Camilo Casadiego es heredero único ,de los CASADIEGO con una gran responsabilidad, Pero sin intenciones de dejar herederos, su padres intervendrán para asegurar su legado.
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capitulo 2. La PROMESA
Guillermo recordó que su padre nunca volvió a casarse. Lo crio con la ayuda de algunos familiares y vecinos, pero siempre fue él quien estuvo presente. Se enfocó en trabajar en lo que le apasionaba y estaba decidido a darle a su hijo todo aquello que él nunca tuvo, especialmente la oportunidad de estudiar, ya que no había asistido ni un solo año a la escuela.
Cuando Guillermo comenzó a estudiar administración de empresas en la universidad pública del condado, la empresa aún era pequeña y apenas conocida. Sin embargo, para José aquello ya era un sueño cumplido: su hijo estaba recibiendo la educación que él nunca pudo tener.
Pero entonces llegó la enfermedad.
Don José enfermó y Guillermo no pudo terminar su carrera. Se quedó en sexto semestre.
El diagnóstico fue cáncer de pulmón.
Guillermo se esforzó por dividir su tiempo entre el trabajo y el cuidado de su padre. Los días se volvieron largos y agotadores, y el dinero empezó a escasear rápidamente. Finalmente, don José falleció, dejando a su hijo solo frente a la empresa… y frente a una promesa.
Guillermo continuó trabajando, aunque al principio quiso acabar con todo. Durante un tiempo culpó a la empresa por la muerte de su padre. José había empezado a experimentar con químicos para mejorar la calidad y el brillo del cuero, y esos mismos químicos terminaron enfermándolo.
En el pasado, cuando comenzaron los primeros síntomas respiratorios, Guillermo le insistió muchas veces para que fuera al médico. Pero José siempre respondía lo mismo: que era solo un resfriado, un virus común que pasaría pronto.
Cuando finalmente comprendieron la gravedad de la situación, ya era demasiado tarde.
La verdad era que José había evitado ir al médico porque lo consideraba una pérdida de tiempo. Sabía que si lo examinaban probablemente le prohibirían trabajar, y él no podía permitirse eso. Necesitaba el dinero para pagar los estudios de su hijo.
Antes de morir, en su última conversación, lamentó su descuido.
Le pidió a Guillermo que continuara con la empresa… pero que buscara formas más seguras de trabajar.
Guillermo, con el corazón destrozado, prometió seguir adelante con el legado de su padre.
Y ahora tenía que cumplirlo.
Pero no sabía cómo.
Los problemas eran muchos.
Primero, había gastado casi todo el capital en el cuidado de su padre.
Segundo, de los trece empleados que tenía la microempresa, ocho empezaban a presentar síntomas respiratorios.
Tercero, los químicos que utilizaban no eran seguros, aunque aceleraban la producción y reducían el tiempo de tratamiento del cuero.
Guillermo sabía que no podía seguir así.
Lo primero que hizo fue enviar a los empleados al médico y encargarse de que recibieran atención. Después tomó una decisión difícil: suspendió las operaciones por un tiempo.
Finalmente, decidió marcharse a la ciudad.
Necesitaba trabajar, reunir dinero y empezar de nuevo.
Vendió casi todas las máquinas para pagar las liquidaciones de los empleados. Solo conservó dos: las dos primeras que su padre había comprado. Aquellas máquinas eran más que herramientas; eran un recuerdo, una parte de su historia.
También vendió la casa.
En la ciudad encontró un local pequeño, casi diminuto. Apenas había espacio para las dos máquinas y una estera donde dormía por las noches. El lugar apenas contaba con los servicios básicos, pero para Guillermo era suficiente.
Estaba dispuesto a todo.
Buscó una curtidora de cuero y compró apenas dos metros de material. Con el poco dinero que le quedaba adquirió algunas herramientas básicas y luego abrió el viejo libro de diseños de su padre.
Pasó las páginas con cuidado hasta que encontró un modelo antiguo y rústico. Recordaba haberlo visto cuando era niño. Su padre casi nunca lo fabricaba, y si lo hacía era muy de vez en cuando.
Al revisar las instrucciones entendió por qué.
El proceso era largo y exigía mucho cuidado, pero el resultado era de una calidad excepcional.
Guillermo cerró el libro lentamente.
Por un momento pensó en rendirse.
Si vendía las dos máquinas podría reunir algo de dinero y empezar otro negocio… algo más sencillo.
Pero entonces recordó la promesa que le había hecho a su padre en su lecho de muerte.
Suspiró profundamente y volvió a abrir el libro.
—Tengo que buscar un plan B… mientras empiezo con ustedes —murmuró, como si las máquinas pudieran escucharlo.
Al día siguiente salió con su carpeta de presentación y sus certificados bajo el brazo.Cada puerta que tocaba le era cerrada.
Con una carrera incompleta, sin experiencia y sin recomendaciones, las oportunidades parecían inexistentes. Pasaron cinco días y el resultado fue siempre el mismo.
Rechazo tras rechazo.
Al finalizar la jornada, Guillermo se sentó en un parque. Se sentía vencido, derrotado.
—No debería ser tan difícil… —murmuró para sí mismo.
La luz del día había sido reemplazada por el resplandor frío de los faroles del alumbrado público. Estaba lejos del local y aún tenía que regresar caminando. La verdad era que ya no tenía ganas de seguir.
A lo lejos divisó un puente.
Por un instante, un pensamiento oscuro cruzó por su mente. Quizás acabar allí mismo con todo sería lo mejor.
Pero entonces recordó.
—¿Y la promesa…?
Sin duda decepcionaría a su padre.
Guillermo bajó la mirada y apretó los puños.
—¿Qué hago?... ¿Qué hago?… —se repetía a sí mismo, como si esperara que alguien, desde algún lugar, le respondiera. Como si alguien pudiera abrirle una puerta.
De pronto escuchó un gruñido.
Se sobresaltó, interrumpiendo sus pensamientos. Luego volvió a escucharlo.
—Genial… —dijo en voz baja mientras miraba su estómago—. Creo que el puente no será necesario… moriré de hambre primero.
El gruñido continuó, como si su propio cuerpo se negara a rendirse.
Guillermo suspiró y se puso de pie.
Decidió regresar.
Caminaba despacio. Tal vez tardaría una hora en llegar al local que ahora llamaba hogar. Metió la mano en el bolsillo y contó el poco dinero que le quedaba. Lo guardó de nuevo, dejando solo unas monedas en su mano.
Quizás alcanzarían para un café.
Había caminado un par de cuadras cuando divisó, entre las luces de la ciudad, una pequeña cafetería nocturna.
Dudó un momento… y luego decidió acercarse.