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La Ciega Del Alfa Enemigo

La Ciega Del Alfa Enemigo

Status: Terminada
Genre:Romance / Fantasía / Hombre lobo / Romance paranormal / Amor-odio / Completas
Popularitas:428
Nilai: 5
nombre de autor: Diana Fuego Guerra

Elisabete nació ciega y siempre fue diferente a los demás lobos de su manada, pero llevaba consigo un destino grandioso: convertirse en la Luna, la líder espiritual del grupo. Cuando llega el momento del ritual que confirmaría su puesto, es rechazada públicamente por el alfa Caíque, humillada y expulsada, sumida en soledad y dolor. Sola y vulnerable, recuerda su infancia marcada por rechazos, pero también por un entrenamiento secreto que aguzó sus otros sentidos, convirtiendo su aparente fragilidad en fuerza.

Guiada por Alisson, el alfa enemigo de Caíque, Elisabete atraviesa territorios peligrosos y encuentra refugio seguro por primera vez. Bajo su protección, comienza a sanar viejas heridas, reconectar con su propia fuerza y descubrir que, incluso en la oscuridad, es capaz de sobrevivir y volver a confiar. Mientras tanto, Caíque, el alfa que la rechazó, se da cuenta de que su error puede tener consecuencias inesperadas. Entre recuerdos dolorosos, enfrentamientos y nuevos vínculos, el destino de Elisabete se transforma, demostrando que la verdadera fuerza viene de superar el rechazo y encontrar aliados en los lugares más inesperados.

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Capítulo 8

El territorio aún dormía cuando Alisson condujo a Elisabete hasta la parte más antigua de la aldea.

Ella lo sentía en el aire.

El olor de las construcciones había cambiado.

La madera era más vieja.

La tierra, más cargada de historia.

El viento pasaba diferente en aquel lugar, como si no atravesara solo el espacio, sino también el tiempo.

—¿A dónde estamos yendo? —preguntó ella, con cautela.

—A alguien que ve más allá de los ojos —respondió.

Ella frunció levemente el ceño, pero no cuestionó.

Al entrar, el aroma de hierbas quemadas y raíces amargas tomó sus sentidos. El sonido del fuego crepitando era bajo y rítmico. Había alguien allí antes incluso de que Alisson anunciara la presencia de los dos.

—La Luna no se equivoca en sus pasos… solo en los atrasos —dijo una voz envejecida.

Elisabete sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

—Anciano —saludó Alisson.

—Hace mucho tiempo que no me traes a nadie, Alfa del Norte —respondió el viejo—. Mucho menos una Luna sin ojos para el mundo… y con el mundo entero en los sentidos.

El corazón de Elisabete se disparó.

—Él sabe —susurró ella.

—Yo siento —corrigió el anciano—. Más que saber.

Alisson la guio hasta un banco bajo. Tan pronto como ella se sentó, el viejo se acercó lentamente. No la tocó de inmediato. Caminó alrededor de ella, atento a cada respiración, a cada micro movimiento.

—Siempre fuiste así —habló, pensativo—. Incluso cuando niña.

Elisabete tragó saliva.

—El señor… ¿me conoció antes?

—No con los ojos. Con el eco que dejas en el mundo.

El silencio que se siguió era denso.

—Dime, Elisabete de la Luna —continuó él—, ¿cuándo perdiste la visión?

—Yo nunca la tuve.

El anciano asintió lentamente.

—Entonces es aún más antiguo de lo que imaginaba…

Alisson se inclinó, tenso.

—¿Antiguo como qué?

El viejo apoyó el bastón en el suelo, firme.

—Antiguo como la Luna cuando aún no era solo luz.

El aire pareció más pesado.

—Ella no está enferma —afirmó el anciano—. No está herida. No está incompleta.

Elisabete contuvo la respiración.

—Entonces, ¿por qué todos dicen que soy defectuosa?

—Porque el mundo tiene miedo de aquello que no entiende —respondió él.

El viejo finalmente tocó el rostro de ella, con la punta de los dedos, leve como el viento.

—Tu ceguera no es ausencia. Es elección de la propia Luna.

Alisson dio un paso adelante.

—¿Elección para qué?

El anciano retiró la mano.

—Para que ella no sea engañada por las apariencias.

El silencio se rasgó dentro de Elisabete.

—Eso no hace que yo vea —murmuró ella.

—No —la respuesta fue directa—. Y nunca lo hará.

Elisabete tragó saliva.

—Yo no voy a… ¿mejorar?

—No.

La palabra cayó sin crueldad.

Sin piedad.

Con verdad.

El anciano inclinó un poco la cabeza.

—No naciste para ver rostros, colores o caminos. Naciste para sentir aquello que los otros ignoran.

—¿Como qué? —preguntó Alisson.

—Intenciones. Mentiras. Vínculos. Miedo. Amor. Destino.

Elisabete sintió el pecho doler.

—Entonces esto nunca va a cambiar…

—Nunca.

El silencio que vino después fue largo.

Doloroso.

Definitivo.

Ella respiró hondo, sintiendo algo dentro de ella reorganizarse.

—Entonces ese es el precio… —murmuró.

—No —el anciano negó—. Ese es el pacto.

Alisson observaba en silencio, los puños cerrados.

—¿Y qué es ella, al final? —preguntó.

El viejo se giró hacia él.

—Una Luna que camina en la oscuridad para que los otros no se pierdan en la falsa luz.

Elisabete sintió el aire faltar.

—Y por eso fui rechazada… —dijo, con la voz baja.

—Fue.

—Y por eso mi Alfa cayó…

El anciano respiró hondo.

—Aún caerá más.

El silencio tomó el espacio.

—¿Hay algo más que yo necesite saber? —preguntó Alisson.

El viejo se giró nuevamente hacia Elisabete.

—Hay algo que ella necesita aceptar.

Elisabete levantó el rostro.

—¿Qué?

—Su ceguera no es maldición. Pero el rechazo la transformará en algo que ningún Alfa conseguirá controlar.

—¿En qué?

El anciano sonrió levemente.

—En elección.

El viento sopló fuerte en aquel instante.

—No volverás a ver, Elisabete —repitió él con firmeza—. Pero llegará el día en que verás más de lo que cualquiera de ellos jamás soportaría.

Ella quedó en silencio.

Respirando.

Sintiendo.

Aceptando.

—Gracias por no mentir —dijo, al fin.

El anciano asintió.

—La verdad duele menos cuando no es aplazada.

Del lado de afuera, cuando el aire libre volvió a tocar el rostro de Elisabete, ella caminaba diferente.

No más esperando una cura.

No más soñando con ojos que nunca tendría.

Pero con algo nuevo en el pecho:

Pertenencia.

—¿Estás bien? —preguntó Alisson.

Ella asintió despacio.

—Yo no voy a ver…

—Lo sé.

—Pero tampoco voy a vivir más esperando por eso.

Él se detuvo.

—¿Eso te asusta?

—No —ella respondió—. Por primera vez… eso me libera.

Alisson la observó en silencio.

Y allí, en aquel instante discreto…

La Luna ciega dejó de ser solo una sobreviviente.

Y pasó a ser, oficialmente,

una fuerza que ni la propia Luna osaba contrariar.

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