Décimo primer libro de la saga colores
El capitán Albert Mercier, un lord arruinado de Floris emprenderá un viaje al mar a una misión de alto riesgo hacia una tierra desconocida, (Polemia) un reino helado donde se topara con Mermit, una nativa arisca que desafiará su destino.
¿Podrá el amor superar las barreras del entendimiento? Descúbrelo ya.
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1. Una salvaje en un mundo nuevo
...MERMIT:...
Correr por la tierra blanca me gustaba cuando era una cría, pero en ésta ocasión no lo hacía porque me hiciera reír. Mi tribu fue destruida y a cambio maté al líder de la tribu enemiga, eso desató la furia del resto y ahora me perseguían, pero a pesar de huir yo no pensaba ser objeto de caza.
Una furia me recorría el cuerpo, la indignación me poseía, nadie se esperaba que yo tomara mi lanza y empezara a luchar, por eso aunque huyera, lo haría momentáneamente hasta perderlos de vista, los asesinaría por mi tribu, por su memoria, por los territorios perdidos.
No dejaría ninguno con vida.
Nunca corrí tan lejos, nunca sentí el frío helar mis huesos y quemar mis mejillas.
Tenía miedo.
Estuve huyendo por tres noches, escondida entre rocas y nieve.
Ya no había árboles, solo montañas de color marfil.
Me detuve en seco cuando me hallé con una montaña mas grande, plana y bastante vertical, de color gris.
No, aquello no era concebido por lo natural.
Recordé lo que me contaba mi quesac (Padre) sobre los hombres extraños, sobre sus dominios hechos por sus manos, más sólidos, más amenazantes.
Jamás lo ví en persona porque nunca salí de caza con el grupo.
Esa piedra era obra de los hombres extraños.
De hecho, podía verlos en la punta, observando, vigilando, esperando para cazar nuestros cuellos.
Solté un gruñido furioso, queriendo encajar mi lanza en ellos.
El mal estaba en la tierra blanca y nuestros dioses permanecían callados, como si esto supusiera un castigo.
Permanecí escondida, cerca de esa montaña.
Observando hacia la cima.
Los hombres caminaban en la punta, dando vueltas.
No tardaron en encontrarme los enemigos de la tribu, pero algo llamó mi atención, habían hombres fuera de esa montaña de piedra.
Eran varios y todos eran de los extraños.
Me oculté detrás de una pila de nieve cuando la tribu se acercó.
No me vieron a mi, sino a ellos.
Empezaron a lanzar flechas y corrieron hacia los hombres.
Pero, me extrañó ver que ellos se desviaron, huyendo de los miembros de la tribu, hacia otra dirección a la batalla.
Por lo general, los hombres extraños eran los que atacaban.
Al menos mis enemigos se entretuvieron con eso.
No pude evitar la curiosidad y empecé a seguirlos.
También sentía enojo de que me robaran la oportunidad de vengar a mi tribu.
Corrí.
...****************...
"Eso es una mariposa"
¿Qué era eso? Agitaba sus alas frente a mí, se posaba en esa planta llamada flor y seguía suspendida en el aire. Aquello tenía que ser magia.
Me agaché, sintiendo la hierba en mis dedos, picaba y era fresca, me apoyé de manos y rodillas mientras olfateaba la mariposa.
Se alejó.
— Mari...Posa — Intenté decirlo.
¿Qué era una mariposa?
Mi voz no podía emitir tantos sonidos y eso me hacía sentir mal.
Desde que dejé mi mundo todo era extraño, nuevo, incluso me sentía entre dioses y es así como yo lo pensaba.
Los dioses estaban en carne y huesos en ese mundo mágico.
Un Dios de cabello como el sol, una diosa de la oscuridad (Adrian y Freya) Ellos regían todo ese mundo y vivían dentro de paredes pulidas y brillantes, (Castillo)
Tal vez mi quesac tenía razón, yo era concebida por la tierra blanca y eso me hacía especial, tal vez por eso fui salvada de la muerte y llevada en ese monstruo de madera (barco) a través de un enorme charco infinito (mar) hacia ese mundo.
