Damiano quería a Zakhar, pero lo quería bajo sus propias reglas.
Ahora, obligado por la mafia italiana a casarse con el letal líder ruso para formar una alianza y así destruir a la Yakuza, se siente como un trofeo entregado en bandeja de plata.
Pero lo que Damiano no sabes es que detrás del frío líder de la mafia rusa de la costa oeste, se esconde una obsesión feroz que lleva años germinando en la oscuridad. Cuando las traiciones estallen y la sangre comience a correr, Damiano descubrirá la magnitud de los pecados de su esposo. En un mundo donde todos quieren verlos caer, el amor retorcido y la protección extrema de Zakhar serán su escudo... aunque el precio sea aceptar que siempre fue la presa perfecta. Pero quizás eso es lo que Damiano siempre había querido y no sabía....
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CAPÍTULO 5: TU PALABRA ES LEY
El sol de la mañana se filtraba por los inmensos ventanales del comedor principal, iluminando la platería y los cristales de una manera que Damiano encontraba casi aceptable. Vestía una bata de seda color esmeralda, abierta lo suficiente como para mostrar las marcas de posesión que Zakhar había dejado en su cuello la noche anterior.
En la cabecera de la mesa, Zakhar revisaba informes de rutas de suministro con una expresión severa. A su lado, Enzo permanecía de pie, informando sobre un cargamento interceptado en los muelles.
La mirada de Enzo, sin embargo, se desviaba constantemente hacia Damiano, quien ignoraba su desayuno mientras observaba sus propias uñas perfectamente cuidadas.
– Ese cargamento de armas es prioridad, Zakhar – decía Enzo con voz tensa.
– Si no enviamos a los hombres ahora, perderemos la ventaja frente a los coreanos.
Damiano dejó escapar un bostezo deliberado, interrumpiendo la conversación.
– Me aburres, Enzo – soltó Damiano, sin siquiera mirarlo.
– Zakhar, el café está frío. Y este salón sigue siendo demasiado... gris. He decidido que vamos a redecorar toda el ala este. Quiero que traigan mármol de Carrara directamente de Italia, de las canteras de mi familia.
Enzo apretó los dientes, visiblemente irritado por la interrupción.
– Señor Moretti, estamos hablando de una guerra de territorio. El mármol puede esperar.
Damiano se puso de pie con una lentitud elegante, rodeando la mesa hasta quedar frente a Zakhar. Ignoró a Enzo por completo, como si fuera parte del mobiliario.
– ¿Escuchaste eso, Zakhar? Tu empleado cree que mis deseos pueden esperar. – dijo Damiano, deslizando sus dedos por los hombros tensos del ruso. – Supongo que cometí un error al pensar que en esta casa mi palabra era ley. Tal vez debería volver a Italia, donde los hombres saben que un Moretti nunca espera.
La habitación quedó en un silencio mortal. Los guardias apostados en las puertas contuvieron el aliento. Zakhar dejó los papeles sobre la mesa y levantó la vista. Sus ojos, el azul gélido y el verde profundo, se clavaron en los de Damiano.
–Tu palabra es lo único que importa en este mundo – respondió Zakhar, su voz era un rugido bajo.
– Demuéstralo – desafió Damiano, cruzándose de brazos con una sonrisa de superioridad.
– Delante de ellos. Delante de Enzo. Quiero que todos entiendan quién tiene realmente el poder aquí.
Zakhar no dudó. No hubo rastro de duda ni de orgullo herido. Se puso de pie, apartando la pesada silla de roble, y se movió hacia el centro del salón.
Con una parsimonia que resultó aterradora para los presentes, el hombre que hacía temblar a los carteles y que había sobrevivido a mil batallas, dobló una rodilla y luego la otra.
Zakhar se arrodilló frente a Damiano, bajando la cabeza en una señal de absoluta sumisión.
– Soy tuyo, Moya radost – declaró Zakhar, lo suficientemente alto para que cada guardia y sirviente lo escuchara.
– Mi imperio es tu patio de juegos. Mi vida es tuya para que la gastes. Si tú pides mármol, el mundo se detendrá hasta que lo tengas.
Damiano sintió una oleada de poder embriagadora. Se acercó a Zakhar y puso una mano sobre su cabello rubio, acariciándolo como se acaricia a un animal salvaje que ha sido finalmente domado.
Miró de reojo a Enzo, quien estaba pálido, con los puños tan apretados que sus nudillos crujían. La obsesión de Enzo por Damiano se mezcló con un odio ardiente hacia la debilidad que Zakhar mostraba por el italiano.
En una esquina del salón, Lev observaba la escena oculto tras una columna. Sus ojos brillaban con lágrimas de frustración. Ver a su ídolo, al hombre que amaba, arrodillado ante aquel "dandi" italiano era una humillación que no podía soportar.
– Enzo – dijo Damiano, su voz destilando veneno.
– asegúrate de que el mármol llegue mañana. Y tráeme un café nuevo. Tú mismo.
Enzo miró a Zakhar, buscando alguna señal de que aquello era una broma, pero Zakhar ni siquiera levantó la vista del suelo. Seguía allí, arrodillado ante su esposo, esperando su siguiente orden.
– Como desee... señor – logró decir Enzo, su voz temblando por la furia contenida.
Damiano se inclinó hacia Zakhar, susurrándole al oído mientras los demás se dispersaban para cumplir sus caprichos.
– Buen chico, mio demone. Tal vez esta noche te permita levantarte.
Zakhar levantó la mirada, y por un segundo, Damiano vio que debajo de esa sumisión pública ardía un fuego oscuro.
Zakhar se arrodillaba ante el mundo para complacer a su esposo, pero en la privacidad de su habitación, ese mismo esposo sería reclamado con una ferocidad que recordaría quién era el verdadero dueño de la sangre.
La jerarquía había quedado establecida. La familia italiana Moretti no solo había entregado un hijo; había enviado a un rey que ahora sostenía la correa del perro más peligroso de Rusia en la costa oeste.