Ayla Eisen y Ragnar crecieron bajo la sombra de una tragedia idéntica: la enfermedad que les arrebató a sus madres, dejando a sus padres, empresarios y amigos de toda la vida, sumidos en el dolor, pero ahora, ellos han decidido sellar su destino con un contrato inquebrantable; obligándolos a contraer nupcias, donde se ven atrapados en un matrimonio sin amor, pero unidos por una promesa desesperada hecha sobre las lápidas de sus esposas; que consiste en usar su unión para financiar la batalla contra el mal que destruyó a sus familias, en una casa llena de silencios y recuerdos, en la cual deberán decidir si su alianza es solo un negocio doloroso o si, entre las cenizas de su pérdida, puede nacer la fuerza para sanar... y quizás, aprender a amar
"Nuestras madres nos heredaron su ausencia con su partida pronta, pero nuestros padres nos vendieron al mismo dolor; ahora estamos encadenados por un contrato que se firmó con sangre y se selló sobre sus tumbas."
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Capítulo 2
Al llegar al cementerio, el aire se sintió más denso de lo usual, como si la atmósfera misma estuviera cargada de una electricidad estática llena de luto. Caminamos Alejandra y yo por el sendero principal en silencio, por respeto a todos los yacen en este lugar de descanso, pero conformé nos acercábamos a la sección donde se encuentra los restos de mi madre, divisé algo que detuvo mi respiración; una figura que me resultaba muy familiar y no quería creerlo; pero era mi padre que destacaba por su porte rígido inamovible como un árbol que se niega a doblarse por el viento, junto a Bruno Graf, su gran amigo.
Me acerco despacio tras él, sin entender que estaba haciendo aquí justo hoy, pero mi corazón dio un vuelco incómodo al descubrir que su presencia era para despedir alguien cercano en la tumba que se encontraba justo al frente de la de mamá que antes estaba vacía.
—¿Papá? —Apretando en mi mano el ramo de flores frescas y coloridas, destinadas a celebrar la memoria de mi madre, pero ahora se sentía abrumadoramente pesado e insultante el color brillante en este escenario
Más, sin embargo, la realidad me golpeó con la fuerza de una segunda ola de un tsunami en la costa. Había un féretro de madera oscura y brillante bajo el sol pálido del entierro que recién había terminado. De pie como una estatua de sal, estaba Ragnar, vestido de luto de pies a cabeza, con gafas oscuras que ocultaban sus ojos, pero no podían esconder las lágrimas que rodaban libremente por sus mejillas, como si un dolor profundo le estuviese quemando el alma trazando surcos húmedos en su rostro que no le importaba cubrir, al igual que Bruno que lo abrazaba por el hombro con una nostalgia explícita.
Mi piel se erizó de inmediato. El ambiente gritaba a todo pulmón tragedia que yo desconocía.
—¿Qué pasó? —le reclamé a mi padre en un susurro cargado de indignación y sorpresa. — Al ver la foto sonriendo de Anna Graf junto una corona hermosa de rosas blancas
— ¿Por qué no me dijiste que ella estaba enferma? ¿Por qué me tengo que enterar así? —Procurando no llorar por la gran tristeza que me aplasto con la espantosa sorpresa
Mi padre me miró impresionado de que estuviese ahí, por un segundo vi una grieta en su armadura de hielo, pero se cerró casi instantáneamente. Carraspeo su garganta para decir
—Cáncer de colon, en etapa IV. —Con una voz plana, casi profesional; fue un proceso fulminante, Ayla, fueron solo tres meses desde el primer síntoma hasta hoy. No hubo tiempo para avisar a nadie, estábamos enfocados en los tratamientos de última generación, pero no se pudo hacer nada por ella.
Me sentí muy avergonzada. Ahí estaba yo, molesta por un cumpleaños olvidado, mientras la familia Graf se desintegraba de la misma forma que la nuestra lo hizo años atrás. Caminé hacia Bruno y Ragnar con las piernas temblorosas. Esas flores, que originalmente eran para celebrar mi cumpleaños junto a mi madre, terminaron sobre la tumba de Anna, la mujer que siempre me había recibido con una sonrisa dulce y cálida como una tía cariñosa, entre sollozos del alma que se partía llena de melancolía.
—Ragnar, Bruno... lo siento mucho, no tengo palabras —susurré con desánimo.
Ragnar ni siquiera se dignó a mirarme. Permaneció con la vista fija en la tierra fresca que estaban paleando los trabajadores del cementerio sobre el ataúd; su mandíbula estaba tan apretada que temí por un momento que se le rompieran los dientes. El dolor se había apoderado de él, creando una especie de blindaje que lo convirtió en algo intocable y peligroso.