¿De aquí venían todos los hombres extraños?
Ellos eran dioses, pero no eran muy diferentes a nosotros, puede que fuesen más sabios, más inteligentes, poseían un poder divino, pero había una similitud.
Aunque en este mundo no hubiesen tribu, también se peleaba por mantener el control de las tierras y el hombre que cazaba en la tierra blanca también lo intentó aquí.
"Mermit" (princesa)
Observé hacia él.
Mi amo, el que guió el monstruo de madera que llamaban barco, a través del mar infinito, él me salvó.
¿También era un dios?
Me conservó para él, me alimentaba, aunque no pedía nada a cambio, sabía que yo era una Mermit y que mi propósito era servirle y concebir sus hijos, porque al raptarme, yo le pertenecía.
"Vamos a la casa"
Señaló lo que él llamaba "casa"
— Casa — Repetí.
Era de color blanco, con tres pisos.
Un hermoso lugar.
Antes de llegar allí, hicimos un viaje en el carruaje, otro artefacto mágico tirado por caballos.
Gracias a Eudora, una mujer que iba en el barco, yo podía identificar algunas cosas de ese mundo, pero aún me faltaba.
Él me observó, llevaba dos valijas de cuero.
Los demás me decían Albert, aunque yo le llamaba "tonto"
Era un hombre alto y semi fornido, con el cabello dorado que le rozaba el cuello y una barba incipiente, tan escasa a diferencia de los machos de mi tribu.
Su piel era bronceada, no usaba pieles para cubrirse, nadie de aquí lo hacía.
A mí me obligaban a llevar prendas largas ajustadas en las cinturas, se llamaban vestidos, tenían colores como las flores, el cielo y la hierba.
Observé a mi alrededor.
El lugar estaba rodeado por muros, había otras casas alrededor y desde allí se podía ver el mar.
Me levanté y sali de la hierba, hacia el camino empedrado que conducía a unas escaleras y una puerta.
Albert me hizo un gesto, indicando seguirlo.
Caminé con cuidado, tratando de lidiar con las zapatillas bajas que llevaba en los pies.
Al entrar me sorprendí.
Olía a madera, había un pequeño espacio cubierto por una alfombra con una escalera del lado izquierdo que daba a los demás pisos.
La estancia tenía dos pasillos que se perdían a más espacios de la casa.
Era una versión pequeña del castillo.
Tres personas no recibieron.
"Mi lord, bienvenido a casa"
Una mujer habló, era mayor, eso significaba que era muy sabia, al igual que sus dos compañeros.
"Gracias, fue un viaje largo" Dijo Albert.
"Lleva más de tres años fuera" Rió el hombre mayor.
"Los viajes en barco son eternos" Dijo el amo.
Al principio me molestaba tanto ruido, todos hablaban demasiado, pero ya me estaba acostumbrado a la forma de interactuar.
"Ni lo diga, mi lord, creíamos que nunca lo veríamos llegar" Dijo la dama más anciana, de cabello plateado.
"Casi, fue un viaje peligroso, deben estar al tanto de las noticias"
Todos hicieron un asentimiento con la cabeza.
Sus miradas se posaron en mí y se acercaron curiosos.
Retrocedí, tomando el brazo de Albert, escondiendo detrás.
"¿Quién es ésta señorita tan tímida?" Preguntó la anciana.
"Ella es... Es mi protegida"
El amo parecía estar sudado, observé su rostro mientras seguía aferrada a su brazo.
Hubo gestos graciosos en los tres ancianos.
"¿Su protegida?" Alzaron su voz
"Sí, la encontré en mi viaje, no tiene a nadie, así que soy su tutor, de hecho tiene mi apellido, es Mermit Mercier"
Todos lucían como petrificados.
Se acercaron a mí y extendieron sus manos.
"¡Mucho gusto, soy la señora Mariel, soy la ama de llaves! La más anciana sonrió.
"¡Yo cocino y me encargo del aseo de la casa, soy Aliz!" La de ropa graciosa me observaba como si fuese un adorno.
"¡Yo soy el mayordomo y jardinero, me llamo Lázaro!" Comentó el hombre.
