"Mis padres se fueron en un segundo, dejándome un vacío que quemaba. Pero el destino, con un sentido del humor retorcido, decidió llenarlo instalándome en la habitación de al lado del hombre que protagonizaba mis diarios desde los doce años. Ahora, sus pasos en el pasillo son la única música que me distrae del silencio de mi casa vacía."
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capitulo 2
La luz de la mañana en casa de los Martínez tenía un tono diferente al de mi antigua casa. Allí, el sol entraba con timidez, filtrado por las cortinas de encaje que mi madre lavaba cada domingo. Aquí, el sol era audaz, inundando mi nueva habitación con una claridad que me obligaba a enfrentar la realidad: no estaba en mi cama, no oía el traqueteo de la cafetera de mi padre y, sobre todo, estaba sola.
O casi sola.
Un golpe seco al otro lado de la pared me sacó de mi letargo. Fue el sonido de algo pesado cayendo al suelo, seguido de un gruñido bajo y masculino. Julián. Me quedé inmóvil, con la sábana apretada contra el pecho, escuchando. A través de la pared que compartíamos, podía oír el chirrido de los muelles de su colchón cuando se levantaba, el sonido de sus pies descalzos contra la madera y, finalmente, el eco del agua abriéndose en su baño privado.
Cerré los ojos e, inevitablemente, mi mente dibujó la escena. Julián bajo el chorro de agua fría, el vapor empañando el espejo, las gotas resbalando por sus hombros anchos y perdiéndose por su espalda. Me castigué mentalmente por tener esos pensamientos apenas cuarenta y ocho horas después del entierro, pero la fantasía era el único lugar donde no sentía que me estaba ahogando en tristeza. Era mi anestesia.
Me levanté con pesadez. Al mirarme al espejo, vi a una extraña. Tenía las ojeras marcadas y los labios pálidos. Me puse unos shorts de algodón y una camiseta de tirantes, algo sencillo para andar por casa, y salí al pasillo con la intención de bajar a la cocina.
Justo cuando pasaba por delante de su puerta, esta se abrió.
Julián salió envuelto en una nube de vapor y olor a jabón de cítricos. Solo llevaba una toalla anudada a la cadera. Su piel todavía estaba húmeda, y pequeñas gotas de agua brillaban sobre el vello oscuro de su pecho. Me quedé petrificada en medio del pasillo, como un ciervo ante los faros de un coche.
—Buenos días, Elena —dijo él. Su voz matutina era aún más profunda, un ronroneo que me hizo vibrar hasta los dedos de los pies.
No apartó la mirada. Al contrario, me recorrió de arriba abajo con una lentitud deliberada. Sus ojos se detuvieron un segundo de más en mis piernas descubiertas antes de volver a encontrarse con los míos.
—Buenos días... perdón, no sabía que... —balbuceé, sintiendo que el calor me subía por el cuello.
—No te disculpes. Es tu casa ahora también —dio un paso hacia mí, invadiendo ese espacio personal que en teoría debería ser sagrado entre el hermano de tu amiga y tú—. ¿Has dormido algo mejor?
—Un poco. Gracias por el agua de anoche.
Él sonrió de medio lado, una expresión que mezclaba ternura con una pizca de picardía que me dejó sin aliento.
—Cuando quieras. Si necesitas algo más a mitad de la noche, solo tienes que tocar la pared. Estoy justo al otro lado.
Sus palabras tenían un doble sentido que no pude ignorar. No era solo un ofrecimiento de ayuda; era un recordatorio de nuestra cercanía física. Se acercó un poco más, lo suficiente para que yo pudiera sentir el calor que desprendía su cuerpo recién duchado. Extendió una mano y, con una delicadeza que me desarmó, apartó un mechón de pelo de mi cara. Sus dedos rozaron mi oreja y el contacto fue como una descarga eléctrica.
—Estás muy pálida —susurró, bajando la voz—. Necesitas desayunar. Baja, yo iré en un minuto.
Asentí como pude y bajé las escaleras casi corriendo, con el corazón martilleando contra mis costillas.
En la cocina, la señora Martínez y Sofía ya estaban sentadas. El ambiente era cálido, pero yo me sentía como una impostora. Sofía me sonrió y me acercó un plato con tostadas.
