en esta fortaleza, yo soy el único que da órdenes que importan.
Los primeros días en Oakhaven fueron un juego de sombras. Elowen fue instalada en una torre que, aunque aislada, le ofrecía una vista privilegiada de las rutas de suministro del ducado. No perdió el tiempo. Con la ayuda de un pequeño baúl que su padre creía lleno de vestidos y que en realidad contenía alambiques de vidrio soplado y pesas de precisión, montó su laboratorio.
Mientras Caelum pasaba las horas en el patio de armas, entrenando a sus hombres con una ferocidad que rozaba la autolesión, Elowen estudiaba la geología de Ironcliff. Descubrió que la piedra negra del castillo no era roca común; era obsidiana imbuida de restos de magia antigua, lo que explicaba por qué el Duque podía sentir la presencia de extraños.
Una noche, mientras Caelum revisaba mapas en su estudio, un aroma dulce y penetrante comenzó a filtrarse por debajo de su puerta. No era el olor a comida, ni el perfume empalagoso de las damas de la corte. Era algo que olía a tierra mojada, a jazmín nocturno y a peligro.
Se levantó, su capa ondeando tras él, y caminó hacia el ala oeste. Sus pasos eran silenciosos, una habilidad que su magia de sombras le otorgaba. Al llegar a la habitación de Elowen, encontró la puerta entreabierta.
Lo que vio lo dejó petrificado.
Elowen no vestía sus pesados vestidos de seda. Llevaba una túnica de lino fino, casi traslúcida, que se ceñía a su cuerpo con una naturalidad escandalosa. Sus pies estaban descalzos sobre la piedra fría. Estaba de espaldas a la puerta, inclinada sobre un caldero de plata del que emanaba un vapor azulado. Su cabello blanco caía como una cascada de luz lunar hasta su cintura.
Ella estaba cantando en una lengua que Caelum reconoció con un escalofrío: el dialecto de los Antiguos Alquimistas.
Con un movimiento fluido, Elowen dejó caer una gota de su propia sangre en la mezcla. El vapor se volvió violeta y la habitación se iluminó con un resplandor sobrenatural.
—Si vas a espiarme, Duque, al menos podrías tener la cortesía de no bloquear la corriente de aire —dijo ella, sin girarse.
Caelum entró, cerrando la puerta tras de sí con un golpe seco.
—¿Qué clase de brujería es esta? Mi hermano, el Emperador, ejecuta a mujeres por mucho menos de lo que estoy viendo aquí.
Elowen se giró lentamente. Sus ojos rojos brillaban en la penumbra, y en su rostro había una expresión de triunfo que lo hizo retroceder mentalmente. Sostenía un pequeño cristal que ahora vibraba con luz propia.
—Esto no es brujería, es ciencia que ustedes olvidaron —dijo ella, caminando hacia él con una gracia depredadora—. He estabilizado el flujo de energía de las piedras de su castillo. Sus guardias están cansados, Duque. El frío de estas montañas les cala los huesos y nubla sus sentidos. Este cristal, colocado en los braseros del patio, mantendrá a sus hombres alerta y calientes sin consumir el doble de leña.
Caelum miró el cristal y luego a ella.
Estaba a solo unos centímetros. Podía ver los poros de su piel, el rastro de la gota de sangre en su dedo, y el calor que emanaba de ella lo golpeó como una ola.
—¿Por qué ayudarías a mis hombres? —preguntó él, su voz volviéndose ronca.
—Porque si este castillo cae, mi laboratorio cae con él —respondió ella, inclinando la cabeza—. Y porque me gusta que mis herramientas estén bien cuidadas. Usted es mi herramienta más poderosa, Caelum. Aunque todavía no lo sepa.
Caelum extendió una mano, casi por instinto, para tocar su mejilla, pero se detuvo antes de hacer contacto. La máscara de plata parecía quemarle la piel en su presencia. Ella era demasiado hermosa, demasiado inteligente... y demasiado peligrosa para dejarla cerca de su corazón.
—No te acerques a mis asuntos militares, Elowen —dijo él, recuperando su frialdad—. Pon tus piedras en los braseros si quieres, pero no creas que esto cambia lo que eres para mí.
—¿Y qué soy para usted? —preguntó ella, dando un paso más, obligándolo a chocar contra la puerta cerrada. El aroma de su piel era embriagador—. ¿Un estorbo? ¿Una transacción? ¿O tiene miedo de que el "monstruo" de la máscara no sea rival para la "bruja" de ojos rojos?
Caelum sintió un impulso violento de besarla y de encarcelarla al mismo tiempo. Su magia de sombras reaccionó a la agitación de sus nervios, haciendo que las velas de la habitación se apagaran de golpe, dejándolos en una oscuridad total, rota solo por el brillo de los ojos de Elowen.
—Vete a dormir, Duquesa —susurró él en la oscuridad—. Antes de que olvide que soy un caballero y te demuestre por qué me llaman monstruo.
—Estaré esperando ese día con ansias, mi Archiduque —respondió ella, usando el título que él creía oculto.
Caelum salió de la habitación con el corazón martilleando contra sus costillas. Ella lo sabía. Sabía quién era él realmente. El juego ya no era de supervivencia; era de seducción y poder, y por primera vez en su vida, el hombre que no temía a la muerte tenía miedo de una mujer.
A la mañana siguiente, un mensajero real llegó con un sello de cera negra. El Emperador solicitaba la presencia del Duque y su nueva esposa en la capital para el Baile de Invierno.
Elowen, al recibir la noticia mientras desayunaba un té de hierbas que ella misma había infusionado, sonrió para sus adentros. Sabía que el Emperador no los llamaba por cortesía, sino para evaluar la amenaza que representaba el hermano que él mismo había exiliado a las sombras.
—Prepare mi vestido más escandaloso, Varick —le dijo al sorprendido capitán—. Vamos a mostrarle a la corte lo que sucede cuando se intenta enterrar un diamante en el lodo.
Mientras tanto, en el patio, Caelum descargaba su furia contra un poste de entrenamiento, su espada cortando el aire con una velocidad sobrehumana. Cada vez que cerraba los ojos, veía el resplandor violeta de la magia de Elowen y sentía el roce fantasma de sus palabras en su oído.
El viaje de regreso a la civilización sería el escenario de su primer gran acto. Pero en Ironcliff, algo se estaba gestando. Un antídoto para la soledad estaba siendo destilado, y ninguno de los dos estaba preparado para los efectos secundarios del amor.