Soy Seraphina El principe y yo Crecimos juntos y con nosotros la obsesión de el Era tanta Que me dijo que si no era suya no sería de nadie más y me lo demostró con hechos y clavando una espada en mi pecho
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Capitulo 1
* Imágen de Seraphina actualmente*
Desperté de golpe.
Como si alguien me hubiera arrancado de un sueño por la fuerza. Como si mi alma hubiera caído desde una altura inmensa y hubiera impactado contra mi propio cuerpo.
¿Mi cuerpo?
Abrí los ojos y lo primero que vi fue un techo blanco. Demasiado blanco. Demasiado liso. Sin vigas de madera, sin arañas de cristal, sin los frescos que adornaban mi alcoba en palacio. Solo blanco. Vacío. Frío.
Me incorporé con violencia, y el mundo giró a mi alrededor. No era mi cama. No era mi habitación. No era nada que hubiera visto antes.
Las paredes eran de un color amarillo pálido. Había una ventana enorme, de esas que no necesitan contraventanas porque el vidrio es tan perfecto que parece invisible. La luz que entraba no era la dorada del amanecer, sino una claridad blanca, quirúrgica, que me lastimaba los ojos.
¿Dónde estoy?
Miré hacia abajo y el aire se congeló en mis pulmones.
La ropa.
No era mi camisón de seda. No era el lino bordado con hilos de plata que usaba para dormir. Esto era... ¿qué era esto?
Una prenda corta, de un color azul pálido, con mangas finas y un escote que dejaba ver mis hombros. Debajo, algo suave y ligero que apenas cubría mis piernas. Mis piernas... estaban desnudas. Completamente desnudas.
Un grito se formó en mi garganta, pero lo ahogué con las manos.
Tranquila, Seraphina. Tranquila.
Me levanté temblando. Mis pies descalzos tocaron un suelo que no era ni mármol ni madera, sino algo suave y cálido que cedía ligeramente bajo mi peso. Algo que no supe nombrar.
Había una puerta entreabierta. Me asomé con el corazón latiéndome en las sienes. Un pasillo. Más paredes blancas. Más luz artificial. Y al fondo, un rectángulo brillante que reflejaba...
Corrí hacia él.
Y me detuve en seco.
Una muchacha me miraba desde el otro lado del espejo. Una muchacha de unos dieciséis años, con el pelo revuelto, los ojos enormes y asustados, y una expresión de terror absoluto.
Esa muchacha era yo.
No. No podía ser.
Levanté una mano. Ella levantó la suya. Toqué mi rostro. Ella tocó el suyo. Mi piel era más firme, más joven. Mis arrugas habían desaparecido. Mis manos, antes marcadas por el tiempo y el bordado, eran suaves, tersas, de una niña.
—¿Cómo? —susurré, y mi voz sonaba diferente. Más aguda. Más frágil—. ¿Por qué?
El mundo se cerró a mi alrededor. Las paredes parecieron acercarse. El aire se volvió espeso. Mis rodillas flaquearon y tuve que apoyarme en una superficie fría y blanca que sobresalía de la pared.
¿Qué es este lugar? ¿Qué me pasó?
La última noche. La cabaña. Adriel muerto en mis brazos. Cyran con la espada. El dolor en mi vientre. El beso. El beso.
—En el otro mundo serás mía —había dicho.
¿Esto es el otro mundo?
Pero ¿cómo? ¿Por qué? ¿Qué clase de mundo era este, con sus luces sin velas, sus paredes sin piedra, sus ropas sin decoro? ¿Dónde estaban los criados? ¿Dónde estaban los caballos? ¿Dónde estaba todo?
Un ruido me hizo saltar. Un zumbido. Como un insecto gigante atrapado en algún lugar. Venía de arriba, de la luz que iluminaba la habitación. Miré hacia el techo y vi un artefacto redondo, brillante, que emitía esa luz blanca y ese sonido.
¿Qué clase de brujería es esta?
—¡Seraphina! ¿Ya estás despierta, mi amor?
La voz vino de algún lugar al otro lado de la pared. Una voz de mujer. Desconocida. Pero cálida. Extrañamente cálida.
Tragué saliva. Mis piernas apenas me sostenían.
—¿Quién...? —intenté responder, pero mi voz apenas fue un susurro.
—El desayuno está listo, ¿me escuchaste? ¡Baja cuando quieras!
¿Bajar? ¿Desayuno?
Miré a mi alrededor buscando un timbre, una campanilla, algo con qué llamar a un sirviente y pedir explicaciones. No había nada. Solo esa habitación extraña, esa cama sin dosel, esa ventana que daba a un paisaje que no reconocía.
No me quedaba otra opción.
Salí de la habitación con pasos temblorosos. El pasillo llevaba a unas escaleras. De madera, sí, pero distintas. Más ligeras. Más... modernas, aunque en ese momento no conocía esa palabra.
Bajé lentamente, agarrándome a la barandilla como si mi vida dependiera de ello. Cada crujido me hacía estremecer. Cada objeto que veía era un misterio: esos rectángulos negros colgados de las paredes, esas cajas que emitían luz roja, esos muebles de formas imposibles.
Al final de las escaleras, una mujer me esperaba con una sonrisa.
Era mayor. No anciana, pero sí mayor. Tenía el pelo recogido de una manera que no supe identificar, y ropa tan extraña como la mía. Pero sus ojos... sus ojos me miraban con algo que reconocí al instante.
