Isadora Valença creía vivir un matrimonio perfecto… hasta descubrir que su marido la engañaba con su mejor amiga.
Poco tiempo después, un accidente la hace desaparecer.
Para todos, Isadora murió.
Años más tarde, regresa como Lívia Montenegro, una mujer fría, poderosa e irreconocible. Con una nueva identidad y un imperio en sus manos, su único objetivo es ajustar cuentas con el pasado.
El destino la pone nuevamente frente a frente con Adriano Bastos, el hombre que la destruyó. Arrepentido y marcado por la culpa, se enamora de Lívia… sin saber que ella es la esposa que cree haber perdido para siempre.
Entre venganza, deseo y sentimientos sin resolver, Isadora debe decidir:
¿revelar la verdad… o hacerlo pagar hasta el final?
Una historia de renacimiento, poder femenino y venganza emocional.
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Capítulo 2
El restaurante escogido por Clara era pequeño, demasiado discreto para un encuentro casual. Isadora se dio cuenta de esto tan pronto como estacionó el coche al otro lado de la calle. Las luces eran bajas, el movimiento contenido, y el tipo de lugar donde nadie prestaba demasiada atención a nadie.
Respiró hondo antes de salir del coche.
Había aprendido, a lo largo de los años, a reconocer señales sutiles. El tono de voz diferente de Clara, los mensajes cortos, la petición urgente para conversar personalmente. Todo apuntaba a algo serio. Aún así, Isadora se rehusaba a formular conclusiones. Las conclusiones exigían coraje — y en aquel momento, ella solo tenía inquietud.
Al entrar, sus ojos buscaron a la amiga casi automáticamente.
Clara estaba sentada en una mesa al fondo, de espaldas a la pared. Vestía un abrigo claro, el cabello recogido de forma descuidada, los dedos entrelazados sobre la mesa. Cuando vio a Isadora, se levantó de inmediato, como si estuviera esperando por aquel momento con ansiedad contenida.
—Hola… — dijo Clara, forzando una sonrisa que no alcanzó los ojos.
—Hola — respondió Isadora, sentándose frente a ella. — ¿Estás bien?
Clara vaciló. Ese silencio, demasiado corto para ser natural, hizo que algo dentro de Isadora se contrajera.
—No mucho — confesó, por fin. — Por eso te llamé.
El camarero se acercó, interrumpiendo el momento. Isadora pidió solo agua. Clara no pidió nada.
Cuando quedaron solas nuevamente, el aire entre ellas parecía más pesado que antes.
—Clara… me estás asustando — dijo Isadora, apoyando los codos en la mesa. — ¿Sucedió algo?
La amiga desvió la mirada, encarando el vaso vacío frente a ella. Isadora conocía ese gesto. Era el mismo que Clara hacía siempre que necesitaba decir algo difícil.
—No sé por dónde empezar — murmuró.
—Entonces empieza por el principio — respondió Isadora con suavidad, aunque su corazón ya estuviera acelerado.
Clara respiró hondo. Una vez. Dos. Tres.
—¿Confías en mí? — preguntó, finalmente.
La pregunta cayó como un golpe inesperado.
—Claro que confío — respondió Isadora sin dudar. — Eres mi mejor amiga.
Clara cerró los ojos por un segundo, como si aquellas palabras dolieran más que cualquier acusación.
—Necesito que confíes… incluso si lo que voy a decir te lastima.
Isadora sintió un frío extenderse por el estómago.
—Clara…
—Isa — interrumpió, la voz temblorosa. — ¿Prometes que vas a dejarme terminar antes de reaccionar?
Isadora asintió lentamente.
Clara abrió la bolsa, sacó el celular y lo colocó sobre la mesa, boca abajo. Por algunos segundos, pareció incapaz de tocar el aparato. Cuando finalmente lo hizo, sus manos temblaban.
—Hace meses que intento decirte esto — comenzó. — Meses. Pero siempre pensé que merecías algo mejor que la verdad cruda… algo que nunca conseguí darte.
Isadora sintió que le faltaba el aire.
—¿Decir qué?
Clara giró el celular hacia arriba. La pantalla estaba bloqueada.
—No quería que lo descubrieras así — murmuró. — Ni hoy. Ni nunca.
El silencio se prolongó, denso, casi sofocante.
—Clara, estás hablando en enigmas — dijo Isadora, sintiendo que la paciencia se agotaba. — ¿Qué está sucediendo?
La amiga finalmente desbloqueó el celular. Sus dedos se deslizaron por la pantalla con lentitud torturante. Entonces, empujó el aparato por el centro de la mesa.
—Mira — dijo, casi en un susurro.
Isadora tomó el celular.
En la pantalla, una conversación abierta. El nombre en la parte superior hizo que su corazón errara el ritmo por un segundo.
Adriano.
Ella parpadeó, confusa, intentando entender. Aquello podía tener varias explicaciones. Clara y Adriano se conocían hacía años. Mensajes no significaban nada. Ella repitió esto mentalmente mientras sus ojos descendían por la pantalla.
Los primeros mensajes eran banales. Comentarios sobre el día. Preguntas casuales. Después, algo cambió.
Las palabras se tornaron íntimas demás. Próximas demás. Emojis que no pertenecían a conversaciones inocentes. Horarios que coincidían con las ausencias frecuentes de Adriano.
Isadora sintió que las manos se enfriaban.
—Esto… ¿esto es algún tipo de broma? — preguntó, la voz casi inaudible.
—No — respondió Clara, tragando en seco. — No lo es.
Isadora rodó la conversación un poco más. Su pecho se apretó cuando leyó un mensaje enviado la noche anterior.
“Ella no sospecha de nada.”
El mundo pareció inclinarse levemente.
—¿Hace cuánto tiempo? — preguntó Isadora, sin alzar los ojos.
Clara tardó en responder.
—Casi un año.
Isadora sintió como si el suelo hubiera cedido bajo sus pies. Un año. Mientras ella servía café, esperaba despierta, creía. Un año de mentiras silenciosas, construidas frente a ella.
—Tú… — Isadora intentó hablar, pero la voz falló. — ¿Tú te acostaste con mi marido?
Clara asintió, lágrimas escurriendo ahora sin control.
—Me odio por eso — sollozó. — Intenté parar. Juro que intenté. Pero cuando me di cuenta, ya había ido demasiado lejos.
Isadora soltó el celular sobre la mesa. Su cuerpo parecía distante, como si no le perteneciera más.
—¿Él sabe que te estás contándome? — preguntó, finalmente.
—No — respondió Clara rápidamente. — Él no sabe. Y no puede saber. Por lo menos… no aún.
Isadora alzó los ojos, encontrando los de la amiga.
—¿Por qué ahora? — preguntó, con una calma aterradora. — ¿Por qué contarme ahora?
Clara vaciló nuevamente.
—Porque hoy… — ella tragó en seco — hoy descubrí que estoy embarazada.
El sonido alrededor desapareció.
Isadora sintió el mundo derrumbarse en silencio absoluto.
Y, en aquel instante, ella supo: nada — absolutamente nada — volvería a ser como antes.