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¡PUEDO CONVERTIRME EN GATO!

¡PUEDO CONVERTIRME EN GATO!

Status: En proceso
Genre:Romance / Mundo mágico / Autosuperación
Popularitas:4.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Bai Qi

Dorius Isolde tiene un secreto: puede convertirse en un gato naranja.

Desde que su abuela murió, vive en una casa de acogida con otros cuatro niños y Sonia, la única adulta que lo ha querido sin condiciones. En el instituto, es invisible. El chico callado de la última fila. El que nadie mira.

Kael Alistar es todo lo contrario. Capitán de baloncesto, popular, guapo, rodeado de gente. Pero su sonrisa es una máscara. En casa, sus padres lo desprecian por el color de su pelo —negro, en una familia de rubios— y le exigen que sea perfecto. En las noches, cuando nadie lo ve, se sienta frente a la ventana y le habla a un gato naranja que aparece los jueves.

El gato es Dorius.

Y Kael no lo sabe.

Todavía.

NovelToon tiene autorización de Bai Qi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO #2: EL CHICO QUE ESPERABA LOS JUEVES.

...--------♡--------...

SOL.

^^^Para K. —Nueve años después, todavía me pregunto si aquel día entendiste algo que yo no.^^^

...--------♡--------...

...KAEL....

La primera vez que vi al gato naranja fue un jueves.

No le di importancia. Los gatos callejeros aparecían a veces por el jardín, atraídos por los restos de comida que dejaban los vecinos. Solían irse al rato, cuando se aburrían o cuando encontraban algo mejor que hacer.

Pero este gato no se fue.

Lo descubrí al atardecer, cuando salí a la ventana a mirar la calle sin mirar nada. Era lo que hacía últimamente. Sentarme en el alféizar, apoyar la espalda en el marco, y dejar pasar el tiempo hasta que el ruido de la casa se apagara lo suficiente como para poder respirar.

Ese día el ruido era peor de lo normal.

Mi madre había entrado en mi habitación sin llamar —siempre sin llamar— y había visto los apuntes de baloncesto desordenados sobre la mesa. "Un capitán debería ser más ordenado", dijo, y cerró la puerta sin esperar respuesta.

Apreté los puños. Los nudillos, aún sensibles de la noche anterior, me dolieron. No había pegado a nada esa noche. Solo a la pared. Una vez. Pero mis nudillos se rompían con facilidad últimamente.

Y entonces apareció el gato.

Estaba en el árbol de enfrente, el roble enorme que llevaba años dando sombra a mi ventana. No sé cómo no lo había visto antes. Era naranja. Naranja brillante, como las hojas en otoño, como el pelo de Adán.

El gato me miraba.

No me moví. Él tampoco.

Pasaron unos segundos así, mirándonos, hasta que sentí algo raro. Una sensación que no sabía nombrar. Como si el gato entendiera algo. Como si supiera.

—Hola —dije, en voz baja.

El gato parpadeó.

Y entonces, sin más, saltó del árbol al alféizar.

Contuve el aire. El gato se movía con una elegancia que daba casi rabia. Aterrizó sin hacer ruido, se sentó en el borde de la ventana, y volvió a mirarme.

—Eres muy confiado —murmuré.

El gato movió una oreja.

No sabía qué hacer con un gato en mi ventana. Nunca había tenido mascotas. Mi madre decía que daban trabajo, que ensuciaban, que no merecía la pena. Así que me quedé quieto, sin saber si debía acercarme o esperar a que el animal se fuera solo.

El gato no se fue.

Se quedó ahí, sentado, con la cola enroscada alrededor de las patas, mirándome con esos ojos verdes que parecían saber más de lo que deberían.

Me reí. Un sonido pequeño, sorprendido.

—Vale —dije—. Espera.

Fui a la cocina con cuidado de no hacer ruido. Mi madre estaba en el salón viendo la tele. Mi hermano, en su habitación. Mi padre, de viaje, como siempre. Abrí la nevera y encontré restos del pollo asado de la noche anterior. Cogí un trozo pequeño y volví a mi habitación.

El gato seguía ahí.

Dejé el pollo en el alféizar, a un palmo de distancia. El gato lo olisqueó, me miró a mí, y luego empezó a comer con una tranquilidad que parecía casi un favor.