Amor.
Amor de madre.
—Buenos días, dormilona —dijo, y su voz era suave como el terciopelo—. ¿Descansaste bien?
Abrí la boca. La cerré. La volví a abrir.
—¿Madre? —pregunté, y la palabra me supo extraña en la lengua.
Ella rió, sin malicia.
—¿Estás bien, mi amor? Te noto rara esta mañana. ¿Tuviste pesadillas?
Pesadillas. Si supiera. Si supiera que la pesadilla no fue soñar que moría, sino despertar en este mundo sin sentido.
—Sí —mentí—. Una pesadilla.
Ella asintió con comprensión y me indicó que me sentara a la mesa. La comida era... rara. Había pan, pero no era pan. Era algo tostado, crujiente, con una textura que no reconocía. Había una bebida marrón que olía vagamente a cereal. Había frutas, al menos esas las identifiqué.
Comí en silencio, observándolo todo, memorizando cada detalle, tratando de entender dónde estaba y cómo había llegado allí.
—Hija, voy a llamar al hijo de Marta para que te acompañe a la escuela hoy —dijo de repente la mujer—. Estás muy nerviosa, se te nota. No quiero que vayas sola.
¿Escuela?
—¿Escuela? —repetí como un eco.
—Sí, mi amor, el instituto. ¿Te duele la cabeza? ¿Quieres que llame al médico mejor?
—No, no —dije rápidamente—. Escuela está bien. Iré a la escuela.
¿Qué demonios era una escuela?
La mujer asintó y sacó un objeto pequeño y brillante de su bolsillo. Un objeto que se iluminó cuando lo tocó. Un objeto al que comenzó a hablarle.
—¿Marta? Dile a Cyran que si puede pasar por Seraphina para ir juntos al insti, ¿vale? La niña anda rara hoy y no quiero que vaya sola. Gracias.
El objeto emitió una voz. Una voz. Desde dentro. Como si un espíritu estuviera atrapado allí.
Cielo santo, este mundo está lleno de brujería.
Pero no fue eso lo que heló mi sangre.
Fue el nombre que mi madre —¿mi madre?— había pronunciado.
Cyran.
No. No podía ser. Era una coincidencia. Tenía que serlo. El Cyran que yo conocía era un emperador, un asesino, un monstruo. No podía estar aquí. No podía existir en este mundo de luces y voces sin cuerpo.
Un golpe en la puerta me hizo saltar.
—¡Yo abro! —dijo mi madre con alegría—. Seguro que es él, es siempre tan puntual...
Quise detenerla. Quise gritarle que no abriera. Quise correr y esconderme en algún lugar oscuro donde nadie pudiera encontrarme.
Pero mis piernas no respondieron.
La puerta se abrió.
Y allí estaba.
Cyran.
Pero no el Cyran que recordaba. No el emperador de ojos de tormenta y ropajes oscuros. Este era un chico. Un adolescente. Llevaba vaqueros ajustados, una chaqueta de cuero, y una mochila colgada al hombro. Su pelo, antes largo y oscuro, ahora era más corto, más moderno, caía desordenado sobre su frente.
Pero sus ojos... sus ojos eran los mismos.
Tormenta. Fuego. Hielo.
Obsesión.
—Buenos días, Seraphina —dijo, y su voz era más joven, pero conservaba ese tono, esa cadencia que reconocería en cualquier vida—. ¿Vamos?
Me miró. Directo a los ojos.
Y yo supe, con la certeza de quien ya ha muerto una vez, que aquella mirada no era la de un desconocido.
Algo en él recuerda.
—¿Cyran? —susurré, y mi voz tembló como una hoja al viento.
Él inclinó la cabeza, ligeramente confundido.
—¿Pasa algo? —preguntó—. ¿Te encuentras bien?
No. No me encuentro bien. Hace unas horas me mataste. Hace unas horas besaste mis labios mientras me desangraba. Hace unas horas prometiste que en el otro mundo sería tuya.
Y aquí estás.
—Sí —mentí—. Estoy bien. Vamos.
Mi madre nos despidió con una sonrisa. Salí al exterior y el mundo se expandió en una explosión de colores, ruidos y olores que no podía procesar. Cajas rodantes que se movían sin caballos. Postes altísimos con cables que cruzaban el cielo. Gente con ropas diminutas, mostrando piernas y brazos sin pudor.
Cyran caminaba a mi lado. Demasiado cerca.
—¿Segura que estás bien? —preguntó de nuevo—. Me dijeron que estabas rara, pero no esperaba esto. Parece que hubieras visto un fantasma.
Algo así.
—Solo... tuve una pesadilla —dije—. Nada importante.
—¿Qué soñaste?
Lo miré. Sus ojos de tormenta esperaban una respuesta.
—Que alguien me mataba —respondí—. Y que antes de morir, me besaba.
Cyran se detuvo en seco. Durante un instante, algo cruzó su rostro. Algo oscuro. Algo antiguo. Algo que me heló la sangre.
Luego sonrió, y la sombra desapareció.
—Vaya —dijo—. Pues vaya manera de morir. Besada.
Reanudamos la marcha. Pero yo había visto lo que vi. Y sabía, con cada fibra de mi ser, que aquel no era un chico normal.
Cyran está aquí. Y algo en él me recuerda.
La pregunta era: ¿cuánto recordaba? ¿Y cuánto tardaría en volver a ser el monstruo que ya fue?