En una era de antiguos reinos y secretos ancestrales, Astrid D'Avalon, heredera de un linaje con profundos lazos con lo místico, se encuentra en el umbral de un destino marcado por la reencarnación. Tras una muerte injusta, su alma renace en un mundo donde las sombras danzan y los demonios tejen intrigas. Decidida a reescribir su final y el de quienes la rodean, Astrid busca una vida alejada de las complicaciones que una vez la atraparon.
Sin embargo, el destino tiene otros planes. Su camino se cruza con el enigmático Mason Dryad, un ser con un poder formidable y un pasado envuelto en misterio
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Capítulo 02
Unos ojos nuevos se abrieron a una realidad desconocida, sintiendo el latido ajeno de un corazón que ahora le pertenecía y un mundo teñido de matices fantásticos.
El primer sentido en regresar fue el oído. No era el silencio de la torre de cristal lo que la rodeaba, sino un coro de sonidos extraños: el crujido de hojas enormes moviéndose bajo un viento pesado, el goteo constante de agua sobre piedra y un zumbido eléctrico que parecía vibrar en el aire mismo.
Astrid intentó inhalar, y el aire que llenó sus pulmones era denso, cargado de un aroma a musgo, tierra mojada y algo dulce, como frutas demasiado maduras. Le dolía todo el cuerpo, pero era un dolor diferente, como si sus extremidades fueran de un tamaño distinto al que recordaba. Cuando finalmente logró abrir los párpados, la luz la cegó momentáneamente. No era la luz blanca del sol, sino un resplandor purpúreo y esmeralda que se filtraba a través de una densa cúpula de árboles gigantescos.
—¿Dónde estoy...? —quiso preguntar, pero de su garganta solo salió un gemido seco.
Se incorporó con dificultad, sus manos hundiéndose en un lecho de flores brillantes que se cerraban al contacto. Miró sus manos y se quedó helada. Eran más pequeñas, con dedos finos y una piel pálida que emitía un levísimo brillo nacarado bajo la penumbra del bosque. Ya no llevaba su túnica de seda ensangrentada, sino una vestimenta sencilla de lino gris, casi como la de una sirvienta o una habitante de las aldeas fronterizas.
El pánico empezó a ascender por su garganta. ¿Estaba viva? ¿Era esto el más allá? Se llevó una mano al pecho, buscando la herida de la daga. No había nada. Solo el latido rítmico, fuerte y constante de un corazón que se sentía joven, vibrante, pero definitivamente *ajeno*.
—He reencarnado —susurró, y esta vez su voz sonó clara, con un tono más agudo y melódico que el suyo—. Realmente ha sucedido.
Se puso de pie, tambaleándose. A su alrededor, la naturaleza desafiaba todo lo que conocía de Avalon. Las raíces de los árboles se retorcían como serpientes petrificadas y, a lo lejos, vio criaturas pequeñas con alas translúcidas que dejaban rastros de polvo luminoso al volar. Era un mundo de fantasía desbordante, un lugar donde la magia no parecía algo que se estudiaba en libros, sino algo que se respiraba.
Caminó sin rumbo durante un rato, tratando de asimilar su nueva identidad. Por los retazos de recuerdos que empezaban a flotar en su mente —recuerdos que no eran suyos—, supo que ahora se llamaba simplemente Astrid, una huérfana que vivía en los límites del Reino de Eterna, un lugar conocido por ser el muro entre los humanos y las Tierras de las Sombras. En este mundo, ella no era una heredera poderosa; era una "extra", una joven cuya vida no tenía peso en los grandes anales de la historia.
—Una vida tranquila —se dijo a sí misma, y una extraña paz comenzó a reemplazar al miedo—. Eso es lo que quiero. Sin política, sin traiciones, sin hermanos que busquen mi muerte. Solo seré... yo.
Sin embargo, esa paz se vio interrumpida cuando llegó a la orilla de un río cuyas aguas corrían de color plata. Allí, sentada sobre una roca, una mujer anciana con ojos completamente blancos la observaba.
—Has tardado en despertar, pequeña viajera —dijo la anciana, cuya voz parecía el crujido de madera vieja.
Astrid retrocedió, su instinto de mística poniéndola en alerta. —Yo... no sé de qué está hablando.
La anciana soltó una risa ronca. —El alma de Avalon es difícil de ocultar, incluso en este cuerpo de barro. Has cruzado el umbral en un momento peligroso. Las sombras no solo bailan en este bosque, están hambrientas.
—¿Qué sombras? —preguntó Astrid, sintiendo un escalofrío que no tenía nada que ver con el clima.
La mujer señaló hacia las montañas negras que se alzaban en el horizonte, donde el cielo siempre parecía estar a punto de estallar en una tormenta.
—Los señores demonios están despertando de su letargo de mil años. Buscan lo que se les arrebató: el control sobre el hilo de la vida. Y dicen los augurios que una "alma extranjera" será la llave o la cerradura de su prisión.
Astrid sintió que el suelo se movía bajo sus pies. Había muerto huyendo de una intriga para despertar en otra mucho más vasta y aterradora. El deseo de una vida simple parecía desvanecerse antes de haber comenzado.
Los primeros susurros de la leyenda de los demonios llegaron a sus oídos, avivando una chispa de inquietud y determinación por comprender su nueva existencia.