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AMAR LO PROHIBIDO

AMAR LO PROHIBIDO

Status: En proceso
Genre:Romance / Amor prohibido / Posesivo / Completas
Popularitas:2.3k
Nilai: 5
nombre de autor: RENE TELLO

🔥🔞 Eduardo Álvarez de Toledo creció entendiendo que en su familia el amor tenía jerarquías y que él nunca ocupó el primer lugar. Se marchó para dejar de vivir bajo la sombra de Fabián y, en Barcelona, construyó un imperio propio, elegante y silencioso, que no dependía de su apellido.

No esperaba enamorarse. La conoció cuando ella huía de algo que no quiso explicar. A su lado, Eduardo no era el hermano menor ni el olvidado, sino un hombre libre de su historia. Se enamoró sin saber quién era realmente. Y cuando descubrió la verdad, ya era demasiado tarde.

Kassandra era la esposa de Fabián. Obligada a regresar a un matrimonio que la asfixia, se convierte en el centro de una batalla que Eduardo no eligió, pero tampoco piensa evitar.

Si su hermano pretende retenerla por obligación, Eduardo está dispuesto a enfrentarlo.
Algunos amores llegan fuera de tiempo y algunos hombres no vuelven a perder lo que aman.

NovelToon tiene autorización de RENE TELLO para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 23

Kassandra yacía en la cama estrecha de la posada, el colchón de paja crujiente bajo su peso, mientras el aire cálido se filtraba por la ventana entreabierta. Los grillos entonaban su canto monótono, un coro que debería haberla arrullado, pero su mente se negaba a soltar el día. 

Cada vez que cerraba los ojos, el tacto de los dedos de Eduardo sobre los suyos resurgía, el calor seco de su piel, la manera en que sus manos grandes y firmes, habían envuelto las de ella sin pedírselo, como si supieran que el balde de agua no era la única carga que llevaba.

Al otro lado del pueblo, Eduardo permanecía sentado en una silla de madera junto a la mesa de la cocina. La lámpara de petróleo proyectaba círculos amarillentos sobre las paredes. Frente a él, una taza de té de manzanilla humeante se enfriaba. Sus dedos tamborileaban sobre la mesa, un ritmo irregular que delataba la inquietud que le recorría el pecho. No era el viejo apretón de una enfermedad que había dejado atras, ese conocido peso que lo había acompañado desde la adolescencia y que sabía domar con respiraciones lentas y paciencia. Era otra cosa, una especie de efervescencia bajo la piel, como si su sangre llevara burbujas de algo que no podía nombrar.

Cerró los ojos y la vio otra vez, Liliana. Había algo en la manera en que sus labios se tensaban apenas un segundo antes de hablar, como si midiera cada palabra para que no delatara demasiado. Y esos ojos, dios, esos ojos color miel que brillaban con una inteligencia aguda, pero que se velaban de pronto, como si una nube pasara frente al sol. Había tristeza allí, sí, pero también algo más, una chispa de algo indomable, algo que se negaba a ser apagado del todo..

Un suspiro le escapó, largo y tembloroso. Y entonces, como un fantasma convocado por el mismo aire viciado de la habitación, llegó otro recuerdo. Este no olía a manzanilla ni a tierra mojada. Olía a humedad, a hierba recién cortada y a ese miedo agrio que solo los niños conocen cuando se dan cuenta de que el mundo no es justo.

Tenía dieciséis años. Estaba sentado en el jardín de la hacienda, un libro en las manos que apenas podía sostener sin toser. Cada inhalación era un trabajo, cada exhalación un alivio fugaz. Pero valía la pena. Porque entre esas páginas, por un momento, podía ser otro. Un ladrón astuto, un sultán poderoso, cualquier cosa menos el chico enfermizo que todos miraban con lástima.

—¿En qué pierdes el tiempo? —la voz de Fabián lo sacudió.