Lo peor, sin embargo, ocurrió minutos después, cuando ya casi no quedaba nadie. Me acerqué a mi padre, esperando quizás un abrazo tardío, una disculpa, algo de humanidad o que simplemente que se acordara que hoy era mi cumpleaños veintiuno.
—¿Por qué viniste hoy, Lía? —Me preguntó él, mirando su reloj.
—¡No es una fecha especial en el calendario! ¡El aniversario de tu madre es hasta dentro de seis meses!
Sus palabras calaron profundo, fue un golpe más eficaz que cualquier insulto grosero o burlesco.
—Lo olvidaste de nuevo, papá —Le dije, sintiendo cómo las lágrimas salían de mis ojos quemando como lava mis mejillas, mientras intentaba tragarme el nudo atorado en la garganta
—¡Qué!... Frunciendo el ceño, sin la menor idea en su rostro de que estaba hablando yo.
—¡Hoy es mi cumpleaños, papá! ¡Gracias por olvidarlo de nuevo!
Él parpadeó, sorprendido por un breve instante, pero luego recuperó su compostura empresarial.
—¡Lo lamento hija! He estado muy ocupado con los arreglos de Anna y la fusión de los nuevos laboratorios. Te enviaré algo mañana.
—No importa, no es necesario —Le corté, dándome la vuelta antes de que él pudiera ver cómo me rompía...
Mientras mis pensamientos no daban tregua con hostilidad: ¡Vete a tus negocios papá, que siempre han sido más importantes que yo, desde que mamá murió! Intentando ahogar los sollozos por el dolor que siento en el pecho, por su ausencia, mientras Ale me abraza con fuerza acariciando mi cabeza.
Esa noche, lo último que quería era estar rodeada de gente, música alta y luces de neón, pero Ale insistió en que no podía quedarme en el apartamento hundida en la miseria, recogida en posición fetal sobre la cama. Además, Laura la hija de uno de los socios de mi padre, se había encargado de organizar una fiesta en un bar karaoke de moda. Ella era una mujer fría, superficial, que, a mi parecer, carece de cualquier vocación médica; pero que sí tenía una gran habilidad social para insertarse en todas las actividades.
—Tienes que ser fuerte, Ayla, el luto se lleva por dentro, pero la vida sigue afuera —Me dijo Alejandra que de cariño me llama Lía como mi padre o amigos cercanos, mientras me obligaba a sentarme frente al espejo.
Con una resignación sorda, me puse un vestido oscuro de tirantes que me hacía sentir como si llevara un chaleco antibalas en el que las habladurías o las miradas de lástima no me alcanzan. Utilicé un maquillaje más pesado de lo habitual para ocultar el rastro de las lágrimas derramadas en el cementerio, zapatos altos, mi perfume favorito y una máscara de normalidad que me costaba un mundo sostener.
Al llegar al bar, el ruido es ensordecedor. Byron Rogers me esperaba en la entrada con una sonrisa que en otras circunstancias me habría parecido encantadora. Él es un residente de cirugía cardiotorácica, amable, atento y evidentemente interesado en mí. Durante toda la noche, intentó hacerme reír, me trajo bebidas y me trató con una dulzura que yo absorbía como quien recibe una sombrilla en una tarde lluviosa; sin embargo, mi mente estaba a kilómetros de allí, no podía dejar de pensar en la tristeza de Ragnar, en sus lágrimas o en la simetría aterradora de nuestras tragedias; ambos éramos ahora hijos del cáncer, herederos de una pérdida que nadie más en este bar lleno de risas podía comprender a excepción de Ale...
Mientras Laura cantaba una canción pop en el escenario y Byron me hablaba de su última rotación en el hospital, yo sentía un escalofrío en la nuca. Tenía una extraña sensación que no se explicar, pero estoy segura que no es por el alcohol, más creo que es una especie de sexto sentido que me advierte misteriosamente de que mi vida acababa de cambiar de rumbo en el cementerio, sin entender claramente por qué. No obstante, yo intentaba sonreír natural para las fotos, en una oficina privada, mi padre y Bruno Graf estaban cerrando un trato que no tenía nada que ver con acciones o laboratorios. Estaban sellando nuestro destino. Un contrato inquebrantable que nos obligaría a Ragnar y a mí a unir nuestras vidas en un matrimonio sin amor, nacido de una promesa desesperada hecha sobre las lápidas de nuestras madres.
Está sería una unión como el motor financiero para una batalla que ellos no pudieron ganar solos, pero que nosotros estaríamos obligados a librar juntos, atrapados en una casa llena de silencios y recuerdos. El negocio de nuestras vidas estaba a punto de comenzar, y el precio a pagar sería nuestro propio corazón.