Un delta que regresa al pasado decidido a no enamorarse.
Un omega reencarnado que solo quiere salvar a su villano favorito.
Entre música, promesas infantiles y destinos torcidos, el amor no estaba en el plan…
pero el plan fracasa desde el primer beso en la mejilla.
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Capítulo 8 El día en que la etiqueta casi pierde contra la música
El anuncio del evento formal cayó sobre el castillo como una campanada solemne.
—Cena de bienvenida para los enviados del sur —leyó en voz alta uno de los tutores—. Vestimenta de gala. Comportamiento acorde al protocolo.
Alessandro di Ravenna escuchó con la paciencia de alguien que, en otra vida, había soportado banquetes interminables sin pestañear. Aun así, la palabra protocolo le dejó un sabor amargo.
—No tienes que ir —le dijo Luca, colgando las piernas desde el borde de la mesa—. A mí me marean las palabras largas.
—Tengo que ir —respondió Alessandro—. Es parte de… —se detuvo—. De ser quien soy.
—Yo no tengo que ir —sonrió Luca—. No soy quien tú eres.
Ese comentario, simple y honesto, lo dejó sin réplica.
La tarde fue un desfile de telas, botones y suspiros resignados. A Alessandro lo vistieron con capas y broches que pesaban más de lo que un niño de once años debería cargar. Luca observaba desde la puerta, sosteniendo su arpa con cuidado.
—Te ves incómodo —comentó.
—Me veo correcto —replicó Alessandro.
—No es lo mismo.
Alessandro frunció el ceño.
—¿Qué haces aquí?
—Me pidieron que toque —respondió Luca—. Dicen que la música “suaviza el ambiente”.
—¿Quién te lo pidió?
—La maestra Vittoria… y el mayordomo Giovanni.
Eso explicaba demasiadas cosas.
El salón principal brillaba con luces cálidas. Los nobles del sur, envueltos en perfumes caros y sonrisas medidas, se movían como si el piso fuera un tablero de juego. Alessandro ocupó su lugar con la rigidez aprendida en otra vida.
Luca apareció al fondo, pequeño entre adultos grandes.
—No mires —se dijo Alessandro—. No te distraigas.
Miró.
La primera metida de pata ocurrió antes de que Luca tocara una sola nota.
—¿Es cierto que el heredero tiene un protegido? —preguntó un noble con tono de curiosidad afilada.
—No —respondió Alessandro—. Es un aprendiz de música del castillo.
—Ah —sonrió el noble—. Un adorno encantador, entonces.
Alessandro apretó los dientes.
—No es un adorno.
—¿No? —alzó una ceja el hombre—. Entonces, ¿qué es?
Alessandro tardó un segundo de más en responder.
—Una persona.
El noble parpadeó, sorprendido, y se apartó con una risa incómoda.
Luca, desde el fondo, había visto la escena. Sus ojos brillaron con una gratitud silenciosa.
Cuando Luca comenzó a tocar, el salón se aquietó.
No era una pieza complicada. Era una melodía clara, de esas que no intentan impresionar, sino acompañar. Algunos nobles dejaron de conversar. Otros fingieron escuchar mientras medían el valor social del momento.
Alessandro no fingió.
Escuchó.
La música llenó los huecos que el protocolo dejaba.
—Toca bien para ser tan pequeño —murmuró una dama.
—Toca bien —corrigió Alessandro—. Punto.
La dama sonrió, incómoda.
La segunda metida de pata fue de Luca.
Entre pieza y pieza, un noble le extendió una moneda.
—Para tu esfuerzo, pequeño —dijo condescendiente.
Luca miró la moneda… y luego la dejó sobre la mesa del noble.
—No toco por monedas —respondió—. Toco porque quiero que la gente se quede quieta un momento.
El salón contuvo la respiración.
Alessandro dio un paso adelante.
—El joven Luca habla con honestidad —dijo—. No con falta de respeto.
El noble se rió, forzado.
—La honestidad también es una forma de etiqueta, supongo.
—A veces —respondió Alessandro—. La única.
Después del evento, Luca estaba agotado. Se sentó en un banco del corredor, con el arpa apoyada contra su hombro.
—No me gusta cuando me miran como si fuera un mueble bonito —murmuró.
—A mí tampoco —respondió Alessandro, sentándose a su lado.
—¿Te enojaste?
—Un poco.
—¿Por mí?
—Por la forma en que te miraron.
Luca sonrió, cansado.
—Entonces estamos bien.
El mayordomo Giovanni se acercó con una bandeja.
—Chocolate caliente —ofreció—. Para ambos.
Luca aceptó con entusiasmo.
—Gracias por tocar —dijo Alessandro.
—Gracias por no dejar que me traten como cosa —respondió Luca.
Se quedaron en silencio, compartiendo el vapor del chocolate.
Esa noche, Alessandro se quitó la capa pesada con alivio.
—El protocolo cansa —murmuró.
—La música descansa —respondió Luca, tocando dos notas suaves en el pasillo.
—Eso no es una frase real.
—Ahora sí.
Alessandro sonrió sin querer.
Antes de dormir, Alessandro escribió una línea nueva en su papel de reglas:
Regla seis: no permitir que confundan a las personas con adornos.
La dobló… y no la guardó. La dejó a la vista.