—¿Has descansado, Elen? —preguntó Sofía, ajena por completo a la tensión que acababa de ocurrir un piso arriba.
—Sí, algo mejor —mentí, hincando el diente a la tostada para no tener que hablar más.
—Mamá y yo vamos a salir a hacer unos recados y a pasar por la floristería —continuó Sofía—. Julián se queda aquí trabajando en sus planos. Si te sientes agobiada, puedes ir al jardín, le dije que no te molestara.
"Que no me molestara". Si ella supiera que lo que más deseaba era precisamente que me "molestara", que rompiera este silencio sepulcral de mi alma con su presencia.
Unos minutos después, Julián bajó. Ya estaba vestido, pero no de forma oficial. Llevaba unos vaqueros desgastados y una camiseta gris que se ajustaba a sus bíceps de una manera casi insultante. Se sentó frente a mí, y mientras su madre y su hermana parloteaban sobre qué flores comprar para el centro de mesa, él me miraba por encima de su taza de café.
Era una mirada pesada, cargada de una intención que yo no sabía cómo manejar. No era la mirada de un hermano mayor preocupado. Era la mirada de un hombre que estaba empezando a saborear una fruta que sabía que no debía tocar, pero que tenía justo delante.
Cuando las chicas se fueron, el silencio cayó sobre la casa como una losa. Me quedé en la cocina, recogiendo los platos de forma mecánica, tratando de mantener mis manos ocupadas para que no temblaran. Sentí su presencia antes de oír sus pasos.
Julián se apoyó en el marco de la puerta de la cocina, con los brazos cruzados.
—¿Vas a estar huyendo de mí todo el día, Elena? —preguntó con una voz suave, pero directa.
—No huyo de ti, Julián. Solo... estoy tratando de situarme. Todo es muy nuevo.
Él caminó hacia mí. No se detuvo hasta que estuvo a escasos centímetros, obligándome a dejar el plato en el fregadero y a girarme hacia él. Me rodeó, poniendo una mano a cada lado de la encimera, dejándome atrapada entre el mueble y su cuerpo.
—Sé que estás triste. Y sé que esto es raro —dijo, inclinando la cabeza para buscar mis ojos—. Pero deja de fingir que no sientes cómo vibra el aire cuando estamos en la misma habitación. Llevas años mirándome de esa forma, Elen. No creas que no me daba cuenta cuando venía de visita y te escondías detrás de Sofía.
Me quedé helada. Mi secreto, mi fantasía de años, estaba al descubierto.
—Era una niña, Julián.
—Ya no eres una niña —respondió él. Su mirada bajó a mi escote y luego volvió a mis ojos, esta vez con una intensidad depredadora—. Y yo no soy un santo. Si quieres que mantenga las distancias, dímelo ahora. Pero si me dejas acercarme... no esperes que me comporte como un hermano.
El aire en la cocina se volvió espeso, casi sólido. Podía oler su perfume, podía ver el latido de la vena en su cuello. La parte de mí que estaba de luto gritaba que esto estaba mal, que era demasiado pronto, que era inapropiado. Pero la parte de mí que necesitaba sentirse viva, la parte que llevaba años soñando con este momento, quería cerrar la distancia y besarlo allí mismo.
—Julián, yo... —mi voz se apagó.
Él no esperó a que terminara. Se inclinó un poco más, su nariz rozando la mía. Podía sentir su aliento cálido en mis labios.
—Piénsalo, Elena. Tenemos mucho tiempo por delante. Un mes entero bajo el mismo techo. Tú decides si quieres que sea una tortura o... una fantasía real.
Me dio un beso suave, casi imperceptible, en la comisura de los labios, y se retiró con la misma calma con la que había entrado, dejándome temblando y con el sabor de su promesa quemándome la piel.
Subió a su habitación y, poco después, oí el sonido de sus pasos sobre mi cabeza. Me quedé allí, apoyada en la encimera, comprendiendo que la convivencia no iba a ser un refugio de paz, sino un campo de batalla donde mis defensas estaban condenadas a caer.
Habitaciones contiguas. Una pared de separación. Y un mes entero para que el deseo terminara de consumir los restos de mi antigua vida.