Alina siempre creyó que era una chica común, hasta que una noche de primavera un encuentro inesperado en el campo de cerezos cambió su vida para siempre.
Un extraño de mirada intensa comienza a aparecer entre las sombras del bosque. Él guarda secretos, conoce peligros que nadie en el pueblo imagina y parece estar ligado a algo que despierta una inquietud desconocida dentro de ella.
Pronto, sueños extraños, aullidos en la noche y recuerdos que nunca vivió empiezan a perseguirla. Mientras intenta descubrir quién es realmente Kael, Alina también deberá enfrentarse a una verdad que su propio padre le ocultó durante años.
Entre cerezos, luna llena y secretos de sangre, Alina descubrirá que algunas primaveras no solo traen flores… también despiertan destinos dormidos.
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Capítulo 2: Un rostro entre sombras
La mañana siguiente amaneció gris en Valdoria.
Alina había dormido poco. Cada vez que lograba cerrar los ojos volvía a escuchar aquel aullido atravesando la noche, profundo y lejano, como si el bosque hubiera pronunciado un nombre que solo ella podía oír. Cuando por fin el sueño la venció, fue breve e inquieto. Despertó antes del amanecer con la sensación de que alguien la observaba desde la oscuridad.
Se levantó temprano y bajó a la cocina.
Su padre ya estaba allí, de espaldas, preparando café. El aroma llenaba la casa y el ruido de la lluvia fina contra las ventanas hacía que todo pareciera más silencioso.
—Dormiste poco —dijo él sin girarse.
Alina se detuvo.
—¿Cómo lo sabes?
—Tienes la mirada distinta.
Aquella respuesta le provocó un escalofrío. Era exactamente lo mismo que había pensado al verlo la noche anterior. Él también parecía cansado, pero no era solo cansancio. Había tensión en sus hombros, como si hubiese pasado la noche esperando algo.
Se sentó frente a la mesa.
—Anoche escuché un aullido.
Su padre dejó la taza sobre el mostrador con más fuerza de la necesaria.
—Los bosques tienen animales.
—No sonó como un animal cualquiera.
Por primera vez él la miró directamente.
—Alina, mantente alejada del bosque cuando caiga la noche.
El tono seco la sorprendió.
—Solo fui al campo de cerezos.
Un silencio denso cayó entre ambos.
—¿Fuiste sola?
—Sí.
Él apartó la vista.
—No vuelvas tarde.
No explicó nada más.
Aquello la irritó y al mismo tiempo le despertó una curiosidad aún mayor. Desde que era niña, cada vez que el tema del bosque aparecía, su padre reaccionaba igual: silencio, tensión y una puerta que se cerraba.
Pasaron la mañana en la tienda.
Valdoria parecía tan normal como siempre. Los vecinos entraban a comprar pan, harina o sal. Un grupo de mujeres hablaba del clima. Un hombre comentaba que había visto huellas grandes cerca del río. Todos reían, pero Alina notó algo extraño: nadie sonaba realmente despreocupado.
A media mañana apareció Mara, la panadera.
—Dicen que anoche los perros no dejaron de ladrar —comentó mientras escogía unas velas—. Mi abuelo juraba que cuando eso pasaba era porque el bosque estaba inquieto.
—¿Qué significa eso? —preguntó Alina.
Mara se encogió de hombros.
—Historias viejas. En Valdoria siempre hay historias.
Su padre interrumpió la conversación antes de que pudiera preguntar más.
—Las historias no venden pan.
Mara sonrió y se marchó.
Alina se quedó pensativa.
Durante el resto del día trató de concentrarse en el trabajo, pero su mente volvía una y otra vez al campo de cerezos… y al desconocido.
No sabía por qué seguía pensando en él.
Tal vez porque era extraño.
Tal vez porque no parecía pertenecer a Valdoria.
O tal vez porque, por primera vez en mucho tiempo, sentía que alguien guardaba respuestas que podían cambiar algo dentro de ella.
Cuando el sol comenzó a descender, sintió el impulso de volver.
Intentó resistirse.
Esperó una hora.
Después otra.
Pero al final tomó su chaqueta y salió sin decir nada.
El sendero hacia el campo estaba húmedo por la lluvia. Las hojas brillaban bajo la luz débil de la tarde. El aire olía a tierra mojada y a madera.
Al llegar, se detuvo.
Por un instante creyó que había ido en vano.
Entonces lo vio.
Estaba cerca del borde del bosque, de pie, mirando hacia los árboles.
El corazón le latió más rápido.
Esta vez no se acercó tanto. Se quedó a varios pasos de distancia.
—Pensé que no volverías —dijo él.
Alina frunció el ceño.
—Yo no dije que volvería.
Por primera vez notó una sombra de sonrisa en su rostro.
—Tienes razón.
Ahora, con más luz, pudo verlo mejor. Era joven, quizá unos años mayor que ella. Tenía el cabello oscuro, los ojos claros y una expresión serena que contrastaba con la tensión de su postura.
—¿Vives en el pueblo? —preguntó Alina.
—No.
—Entonces, ¿qué haces aquí?
Él tardó un momento en responder.
—Buscando tranquilidad.
No parecía mentira. Pero tampoco parecía toda la verdad.
—No eres de hablar mucho.
—No con desconocidos.
Ella casi sonrió.
—Entonces seguimos siendo desconocidos.
—Supongo que sí.
El silencio volvió, aunque esta vez no fue incómodo.
Un pájaro salió volando entre los árboles. Antes de que Alina alcanzara a verlo, él giró la cabeza hacia el sonido.
Ese detalle no pasó desapercibido.
—Tienes buen oído —dijo.
Él la miró.
—A veces.
De pronto un ruido seco sonó entre los arbustos.
Alina dio un pequeño salto.
El desconocido se tensó de inmediato.
Sus ojos se clavaron en el bosque.
La calma desapareció de su rostro.
—Debes irte.
—¿Qué pasa?
—Nada. Solo vuelve a casa.
Lo dijo en voz baja, pero con una firmeza que la hizo contener la respiración.
No discutió.
Comenzó a caminar de regreso, aunque sentía el impulso de mirar atrás.
Lo hizo después de unos pasos.
Él ya no estaba.
Había desaparecido.
Aquella noche, mientras cerraba la ventana de su habitación, volvió a escuchar el aullido.
Pero esta vez no vino solo.
Le siguió el sonido de pasos.
Y por un instante, al final del sendero que llevaba a su casa, creyó distinguir una sombra inmóvil observándola desde la oscuridad.