Todos lloraron su muerte. Nadie sospechó su regreso. Valeria Montoya fue enterrada antes de tiempo, traicionada por la sangre que llevaba su apellido. Para el mundo está muerta; para ella, sobrevivir fue apenas el inicio del castigo. Bajo una nueva identidad, regresa a la vida que le arrebataron, obligada a callar su nombre, su pasado… y su amor. Adrián Ferrer, el hombre que la amó y la lloró frente a su tumba, es el único capaz de reconocerla sin tocarla. Entre mentiras, deseo contenido, risas que esconden dolor y una venganza que se teje en silencio, Valeria deberá decidir si el amor merece otra oportunidad o si la justicia exige sangre. Porque algunas mujeres no vuelven para ser salvadas… vuelven para cobrarlo todo.
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Nada encaja
El cementerio empezó a vaciarse lentamente, pero Adrián Ferrer seguía ahí, inmóvil, como si sus pies se hubieran hundido en la tierra junto al ataúd.
La lluvia ya no caía con la misma intensidad, pero el frío seguía clavándosele en los huesos. No sabía si era por el clima o por esa sensación extraña que le recorría el cuerpo desde que terminó la ceremonia. Algo… no estaba bien.
Nunca había creído del todo en la muerte de Valeria.
No porque negara el accidente, ni porque desconfiara de los informes médicos, sino porque había cosas que no cuadraban. Pequeños detalles que nadie más parecía notar. Como el hecho de que el ataúd nunca se abrió. Como la prisa. Como el silencio incómodo de Don Rafael. Como la manera en que Isabella lloraba sin descomponerse ni un solo segundo.
Demasiado perfecta.
Adrián dio un paso hacia la tumba recién sellada. La tierra aún estaba húmeda, oscura, revuelta. Se agachó, apoyando una mano sobre el suelo, ignorando el barro que manchaba su traje.
—Perdóname —murmuró—. No supe protegerte.
Una ráfaga de viento le erizó la piel.
Entonces lo sintió.
Esa sensación absurda, casi ridícula, de estar siendo observado.
Levantó la cabeza con rapidez y recorrió el lugar con la mirada. Quedaban pocas personas. Un par de empleados del cementerio, un hombre mayor despidiéndose en silencio… y nada más.
Nada que justificara el vuelco que le había dado el corazón.
Se incorporó despacio, intentando convencerse de que era solo cansancio. Dolor. Negación. Lo normal después de enterrar al amor de tu vida.
Pero no funcionó.
Porque en su mente apareció una imagen fugaz: una silueta al fondo de la iglesia, un paraguas negro, una mirada que no había logrado ver… pero sí sentir.
—Imposible —susurró, pasándose una mano por el rostro.
Desde la distancia, yo lo observaba sin moverme.
Había salido del cementerio, pero no me había ido lejos. Me refugié detrás de un viejo ciprés, con el corazón golpeándome el pecho con una fuerza que me asustaba. Verlo así, destrozado, me dolía más de lo que había anticipado.
Él no merecía ese sufrimiento.
Pero tampoco podía acercarme.
No todavía.
Isabella apareció a su lado, acomodándose el abrigo negro y secándose lágrimas que ya no caían solas.
—Adrián… —dijo con voz suave—. Deberías irte a casa. No es sano quedarse aquí.
Él la miró por primera vez desde que terminó el funeral. Sus ojos estaban cansados, pero había algo más. Algo duro.
—Tú pareces muy entera para alguien que acaba de perder a su hermana —respondió.
Isabella parpadeó. Solo una fracción de segundo. Pero Adrián lo notó.
—Cada quien vive el dolor de forma distinta —replicó ella, forzando una sonrisa.
Mentira.
Yo apreté los labios, conteniendo una risa amarga. Isabella siempre había sido buena actriz. Lo que nunca imaginó fue que yo estaría viva para verla actuar.
—Vámonos —insistió ella—. Mi padre nos espera.
Don Rafael los observaba desde unos metros más atrás, serio, calculador, como si ya estuviera pensando en el siguiente movimiento. En cómo seguir enterrando verdades.
Adrián asintió, pero antes de irse volvió la vista hacia la tumba.
—Esto no termina aquí —dijo en voz baja.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
Porque no hablaba solo del duelo.
Hablaba de algo más.
Cuando finalmente se marcharon, mis piernas flaquearon. Me apoyé contra el árbol y dejé escapar el aire que llevaba reteniendo desde la iglesia. Estaba viva. Había sobrevivido. Pero regresar significaba enfrentar todo aquello que casi me mata.
Saqué el teléfono del bolso y miré el nombre que ahora aparecía en la pantalla.
Emilia Cruz.
Ese era mi escudo. Mi mentira. Mi salvación.
—Tranquila —me susurré—. Paso a paso.
Porque la venganza no se gritaba.
Se planeaba.
Y Adrián Ferrer…
ya había empezado a sospechar.