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Ecos Del Destino

Ecos Del Destino

Status: En proceso
Genre:Romance / Amor eterno / Reencarnación
Popularitas:1.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Thanan

Monserrat Bellini vive una vida perfecta en Italia: riqueza, prestigio y un futuro asegurado. Pero dentro de ella existe un vacío imposible de llenar… y sueños que la hacen despertar llorando por un amor que no recuerda haber vivido.

Todo cambia cuando conoce a Dorian D’Angelo, el hombre que todos le dicen debería odiar.

Entre ellos nace una conexión inexplicable, intensa y peligrosa, como si sus almas se reconocieran desde siempre.

Sin embargo, cada vez que intentan acercarse, algo —o alguien— parece empeñado en separarlos.

Mientras fragmentos de un pasado olvidado emergen, Monserrat descubrirá que algunas historias no terminan con la muerte… y que el amor verdadero puede desafiar incluso al destino.

Porque hay amores que regresan.

Y destinos que nunca dejan de perseguirnos.

NovelToon tiene autorización de Thanan para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 20: La inauguración

La galería llena era otra cosa.

Monserrat lo sabía porque había vivido aquella transformación decenas de veces: el silencio que se llenaba de voces, los pasos que resonaban distinto sobre el parqué, la luz artificial intentando competir con el murmullo de los cuerpos y perdiendo. Pero esta noche era diferente. Esta noche el espacio era suyo y, al mismo tiempo, no le pertenecía.

Saludaba, sonreía, indicaba direcciones, resolvía pequeños problemas sin que nadie notara que los resolvía. La directora. La anfitriona. La mujer que había hecho posible que todo aquello existiera.

Alessandro estaba a su lado. No pegado, no posesivo. Presente. Cada vez que ella extendía la mano para saludar a alguien, el anillo quedaba visible. Ella lo sabía. Él lo sabía. Los demás lo veían aunque nadie lo comentara.

—Estás brillando —dijo él en voz baja, mientras ella terminaba una conversación con un crítico de arte.

Ella lo miró. Él sonreía con esa sonrisa suya, la que parecía reservada solo para ella.

—¿Yo?

—Tú. Esto. La galería. Se nota que es tuya.

Monserrat sintió algo en el pecho. Algo cálido, real, de esas cosas que no necesitan nombre. Alessandro no era un hombre de grandes declaraciones, pero cuando decía algo así, era verdad.

—Gracias —dijo.

—No me des las gracias. Solo lo estoy diciendo.

Ella apretó su mano un instante y volvió a la sala. La noche seguía.

Pero mientras se movía entre los invitados, mientras saludaba y reía y era perfecta, una parte de ella —la que no sabía controlar— estaba esperando.

No sabía qué. No quería saberlo.

Pero estaba ahí.

Lo sintió antes de verlo.

Un cambio sutil en la temperatura del espacio. Una reorientación de algo que no sabía nombrar. Llevaba años entrenándose para leer una sala llena de gente, para detectar conversaciones importantes, para anticipar movimientos. Pero esto era distinto. Más antiguo. Más físico.

Sabía que él estaba ahí antes de que sus ojos lo confirmaran.

Dorian cruzó el umbral de la galería con la misma facilidad con la que hacía todo: sin estridencias, sin anuncios, ocupando exactamente el espacio que necesitaba. Iba acompañado de dos personas de su fundación y alguien más que ella no reconoció. Traje oscuro, impecable. El rostro sereno de siempre.

Ella siguió con lo suyo. No podía detenerse. No debía.

Pero cada vez que cambiaba de posición en la sala, cada vez que se desplazaba hacia otro grupo, sabía dónde estaba él sin mirar. Como un punto fijo en un mapa que no necesita comprobarse para saber que existe.

La primera interacción fue inevitable. Un grupo de mecenas, una conversación sobre la exposición, la necesidad de que ambos estuvieran presentes. Ella llegó primero. Él apareció después.

—Monserrat —dijo él, extendiendo la mano.

—Dorian.

Se saludaron como todos. Breve. Profesional. Pero él dijo su nombre con una entonación que nadie más habría notado. La del puente. La del tuteo que ya existía entre ellos aunque allí no pudiera usarse.

Ella lo registró sin mostrar nada.

—La exposición está impecable —dijo él, dirigiéndose al grupo—. La señorita Bellini ha hecho un trabajo extraordinario.

—Ha sido un proyecto conjunto —respondió ella, con la fórmula correcta.

Él asintió. Una sonrisa mínima, apenas un movimiento en las comisuras. La de siempre.

La conversación siguió. Otros hablaron. Ella respondió. Él también. Todo correcto. Todo en su sitio.

Pero mientras él hablaba —mientras explicaba algo sobre la fundación y la colaboración—, ella lo miraba de otra manera. Con una capa nueva que antes no existía. Buscaba en su rostro lo que decía el artículo. Buscaba al hombre que dejaba empresas sin aire, que rodeaba hasta asfixiar. Intentaba leerlo como se lee un contrato: buscando cláusulas ocultas, lo que no se dice.

Y en ese intento perdió algo.

La conciencia inmediata. La presencia física que siempre la había desestabilizado. Por un momento, él dejó de ser él y se convirtió en un texto que intentaba descifrar.

No dijo nada. No cambió su expresión. Pero su respuesta a la siguiente pregunta fue ligeramente más medida, más cuidadosa. Como alguien que siente que el terreno ha cambiado sin entender del todo por qué.

