Renace en un mundo mágico para cobrar venganza.
* Novela parte de un gran mundo mágico *
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En cuotas
Cora salió del edificio con el paso rápido y el pulso acelerado, el aire frío del exterior golpeándole el rostro como una bofetada necesaria. Estaba furiosa. Cada palabra del duque resonaba aún en su cabeza, mezclándose con una indignación que le quemaba el pecho.
—Maldito duque… —murmuró entre dientes mientras avanzaba por la calle.
[¿Cuánto pensará cobrarme?]
La sola idea le tensó los hombros. Seguramente una suma absurda, una cifra pensada para humillar, para recordarle quién tenía el poder. Apretó los puños, imaginándolo con esa expresión suya, tan segura de sí misma, tan insoportablemente tranquila.
Pero entonces obligó a su respiración a desacelerar.
[Piensa, Cora, piensa]
Caminó un poco más despacio. La rabia fue cediendo, transformándose en algo más frío, más útil. Sonrió de lado, una sonrisa astuta, casi divertida.
[Le pagaré.. Claro que le pagaré.. En cuotas.. Un poquito cada mes..]
Una suma tan pequeña que apenas doliera. Una gota constante, eterna. Hasta el fin de los tiempos si era necesario. ¿Qué podía hacer él? No había contratos, ni sellos, ni documentos firmados. Solo palabras dichas en un salón vacío.
Y las palabras se las llevaba el viento.
La idea la tranquilizó por completo.
Enderezó la espalda y siguió caminando, el enojo transformado ahora en una determinación serena. Había aprendido bien las reglas del juego: sin papel, sin firma, sin testigos… no había deuda real.
[Al final.. no soy yo la que perdió hoy..]
Y con ese pensamiento, Cora regresó a la mansión, ya planeando su siguiente movimiento, convencida de que incluso el poderoso duque Jason Evenson podía ser manejado con paciencia, inteligencia… y una deuda que nunca terminaría de pagarse.
Sin embargo, dos días después, la tranquilidad cuidadosamente construida de Cora volvió a resquebrajarse.
Los mismos soldados del ducado aparecieron en la mansión Morgan, puntuales, formales, inexpresivos. Esta vez, Cora no fingió debilidad ni alzó la voz. No lloró. No discutió. Ya no valía la pena.
—Estoy lista —dijo simplemente.
Mientras subía al carruaje, su mente trabajaba con rapidez. Había ensayado cada argumento: pagos mensuales, ingresos limitados, la ausencia de su padre, la situación delicada de la casa Morgan. Incluso había pensado en fingir una fragilidad económica más profunda si era necesario.
[En cuotas, se repitió. Todo se puede pagar en cuotas.]
El trayecto fue silencioso.
Cuando el carruaje finalmente se detuvo y Cora descendió, alzó la vista… y se quedó inmóvil.
[Así que esto es una verdadera mansión…]
La mansión Evenson se alzaba imponente, elegante y perfectamente cuidada. No era solo grande; era poderosa. Piedra clara, ventanales altos, jardines extensos trazados con precisión. Todo hablaba de control, de riqueza sólida, de una autoridad que no necesitaba demostrarse.
La casa Morgan, con todos sus salones antiguos y su historia, parecía de pronto un granero pretencioso en comparación.
Cora apretó los labios.
[Ahora entiendo por qué se atreve a cobrar lo que quiera]
Fue guiada al interior. Cada pasillo era amplio, luminoso, silencioso. No había desorden, ni susurros nerviosos, ni empleados temerosos. Todo funcionaba como una maquinaria perfectamente aceitada.
Finalmente, la hicieron pasar a una oficina.
Jason Evenson estaba sentado tras un escritorio amplio, de madera oscura, leyendo con total tranquilidad. No levantó la vista de inmediato. La ignoró deliberadamente, hojeando un documento con la misma calma con la que otros beberían una copa de vino.
Cora se mantuvo de pie, erguida, esperando.
Observó el lugar con atención: estanterías repletas de libros bien ordenados, mapas del ducado colgados en las paredes, sellos oficiales, documentos cuidadosamente clasificados. No era una oficina ostentosa, sino eficiente. Todo allí tenía un propósito.
Jason pasó una página.
Luego otra.
El silencio se prolongó, pesado, calculado.
Cora comprendió entonces que esto no era una simple reunión. No estaba allí para discutir como iguales, ni para negociar con astucia infantil.
Estaba allí porque el duque quería que entendiera la diferencia de poder.
Finalmente, él levantó la vista.
Sus ojos oscuros se clavaron en ella con la misma intensidad de la primera noche, pero ahora no había sorpresa, ni curiosidad. Solo certeza.
—Siéntese, lady Morgan —dijo con calma—. Tenemos que hablar de su deuda.
Cora inhaló despacio y avanzó hasta la silla frente al escritorio. Se sentó con elegancia, el mentón en alto, la mirada firme.
[Muy bien, veamos cuánto cuesta realmente usar a un depredador…]