Ella es mejor amiga del chico popular el cual comienza a sentir algo por el Pero los prejuicios por las apariencias complican todo
NovelToon tiene autorización de valeria isabel leguizamon para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 8
Yo... —comenzó a decir Pablo, con la voz que le temblaba de los nervios.
—Está bien —lo interrumpió Abril con calma—. Respira.
Él inhaló hondo. Exhaló. Pero las manos no dejaban de temblarle.
—Ven conmigo —dijo ella—. Vamos a mi casa.
Pablo asintió. No tenía fuerzas para negarse. Ni ganas.
Ella no le preguntó nada. Lo vio demasiado afectado, notó que sus ojos estaban vidriosos y que respiraba entrecortado. Tuvo un ataque de pánico en la plaza. Así que sintió que era mejor no presionarlo.
Cuando llegaron a la mansión de Abril, Pablo no podía creerlo.
Era inmensa. Súper lujosa. Columnas blancas, jardines inmaculados, una fuente en medio de la entrada. Se veía que era la mansión de alguien con mucho dinero.
Pero Abril...
Abril no usaba ropa de marca. A diferencia de las mujeres pudientes de la universidad, ella era sencilla. Recatada. Zapatos sin logotipos, mochila gastada, cabello sin tratamientos de salón.
Incluso se llegó a rumorear que ella era becada.
Pero por su mansión, era evidente que no era así.
Pablo se sintió confundido. Y también, de algún modo, avergonzado. Había asumido tantas cosas sobre ella sin saber nada.
—Rita, prepara té, por favor —le dijo Abril a la empleada doméstica, con una naturalidad que no era altanera, solo amable.
La mujer asintió.
—Roque, trae hielo y ungüento para los golpes —le dijo al empleado más confiable de la mansión.
Pablo se quedó de pie en medio de la sala, sintiéndose pequeño. Roto. Y observado, pero no con curiosidad malsana. Con cuidado.
Abril lo llevó a un sillón de cuero.
—¿Te sientes más tranquilo? —le preguntó mientras le aplicaba ungüento en los golpes del rostro con movimientos suaves, casi maternales.
Pablo cerró los ojos.
—Sí —respondió, y su voz sonó distinta. Más honesta—. Ahora que estás conmigo, me siento mejor.
No era simplemente para conquistarla.
No era para llevar a cabo su plan malvado.
Realmente se sentía aliviado.
De verdad.
Y ese sentimiento, cálido y extraño, le daba más miedo que su propio padre.
Ella acarició su mejilla con dulzura.
—Puedes quedarte. Voy a mandar a prepararte una habitación —dijo Abril.
Pablo la miró, incrédulo.
—¿Está segura? ¿Y tus padres?
—Ellos están trabajando fuera del país —respondió ella con una sonrisa tranquila—. Y dudo que me digan que no. Así que no te preocupes. Te puedes quedar el tiempo que necesites.
—Muchas gracias —dijo él.
Y por primera vez en su vida, sintió vergüenza.
Vergüenza de todo. De lo que había planeado hacerle. De las cosas que había dicho sobre ella. De los chistes que se había reído.
—Está bien —dijo Abril, como si leyera su mente—. No me lo agradezcas.
Mandó a preparar una habitación.
Justo al lado de la suya.
Pablo se quedó en la cama, mirando el techo, sin poder dormir.
Se sentía extraño. Estar en la mansión de quien decías odiar y aborrecer. Y peor: esa persona de la que tanto hablaste mal era la única que no te había dado la espalda.
A diferencia de tus amigos.
A diferencia de Diana.
A diferencia de todos.
A la mañana siguiente
Ella golpeó la puerta.
—El desayuno está listo —dijo Abril, con su voz suave de siempre.
Pablo bajó.
Cuando llegó a la mesa, observó que había tres platos.
Pero ellos eran solo dos.
Frunció el ceño.
A los minutos, llegó Milo.
Sus ojos se abrieron enormes cuando lo vio en la casa de Abril.
—¿Qué hace él aquí? —le preguntó a ella, con la voz tensa.
—Es una larga historia —respondió Abril, sirviendo jugo—. Ven, desayuna.
Milo fue y se sentó.
Pero no le gustaba que Pablo estuviera allí. No le gustaba nada. Lo miraba con desconfianza, con celos, con algo que no quería nombrar.
—Él también vendrá con nosotros a la universidad —dijo Abril, como si fuera lo más natural del mundo.
Milo no dijo nada.
Pero apretó los dientes.
Los tres fueron a la universidad juntos.
Por primera vez, el coche negro llevaba a Abril, a Milo... y a Pablo.
Y como siempre, Milo se bajó antes.
Una cuadra antes.
Sin mirar atrás.
El coche siguió avanzando. Abril se quedó mirando por la ventana, con la tristeza flotando en sus ojos.
Pablo lo vio.
—¿Por qué él hace eso? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta.
Abril tardó un momento en responder.
—Porque no quiere que sepan que somos amigos —dijo, encogiendo un hombro—. Es todo.
Hizo una pausa.
—De todas maneras, no me molesta.
Pero Pablo la miró.
Y vio la tristeza en sus ojos.
Y supo que sí le molestaba.
Y supo que ella mentía para no lastimar a Milo.
Y supo que él jamás había conocido a alguien así.