Ella también lo notó.

Y aquel pequeño desajuste entre ellos resultó más incómodo que cualquier cosa que hubiera pasado antes.

La noche avanzó.

Monserrat siguió siendo perfecta. Las conversaciones, los saludos, las fotos. Alessandro aparecía de vez en cuando, le tocaba el brazo, le preguntaba si necesitaba algo. Valentina, desde algún punto de la sala, la observaba con esa mirada suya que parecía verlo todo sin preguntar.

En un momento dado, Bianca apareció a su lado con dos copas de vino.

—Toma —dijo, tendiéndole una.

—No puedo. Estoy trabajando.

—Bebe un sorbo. Nadie va a denunciarte.

Monserrat sonrió y aceptó la copa.

—¿Dónde está Luca? —preguntó.

Bianca señaló hacia el fondo. Luca hablaba con alguien de la fundación. Mientras señalaba, él levantó la vista como si hubiera sentido su mirada y le dedicó una sonrisa pequeña, privada, casi invisible para los demás.

Bianca no sonrió de vuelta. Pero sus dedos alrededor de la copa se apretaron un poco más.

—Es un caso —dijo.

—Parece feliz.

—Lo es. Yo también. Pero no sé… es tan fácil que a veces me da miedo.

Monserrat miró a su amiga. Bianca —la que siempre decía lo que pensaba— observando a Luca con esa mezcla de alegría y vértigo que solo tienen quienes empiezan algo sin saber dónde termina.

—No tengas miedo —dijo Monserrat.

—¿Tú crees?

—Sí.

Bianca sostuvo su mirada un segundo y luego bajó los ojos a su mano. El anillo.

—¿Tú lo tienes? —preguntó.

—¿El qué?

—Miedo.

Monserrat no respondió.

Bianca asintió despacio, como si hubiera entendido algo que no necesitaba explicarse. Después apuró su copa, dejó un beso en su mejilla y se dirigió hacia Luca.

Monserrat se quedó sola un momento, observando cómo Bianca se acercaba a él, cómo él le decía algo al oído, cómo ella respondía sin moverse, con esa sonrisa que guardaba más de lo que mostraba.

Terminó el vino de un trago y regresó a la sala.

No hubo señal ni anuncio. Simplemente, en medio de una conversación con un grupo de mecenas, él apareció en su campo visual. A unos metros, hablando con alguien de la fundación. No la miraba. No hacía nada.

Pero algo cambió.

El ruido de la sala se apagó. No literalmente; las conversaciones seguían, las copas chocaban, la gente continuaba moviéndose. Pero para ella todo eso se volvió fondo. Lo único que existía era él.

Su presencia. Esa gravedad que siempre había tenido. Pero esta noche, con el anillo en el dedo, con Alessandro a veinte metros, con Valentina observando desde algún lugar, con el artículo clavado en algún rincón del pecho, esa gravedad era más difícil de ignorar que nunca.

Y entonces, como si alguien lo hubiese llamado, levantó la vista.

Sus miradas se encontraron por encima del hombro de la mujer con la que él hablaba. Un segundo. Menos de un segundo.

Y ella apartó la vista primero.

Volvió a la conversación con los mecenas. Respondió algo. Sonrió. Siguió siendo perfecta.

Nada más ocurrió. No hubo gestos ni palabras, nada que cruzara ninguna línea. Pero aquella fracción de segundo, ese instante en el que eligió no sostener la mirada, había dicho más que cualquier cosa que pudieran haberse dicho en voz alta.

En el coche de vuelta.

Florencia pasaba por la ventanilla con sus luces, sus puentes, sus calles de siempre. Alessandro tomó su mano. La suya, cálida, familiar, conocida. La apretó con esa presión que ella entendía sin palabras: la de las buenas noches, la de los “te quiero” silenciosos.

Ella sintió su mano. El calor. La presencia.

Miró sus dedos entrelazados. La mano de él, grande, tranquila. La suya, con el anillo reflejando las luces de la ciudad.

La galería quedaba atrás, ya invisible.

No pensó en lo que había pasado. No se permitió nombrarlo.

Pero supo, en algún lugar entre el pecho y el estómago, que había apartado la vista primero.

El coche siguió avanzando. La ciudad siguió. La mano de Alessandro continuó cálida alrededor de la suya.

Ella no la retiró.

Pero tampoco apretó de vuelta.

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Graciela Valenzuela
está muy bonita 😍😍😍 pero yo pienso que ya deben avanzar los personajes principales ya va por el 22 y nada . si son de vidas pasadas por lo menos ella debería ya sentir amor quizás de querer buscarlo.
bueno esa es mi opinión igual está muy hermosa la novela 🥰
Xoo Moon
no se.por que pero la.trama esta muy lenta y no atrapa
GALATEA CORAZÓN ❤️🇨🇴🇨🇴❤️
Ellos son novios, creo que no viven juntos, pero si duermen juntos algunas veces, o sea tienen intimidad. Entonces
por qué siempre la besa en la mejilla? 🤔🇨🇴🇨🇴🇨🇴
annix
muy lenta repite casi lo mismo en cada capítulo.
Lorena del pilar Fritz Torres
lenta lenta la historia, nada memorable hasta el capítulo 15
annix
cada cuando salen los capítulos me.enganche
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