Me senté en el suelo, apoyando la espalda en la pared, y lo observé.

Cuando el gato terminó, se lamió las patas y volvió a mirarme.

—¿Quieres más?

No había más. Pero el gato no se movió.

Así que me quedé ahí, en el suelo de mi habitación, con un gato naranja en la ventana, y empecé a hablar.

No dije nada importante. Cosas sin sentido. Que hacía frío para octubre. Que el árbol estaba perdiendo las hojas. Que el pollo estaba un poco seco.

El gato me escuchaba.

Y por primera vez en mucho tiempo, sentí que alguien me escuchaba de verdad.

Cuando el gato se fue, horas después, sentí algo parecido a la tristeza. Pero también algo parecido a la esperanza.

Volví al jueves siguiente.

El gato estaba esperando.

...--------♡--------...

De A. —Trescientas veintiocho semanas. Eso es lo que duró mi secreto.

...--------♡--------...

...ADÁN....

Conozco a Kael Alistar desde hace muchísimo tiempo.

Nueve años. Nueve años viéndolo crecer, cambiar, convertirse en quien es ahora. Nueve años siendo su mejor amigo. Nueve años queriéndolo en secreto.

Al principio no pesaba. Era solo un sentimiento cálido, una alegría extra cuando Kael sonreía, una preferencia a la hora de sentarme a su lado en clase. Algo que no necesitaba nombre.

Pero con los años el sentimiento creció. Ahora pesa. Ahora duele a veces. Ahora es un nudo en el estómago cuando Kael se apoya en mi hombro, un vacío cuando se va con otra persona, una pregunta constante: ¿y si algún día se da cuenta? ¿Y si algún día me mira y ve algo más que a su mejor amigo?

Kael nunca se da cuenta.

Kael me quiere, sí. Pero me quiere como se quiere a un hermano. Con confianza. Con cariño. Con esa facilidad de quien sabe que el otro va a estar siempre ahí.

Y yo estoy siempre ahí.

Por eso, cuando Kael apareció el jueves por la mañana con los nudillos rotos, fui el primero en verlo.

—¿Qué ha pasado? —pregunté en cuanto lo vi, agarrándole la mano sin pensar.

Kael apartó la mano.

—Nada. Tonterías.

—No son tonterías. ¿Has peleado?

—No.

—Entonces ¿qué?

Kael miró hacia otro lado. Conozco esa mirada. Es la de "no quiero hablar de esto". La misma que pone cuando le preguntan por su familia, por su padre, por las noches en vela.

—Kael.

—De verdad, Adán. Estoy bien.

No lo está. Lo sé. Pero sé también que no puedo obligarlo a hablar. Llevo nueve años aprendiendo a leer sus silencios, y uno de ellos dice: "dame espacio".

Así que no insistí.

Pero no dejé de mirarlo.

Durante el recreo, Kael estuvo más callado de lo normal. Sonreía, sí. Kael siempre sonríe. Pero era una sonrisa distinta. Más pequeña. Más cansada.

Me senté a su lado en el banco del patio y esperé.

—¿Sabes qué? —dijo Kael de repente—. Hay un gato.

Parpadeé.

—¿Un gato?

—Aparece en mi ventana los jueves. Es naranja.

Sentí algo raro. Un tirón en el pecho que no supe identificar.

—¿Y?

—Y nada. Solo aparece. Come. Se queda un rato. Se va.

Kael sonrió. Era una sonrisa pequeña, pero esta vez era real.

—El jueves pasado le hablé de ti.

—¿De mí?

—De que tienes el pelo del mismo color.

Me reí, pero la risa me salió rara.

—¿Y qué dijo el gato?

—Ronroneó.

Nos quedamos en silencio. El sol de octubre calentaba el patio. Yo miraba a Kael y Kael miraba al frente, y yo pensaba en ese gato naranja que recibía lo que yo no podía dar.

Caricias. Conversaciones. Miradas.

—Le tengo celos —dije, sin pensar.

Kael me miró, extrañado.

—¿Celos de un gato?

—Olvídalo.

Pero no lo olvidé.

