Ella es de la Dea se infiltra en la mafia para buscar un arma química llamada Error 44 Pero nada será tan fácil, la corrupción la mafia y el jefe mafioso obsesionado con ella
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Capitulo 16
El dolor en el hombro era un animal salvaje que le mordía el hueso.
Renata se sentó en el borde de la camilla, respirando hondo. Necesitaba pensar. Necesitaba concentrarse. Pero cada latido de su corazón enviaba una oleada de fuego desde la herida hasta la punta de los dedos.
Concéntrate, se ordenó a sí misma. Eres la mejor. Has pasado por cosas peores.
Pero la mente no le obedecía. Solo veía el rostro de Torres. El agente Castillo —o como se llamara realmente— si era capturado por los hombres de Sloan. Y si lo interrogaban, si lo torturaban, hablaría. Siempre hablaban.
Y cuando hablara, diría que ella era una infiltrada. Que Cielo no existía. Que Renata era una agente de la DEA.
Sloan la mataría. No de un tiro limpio. La mataría despacio, con esa sonrisa torcida, con esa mirada de depredador que la devoraba con los ojos. La mataría por mentirle. Por hacerle creer que ella era solo una secretaria insolente.
Y luego, tal vez, la lloraría. Pero ella estaría muerta.
Eso no puede pasar, pensó.
Apretó los dientes. Ignoró el grito de su hombro. Y con todas las fuerzas que le quedaban, se levantó.
Las piernas le temblaron. El mundo giró un segundo. Pero se mantuvo firme. Agarró la bata quirúrgica para que no se le abriera y caminó hacia la puerta.
Cada paso era una victoria. Cada respiración, una batalla.
Llegó a la puerta. La abrió.
Afuera, dos hombres enormes, traje negro y mirada de cemento, la miraron con sorpresa. No esperaban verla de pie.
—Con permiso —dijo Renata, con una calma que no sentía.
Intentó pasar entre ellos. Un brazo se cruzó en su camino.
—Lo siento, señorita Cielo —dijo el hombre de la izquierda, con voz de quien está acostumbrado a que lo obedezcan—. No puede salir sin autorización del jefe.
Renata sintió que la sangre le hervía.
—¡QUÉ CARAJOS! —gritó, y su voz resonó en el pasillo vacío.
El hombre a su derecha se encogió ligeramente, pero no cedió.
—Lo siento —repitió, como si esa frase lo absolviera de todo—. Son órdenes.
Renata los miró a los dos. Podía con ellos. Lo sabía. Aunque estuviera herida, aunque le faltara sangre, su entrenamiento era mejor que la fuerza bruta de esos matones. Pero no podía. No aquí. No ahora. Si peleaba, Sloan lo sabría en segundos.
Dio media vuelta. Entró de nuevo en la habitación. Cerró la puerta.
Y se apoyó contra ella, resbalando hasta quedar en cuclillas.
—Vamos, Renata —se susurró a sí misma, mordiéndose las uñas por la ansiedad—. Piensa en algo. Piensa. Piensa.
El tiempo se le escapaba como agua entre los dedos. Cada minuto que pasaba, Torres estaba más cerca de ser atrapado, Cada minuto, Sloan estaba más cerca de saber la verdad.
La DEA, pensó. Necesito llegar a la DEA. Que los encuentren antes que él.
Pero la DEA quedaba lejos. Y ella estaba encerrada, herida y vestida con una bata de hospital.
Se asomó a la ventana.
El edificio tenía varias terrazas. Escaleras de incendio. Bajantes. No era una caída limpia, pero era una salida.
No me queda más remedio.
Abrió la ventana. El aire frío de la noche le dio en la cara. Abajo, el vacío. Arriba, el cielo negro.
Respiró hondo. Y saltó.
Sus pies golpearon la terraza de abajo con un ruido sordo. El impacto le recorrió la columna. El hombro le gritó con una furia blanca.
—¡Carajo! —siseó, apretando la herida con una mano.
Pero no se detuvo. No podía.
Saltó otra vez. A la siguiente terraza. El dolor era inmenso, una bestia que le arañaba los huesos. La bata se le enganchó en una reja. La arrancó de un tirón.
Otra terraza. Otra caída.
La herida se abrió. Sintió el calor de la sangre fresca empapando el vendaje. La bata gris comenzó a teñirse de rojo en el hombro.
—Mierda —murmuró, apretando los dientes hasta casi rompérselos.
Pero siguió. Bajó una terraza más. Otra. La última. Hasta que sus pies tocaron el suelo firme de la calle.
El mundo se tambaleó. La oscuridad le mordió los bordes de la visión. Por un momento, pensó que iba a desmayarse allí mismo, en medio de la acera, como un animal herido.
Pero no. No podía.
Corre, se ordenó. Corre como si Sloan estuviera detrás de ti. Porque lo está. Aunque no lo sepa aún.
Y corrió.
Las calles eran un borrón de luces y sombras. La ciudad nunca dormía, pero esa noche parecía especialmente hostil. Cada esquina era una amenaza. Cada sombra, un sicario de Sloan.
Llegó al edificio de Nazareno casi sin recordar el camino. El cuerpo le pesaba como plomo. La sangre le había empapado medio costado. La bata parecía un trapo de matarife.
Tocó el timbre. Una vez. Dos veces. Tres.
—Abre, Nazareno —susurró, golpeando la puerta con la palma de la mano—. Por favor, abre.
El interfono crujió.
—¿Quién es? —la voz de él, ronca, desconfiada.
—Soy yo, idiota. Abre.
Un silencio. Luego el zumbido de la cerradura eléctrica.
Renata empujó la puerta con el hombro bueno. Entró en el vestíbulo. Las piernas ya no le respondían. Subió al ascensor apoyándose en la pared, dejando un rastro de gotas rojas en el suelo.
Tres golpes en la puerta de Nazareno. La contraseña de siempre.
La puerta se abrió.
Nazareno la miró. Vio la bata ensangrentada. El rostro pálido. Los ojos febriles.
—Dios mío, Renata —dijo, agarrándola por el brazo sano y metiéndola adentro—. ¿Qué mierda te pasó?
Ella se dejó caer en el sofá. La respiración le silbaba en el pecho.
—Castillo —respondió, con voz entrecortada—. Está en manos de Sloan. Va a cantar. Tenemos que encontrarlo antes... antes de que...
No terminó la frase. La oscuridad fue más rápida que sus palabras.
Nazareno la sujetó antes de que cayera del sofá. La recostó con cuidado. Fue por el botiquín. Por teléfono. Por todo lo que necesitaba para salvarle la vida una vez más.
Y mientras trabajaba, maldecía en voz baja.
—Siempre igual, Renata. Siempre llevándome los problemas más grandes.
Pero la miraba con cariño. Con preocupación. Con la lealtad de quien ha compartido trincheras.
Porque en su mundo, el de los agentes encubiertos, solo podían confiar en los suyos.
Y Renata era de los suyos.