Eduardo levantó la cabeza con lentitud, como si el simple acto de mover el cuello le costara. Allí estaba su hermano, alto, ancho de hombros, con ese traje impecable que ya usaba incluso en la intimidad del hogar, como si en cualquier momento pudiera ser llamado a una reunión de negocios. O a destruir a alguien. Fabián era diez años mayor, pero no había aprendido nada sobre empatía.

—¿Te importa? —respondió Eduardo con voz baja.

Fabián soltó una carcajada seca.

—Realmente no, un enfermo como tú jamás vas a lograr nada, puedes pasarte la vida entera leyendo, pero jamás lograrás ser interesante —comentó Fabián con arrogancia, y con ese odio de que la enfermedad de su hermano le quitara protagonismo en casa, especialmente con su madre.

Eduardo apretó el libro contra el pecho.

—Mientes —replicó Eduardo.

—¿Mentir? —Fabián se agachó, quedando a su altura, y el gesto no era de cercanía, sino de amenaza. Con un movimiento brusco, le arrancó el libro de las manos. Las páginas se desprendieron como alas rotas—. Mírate —dijo, arrojando el libro al suelo y pisoteándolo con el zapato italiano impecable—. Siempre enfermo. Siempre débil. Ni siquiera puedes subir una colina sin ahogarte.

Eduardo contuvo el aliento. Sabía que si tosía ahora, si mostraba debilidad, sería peor. Pero el esfuerzo por mantenerse quieto lo quemaba por dentro.

—Tú nunca tendrás lo que yo tengo —continuó Fabián, la voz baja, venenosa—. La fuerza. El respeto. El poder. —Hizo una pausa, y cuando habló de nuevo, cada palabra fue un clavo—. Ni siquiera una mujer bonita. Ellas van a preferirme a mí siempre. Tu destino es ser un inútil que nadie elegiría.

Eduardo no respondió. No había nada que decir. Las palabras de Fabián no eran solo insultos; eran una profecía, una losa que le habían colocado sobre el pecho desde niño. Bajó la mirada, fijándola en el libro destrozado, en las letras borrosas por el barro del zapato de su hermano. La rabia y la impotencia le quemaban la garganta, pero se las tragó. Aprendió, una vez más, que callar era la única forma de sobrevivir.

Eduardo abrió los ojos de golpe, la cocina seguía allí, igual que antes, pero ahora el aire olía a ceniza, como si algo se hubiera quemado en su ausencia. Se pasó una mano por el rostro, sintiendo el raspón de la barba incipiente bajo los dedos. Había pasado más de una década desde aquel día en el jardín, pero las palabras de Fabián aún resonaban en él, no como un eco lejano, sino como un susurro constante, una verdad que había aceptado sin cuestionar.

Hasta hoy, hasta que ella apareció. Liliana había llegado a su vida como un viento inesperado, removiendo cosas que creía bien enterradas. Por primera vez en años, Eduardo sintió el impulso de rebelarse contra aquella condena. No quería ser invisible. No ante sus ojos. Quería que ella lo viera, no como el hombre roto que su hermano había profetizado, sino como alguien capaz de sostener su mirada, de cargar sus cubetas, de empezar a amarla.

Y Eduardo, por primera vez en su vida, no estaba dispuesto a quedarse en las sombras.

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Ana Cilia De La Cruz
por favor la continuación no me dejen en suspenso
Amelia Mirta Fernández
Creo que es más que interesante, que algo tan efímero como la ilusión, la paz interior y el ser útil, para uno misma, se está reflejando lentamente, pero con una fuerza, que comienza a crecer y le da confianza, calor humano, sensibilidad y el hecho de que si, puede. .Me encanta, y espero el resto de la historia. Dos seres perseguidos y martirizados por un energúmeno, soberbio y déspota, pueden unir fuerzas y encontrar amor, comprensión y dulzura, felicidad. Autora no me dejes con las ansias de ver a Kas y Edu, unir fuerzas y brillar con nuevas luces de esperanza . TE ESPERO. GRACIAS❤️❤️❤️❤️
Amelia Mirta Fernández
vamos que tu puedes Kassandra. vas a ser libre del tormento de ese gusano abusador y promiscuo. 😢👏👏👏👏
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