Esa noche, en mi casa, tumbado en la cama, seguí pensando en el gato naranja. En cómo Kael había sonreído al hablar de él. En cómo su voz se había suavizado. En cómo, por un momento, había parecido menos cansado.

Y me odié un poco por sentir celos de un animal.

Pero lo sentí.

...--------♡--------...

Para el que se esconde. —Sé quién eres. Siempre lo supe.

...--------♡--------...

El viernes fui a clase con los ojos hinchados de no dormir.

Había pasado toda la noche dando vueltas a lo que había visto. Kael en la ventana. Kael con el pelo negro. Kael con esa mirada que no es la del instituto. Kael ofreciéndole pollo a un gato como si fuera lo más normal del mundo.

No había bajado del árbol. Había esperado a que Kael se cansara y cerrara la ventana, y entonces había saltado al suelo y había vuelto corriendo a la casa de acogida.

Pero no había dejado de pensar en él.

En clase, Kael estaba en su sitio. El de siempre. Sonreía como siempre. Hablaba con Adán como siempre.

Pero yo sabía algo que los demás no sabían.

Sabía que Kael se teñía. Sabía que Kael tenía ojeras cuando nadie miraba. Sabía que Kael, en su ventana, era distinto.

Y también sabía que Kael le había sonreído a un gato como no le sonreía a nadie en el instituto.

—¿Dorius?

Levanté la vista. El profesor me miraba desde la pizarra.

—El ejercicio cinco. ¿Lo has hecho?

Miré mi cuaderno. Vacío. No había hecho nada en toda la mañana.

—No —dije.

El profesor suspiró. Algunos compañeros se rieron por lo bajo. Bajé la cabeza.

Cuando sonó el timbre, recogí mis cosas rápido. Quería irme. Quería mi habitación. Quería ser gato y no pensar en nada.

—Dorius.

Me giré. Kael estaba detrás de mí, con la mochila al hombro.

—¿Qué tal? —preguntó—. No te vi ayer en el recreo.

Parpadeé. ¿Kael se había fijado en que no fui al recreo?

—Estaba... estudiando.

Kael asintió, pero su mirada se detuvo un segundo en mis ojos. En mis ojeras. En mi cansancio.

—¿Tú estás bien?

La pregunta me llegó sin avisar. No supe qué responder.

—Sí —dije al final—. ¿Y tú?

Kael sonrió. La sonrisa de siempre.

—Sí, tranquilo.

Y se fue.

Me quedé quieto, viéndolo alejarse. Pensé en los nudillos. En el pelo negro. En la ventana.

En que Kael había preguntado por mí.

Y en que yo le había mentido.

Esa noche volví a convertirme en gato.

No pude evitarlo. La ansiedad me apretaba el pecho desde que había llegado a casa. La imagen de Kael sonriendo con esa sonrisa falsa no se me iba de la cabeza. Tenía que dejar de pensar. Tenía que dejar de ser yo.

Salí por la ventana y corrí.

Corrí sin rumbo, sintiendo el aire en las orejas, el asfalto frío bajo las patas, la libertad de no ser nada. Corrí hasta que el cansancio me hizo parar.

Cuando levanté la cabeza, estaba en el mismo árbol. El roble. El de la ventana de Kael.

La ventana estaba cerrada.

Dudé. No debería estar ahí. Era una mala idea. Kael no debía saber. Nadie debía saber.

Pero la ventana se abrió.

Y Kael asomó la cabeza.

—Hola otra vez —dijo en voz baja—. Te estaba esperando.

Sentí que el corazón se me paraba.

—Es jueves —añadió, como si eso lo explicara todo—. Los jueves vienes, ¿no?

No me moví. No podía.

Kael sonrió. Esa sonrisa pequeña, cansada, real.

—Baja si quieres. Tengo pollo.

Y yo, sin saber muy bien cómo, sin entender muy bien por qué, salté del árbol al alféizar.

Kael no dijo nada. Solo se apartó para dejarme entrar.

Pisé el suelo de su habitación. Olía a Kael. A su perfume, a su ropa, a algo cálido y familiar. La habitación era más grande de lo que imaginaba. Ordenada. Ropa de baloncesto en una silla. Trofeos en una estantería.

Y Kael, sentado en el suelo, esperando.

—Siéntate donde quieras —dijo.