Me quedé parpadeando.
Observaron a mi amo.
"¿Es tímida?"
"Disculpen, Mermit no entiende nuestro idioma, tampoco habla, cualquier duda que tengan consulten conmigo, yo soy quien va a encargarse de ella, tendrán que tener un poco de paciencia"
Los tres abrieron mucho los ojos, pero asintieron con la cabeza.
Así que esa era su tribu, solo tres ancianos, me sorprendió que no hubiese más mujeres y hombres, aunque al principio creí que su tribu era la del barco, pero una tribu nunca se separaba, a menos que el líder muriera.
Y él estaba vivo.
Así que este lugar y ésta gente era la que él dirigía.
Albert me hizo un gesto con la mano y caminó a las escaleras.
Lo seguí, aferrando mi mano a la pared para no caer.
Llegamos a un pasillo y el abrió otra puerta.
Me indicó que entrara primero, extendiendo su mano.
Entre para curiosear.
— Ventana, cama, armario — Dije con lentitud, viendo lo que había dentro.
Tenía un color bonito, era de tono caoba, con una alfombra en el centro, el armario estaba pegado a la pared junto a la ventana.
Albert dejó una de las valijas sobre la cama.
Se aproximó, me señaló y luego indicó la habitación.
Repitió los gestos cuando me quedé parpadeando.
Suspiró.
Señaló la cama, junto sus manos y las llevó a un lado de su rostro, luego cerró los ojos.
— Dormir — Dije, comprendiendo lo que quería decirme — Mía, dormir.
Asintió con la cabeza y sonrió.
"Le diré a Aliz que saque tu ropa y la guarde en el armario, también que traslade lo que hace falta" caminó hacia la salida y se detuvo en el umbral con una de las valijas en la mano "Quédate aquí" Hizo un gesto.
Se marchó.
Salí de la habitación y lo seguí.
El pasillo seguía así que me apresuré, había más escaleras.
Albert estaba subiendo.
Me apresuré.
Él entró a una puerta al final.
Y me aventuré.
La habitación era más grande y espaciosa, además del armario también había un espejo grande y una cómoda con adornos.
Me sorprendí al hallar libros y corrí hacia ellos.
Albert se percató de mi presencia y soltó un respingo.
"Te dije que te quedaras en tu habitación"
Tomé los libros y pasé páginas.
Sonreí abiertamente.
Él se aproximó.
"Necesito asearme, Mermit"
Señalé el barco en el libro.
— Barco — Dije, tocando la superficie de la hoja.
"Sé que estás ansiosa por seguir descubriendo cosas, pero todo lo que pasó, el viaje fue largo y estoy cansado"
Calló un bostezo.
Dejé el libro donde estaba y corrí al espejo.
Me observé.
Toqué la trenza que Eudora me hizo para el viaje, también mi vestido.
¿Cómo hacían para que el agua se volviera sólida y fuera tan transparente?
Me gustaban los espejos.
" Tendrás una institutriz, sé que no sabes que es, pero será como Eudora"
Escuché ese nombre y lo observé.
Albert se sentó sobre la cama.
— Eudora.
"No será ella, pero si aprendiste algo con Eudora podrás hacerlo con una institutriz"
Si la estaba nombrando era porque ella venía.
Quería que nos acompañara.
Di brincos y me acerqué a él.
Me lancé sobre él y cayó sobre la cama.
Se tensó debajo de mí cuando me quedé sobre su cuerpo.
"Mermit, no hagas eso"
Me intentó apartar.
Fruncí el ceño.
— Tonto.
"No soy tonto, soy Albert"
— Tonto — Apoyé mis manos de su pecho.
Si supiera que lo llamaba así a propósito, notaba su molestia en el rostro.
"Mermit, espero que no le colmes la paciencia a la institutriz"
No sabía porque me sentía así, pero una parte de mí estaba familiarizada con la forma en que hablaban los dioses, aunque no los entendiera.
Mermit:
albert los celos son malos recuerda que mermit no entiende solo es curiosa tienes que enseñarle
mermit va sentirse triste