Me senté en la alfombra, a un metro de distancia. Kael no pareció notar nada raro. Sacó un trozo de pollo de un plato y lo dejó en el suelo.

—Toma.

Comí despacio. Kael me miraba.

—Sabes —dijo—, no sé por qué te cuento cosas. Pero contigo es más fácil. No esperas nada. No quieres nada. Solo escuchas.

Levanté la cabeza. Lo miré.

Kael tenía el pelo suelto, sin peinar. Las raíces negras eran más visibles que el día anterior. Los nudillos seguían rojos.

—A veces pienso que sería más fácil ser como tú —siguió, en voz baja—. Un gato. Aparecer, comer, que te acaricien, irte. Sin tener que explicar nada. Sin tener que ser siempre el que sonríe.

Se quedó en silencio. Sentí un nudo en la garganta. Un nudo humano en un cuerpo de gato.

—No le digas a nadie lo del pelo, ¿vale? —dijo, riéndose sin ganas—. Es mi secreto.

Moví la cola. Un movimiento pequeño. Kael lo interpretó como quiso.

—Eres raro —murmuró, pero sonreía.

Y entonces, sin avisar, alargó la mano y me acarició la cabeza.

Me quedé helado. Su mano era cálida. Suave. Las caricias, lentas, como si tuviera todo el tiempo del mundo.

Y ronroneé.

No pude evitarlo. El ronroneo salió solo, desde algún lugar profundo que ni siquiera sabía que existía. Kael sonrió.

—Te gusta, ¿eh?

Cerré los ojos. Por un momento, solo por un momento, me permití sentir.

Las caricias continuaron. Kael habló de cosas sin importancia. Del instituto, del baloncesto, de Adán. Dijo que Adán estaba raro últimamente. Que lo miraba de una forma que no entendía. Que a veces sentía que le estaba fallando sin saber cómo.

Yo escuchaba. Ronroneaba. Y pensaba, en el fondo de mi cabeza humana, que aquello era peligroso. Que no debía. Que Kael no podía saber.

Pero no quería irme.

Cuando la noche avanzó y Kael empezó a tener sueño, salté de su regazo y volví al alféizar.

—¿Te vas ya? —preguntó, con una nota de tristeza en la voz.

Lo miré un segundo. Luego salté al árbol.

Desde la rama, lo vi cerrar la ventana. Lo vi tumbarse en la cama. Lo vi apagar la luz.

Y supe, con una certeza que dolía, que iba a volver.

Los jueves.

Siempre los jueves.

1
no tengo dinero pa terapia😌
me da pena🥺
no tengo dinero pa terapia😌
💪eso vv
no tengo dinero pa terapia😌
JAJAJA ni que fuera perro😭
no tengo dinero pa terapia😌
hagan trio yo apoyo y Sonia tambien😭
no tengo dinero pa terapia😌
yo tambien soy negra no te preocupes💪🥺
no tengo dinero pa terapia😌
se le junto el ganado a Kael
⭐~ELISA~⭐
¡Ahhhhh! siiiiiiiiiii lo besó
Jimminie
a dónde tan romántico? 🤭
⭐~ELISA~⭐
noooooo pensé q si le iba a decir😭
⭐~ELISA~⭐
sabes por q mi papá pensaba lo mismo?
no?
por q nací Blanca 🤦JAKDJDSJDJ
⭐~ELISA~⭐
se que es personal pero eso sí me pasó a mí ,si se siente feo pero con el paso del tiempo te acostumbras y lo vas dejando atrás y no le tomas importancia
⭐~ELISA~⭐
Dorius es muy listo
⭐~ELISA~⭐
me gusta la manera en la q poco a poco Adán se hace cada vez más competitivo por su amor hacia kael,eso le da más entusiasmo al leer
⭐~ELISA~⭐
ai q lloro😭
⭐~ELISA~⭐
q bonito🤭
⭐~ELISA~⭐
si la verdad es muy bonito
⭐~ELISA~⭐
zi JAKSJAK
⭐~ELISA~⭐
ponle otorrinolaringólogo
⭐~ELISA~⭐
cuál bonito
Bello, hermoso.😻
⭐~ELISA~⭐
ai q belloo😻
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